Apenas uno de cada diez europeos usa IA generativa para la educación formal

Publicado: 5 enero 2026 a las 6:00 pm

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Por José Luis Fernández

En 2025, el 32,7 % de las personas de entre 16 y 74 años en la UE utilizó herramientas de inteligencia artificial (IA) generativa. La mayoría las utilizó con fines personales (25,1 %), mientras que el 15,1 % las utilizó para fines laborales y el 9,4 % para la educación formal.

Esta información, dada a conocer por Eurostat, proviene del estudio Digital economy and society statistics – households and individuals de datos sobre el uso de las TIC en hogares y por individuos, recién publicados. Entre los países de la UE, el uso de herramientas de IA generativa estuvo más extendido en Dinamarca (48,4%), Estonia (46,6%) y Malta (46,5%). Por el contrario, los porcentajes más bajos de personas que utilizan herramientas de IA generativa se registraron en Rumania (17,8%), Italia (19,9%) y Bulgaria (22,5%).

La irrupción de la inteligencia artificial generativa en el ámbito educativo ha supuesto, por tanto, uno de los cambios más disruptivos en la historia reciente de la enseñanza. Herramientas capaces de redactar textos, resolver problemas matemáticos, resumir libros, programar código o generar imágenes y presentaciones en cuestión de segundos han pasado, en muy poco tiempo, de ser una curiosidad tecnológica a convertirse en un recurso cotidiano para millones de estudiantes en todo el mundo.

Desde la educación secundaria hasta la universidad, la IA generativa se ha instalado en las mochilas digitales del alumnado, alterando rutinas de estudio, métodos de evaluación y la propia concepción del aprendizaje.

Para los estudiantes, el acceso a sistemas de inteligencia artificial generativa ha supuesto una ampliación sin precedentes de sus capacidades académicas. Muchos la utilizan como un tutor virtual disponible las veinticuatro horas del día, capaz de explicar conceptos complejos con distintos enfoques, adaptar el nivel de dificultad a sus conocimientos previos o responder preguntas que antes quedaban sin resolver fuera del aula.

En asignaturas tradicionalmente consideradas difíciles, como matemáticas, física, estadística o programación, la IA se ha convertido en un apoyo constante para entender procedimientos paso a paso, detectar errores y practicar ejercicios adicionales sin la presión del juicio humano.

En el ámbito de las humanidades y las ciencias sociales, el uso por parte de los estudiantes es igualmente intenso. La inteligencia artificial generativa se emplea para estructurar trabajos académicos, elaborar esquemas, generar borradores iniciales, reformular textos o mejorar la redacción y el estilo.

Para muchos alumnos, especialmente aquellos que estudian en una lengua que no es la materna, estas herramientas funcionan como correctores avanzados que ayudan a ganar claridad, precisión y seguridad en la escritura. En contextos universitarios, no son pocos los estudiantes que reconocen utilizar la IA como apoyo para preparar exposiciones orales, crear guiones o sintetizar grandes volúmenes de información en plazos cada vez más ajustados.

De la copia al fraude solo hay un paso

Sin embargo, este uso intensivo también ha abierto un profundo debate sobre los límites entre apoyo legítimo y sustitución del esfuerzo intelectual. Una de las principales preocupaciones del sistema educativo es que la inteligencia artificial generativa facilite prácticas de copia encubierta o fraude académico difíciles de detectar.

A diferencia del plagio tradicional, en el que el texto podía rastrearse hasta una fuente concreta, los contenidos generados por IA son originales desde un punto de vista formal, lo que complica la labor del profesorado a la hora de identificar si un trabajo ha sido elaborado por el estudiante o por una máquina. Esto ha obligado a muchas instituciones a replantear sus sistemas de evaluación, poniendo más énfasis en exámenes presenciales, trabajos orales o procesos de aprendizaje documentados.

