Publicado: 4 febrero 2026 a las 6:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Lucía y Rosma Yagüe Mayans

A medida que los niños crecen, la influencia que ejercía hasta ese momento la familia en la elección de amistades va dando paso a una realidad diferente, inevitable y necesaria, son ellos mismos quienes empiezan a decidir con quién relacionarse. Durante la adolescencia, los amigos, sus pares, adquieren un papel central en su vida. Comparten edad, experiencias, intereses y, sobre todo, tiempo, mucho tiempo. En ocasiones, pasan más tiempo con ellos que incluso el que pasan con su propia familia.
Este giro puede generar inquietud en los adultos, pero forma parte del desarrollo natural. Alejarse un poco del núcleo familiar y acercarse al grupo de pares es una forma de crecer.
La influencia de los amigos no es algo negativo en sí mismo. Al contrario, es una pieza clave en la construcción de la identidad. Mientras los adolescentes se preguntan quiénes son y qué quieren, se miran en los demás, se comparan, se imitan y también se diferencian dentro de sus grupos de referencia. Por eso, reducir la influencia de los pares a una amenaza es una visión incompleta. Los amigos ofrecen aceptación, apoyo emocional y modelos positivos. Son un espacio seguro donde se ensayan habilidades sociales, se comparten dudas y enfrentan juntos los retos propios de esta etapa.
En muchos casos, los pares incluso impulsan el desarrollo personal. Un amigo responsable con sus estudios o comprometido con el deporte puede convertirse en una gran fuente de motivación. Un grupo que valora el respeto, la lealtad o el esfuerzo ayuda a interiorizar esas mismas actitudes. Además, los amigos suelen ser los primeros en escuchar y acompañar cuando aparecen dificultades académicas, personales o emocionales. También abren puertas a nuevas experiencias, intereses y aprendizajes que amplían la mirada y enriquecen el camino.
Ahora bien, no se puede ignorar que esa necesidad de pertenecer también puede generar situaciones difíciles. A veces, el deseo de encajar lleva a aceptar conductas con las que uno no se siente cómodo: consumo de alcohol o drogas, comportamientos de riesgo o decisiones impulsivas.
Esta presión de grupo no siempre es directa. En muchas ocasiones es sutil y silenciosa: miradas, gestos, normas implícitas sobre cómo vestir, hablar o comportarse para ser aceptado. Y es precisamente por eso por lo que puede resultar tan difícil de gestionar.
Resistir la presión de grupo no es sencillo, pero es una habilidad que se puede aprender. Escuchar la propia intuición, anticipar situaciones complicadas, saber decir no sin culpa, buscar aliados dentro del grupo o pedir ayuda a un adulto de confianza son estrategias clave para protegerse sin renunciar a las relaciones sociales.Cuando un adolescente se atreve a poner límites, no solo se cuida a sí mismo. Muchas veces, sin darse cuenta, se convierte en un referente positivo para los demás.
Entender la influencia de los pares desde una perspectiva equilibrada, ni alarmista ni ingenua, permite acompañar mejor a los adolescentes. Crecer junto a otros es una necesidad básica, y aprender a hacerlo con criterio, autonomía y apoyo forma parte esencial del proceso educativo. Podemos ayudarles más de lo que a veces creemos, pero no desde el control ni desde el miedo, sino desde un acompañamiento consciente y coherente entre la escuela y la familia.
Desde el ámbito escolar, el primer paso es normalizar el tema. Hablar abiertamente de la influencia del grupo y de la presión de