Otra ventaja destacada del uso de la inteligencia artificial generativa por parte de los estudiantes es la personalización del aprendizaje. Cada alumno puede avanzar a su propio ritmo, repetir explicaciones tantas veces como necesite o profundizar en los aspectos que le resultan más interesantes. Esta capacidad de adaptación resulta especialmente valiosa para estudiantes con dificultades de aprendizaje, problemas de atención o contextos educativos menos favorables. En teoría, la IA puede contribuir a reducir brechas educativas al ofrecer recursos de alta calidad a quienes no siempre tienen acceso a apoyo académico personalizado.

No obstante, esa promesa de democratización también convive con nuevas desigualdades. El acceso a las versiones más avanzadas de herramientas de inteligencia artificial generativa suele estar condicionado por el pago de suscripciones, lo que introduce una brecha económica entre estudiantes que pueden permitirse estos servicios y quienes dependen únicamente de versiones gratuitas con limitaciones.

Además, el dominio efectivo de estas herramientas requiere competencias digitales y pensamiento crítico, habilidades que no todos los estudiantes poseen en igual medida. Así, la IA no solo amplifica capacidades, sino que también puede amplificar desigualdades preexistentes.

Desde el punto de vista cognitivo, algunos expertos advierten de un riesgo de dependencia excesiva. El uso continuado de la inteligencia artificial generativa para resolver tareas académicas puede reducir el desarrollo de habilidades fundamentales como la escritura autónoma, el razonamiento crítico o la capacidad de enfrentarse a problemas complejos sin ayuda externa. Si el estudiante delega sistemáticamente en la IA la fase más exigente del proceso intelectual, el aprendizaje puede volverse superficial, basado en la reproducción de respuestas en lugar en la comprensión profunda de los contenidos.

A esto se suma el problema de la fiabilidad de la información. Aunque la inteligencia artificial generativa puede ofrecer respuestas convincentes y bien redactadas, no siempre garantiza exactitud. Los errores, las simplificaciones excesivas o incluso las llamadas “alucinaciones”, respuestas incorrectas presentadas con seguridad, suponen un riesgo real en contextos educativos. Muchos estudiantes, especialmente los más jóvenes, tienden a confiar en la autoridad aparente de la tecnología sin contrastar las respuestas, lo que puede conducir a la asimilación de conceptos erróneos o a trabajos académicos con fallos sustanciales.

El uso ético de la inteligencia artificial generativa es otro de los grandes debates abiertos. Las instituciones educativas se enfrentan al reto de definir qué usos son aceptables y cuáles no, y de comunicar estas normas de manera clara al alumnado. Algunas universidades han optado por prohibiciones parciales o totales, mientras que otras apuestan por integrar la IA de forma explícita en el currículo, enseñando a los estudiantes a utilizarla de manera responsable, transparente y crítica. En este enfoque, la clave no está en evitar la tecnología, sino en aprender a convivir con ella.

Desde la perspectiva del profesorado, la presencia de la IA generativa ha supuesto tanto una amenaza como una oportunidad. Por un lado, ha generado incertidumbre y desconfianza en los procesos tradicionales de evaluación; por otro, ha abierto la puerta a metodologías más innovadoras, centradas en el análisis, la reflexión y la creatividad. En este nuevo escenario, se valora cada vez más la capacidad del estudiante para justificar decisiones, explicar procesos y demostrar comprensión en tiempo real, habilidades difíciles de delegar en una máquina.

En términos más amplios, la expansión de la inteligencia artificial generativa en la educación plantea una pregunta de fondo sobre el sentido mismo de aprender. Si el acceso a la información y a la producción de contenidos se vuelve casi instantáneo, el valor educativo se desplaza desde el resultado final hacia el proceso, desde el “qué” hacia el “cómo” y el “por qué”. La escuela y la universidad se ven así obligadas a redefinir su papel en una sociedad donde el conocimiento ya no es escaso, pero la capacidad de interpretarlo, cuestionarlo y aplicarlo de manera ética sigue siendo esencial.

Fuente: https://exitoeducativo.net/el-94-de-los-estudiantes-europeos-usan-ia-generativa/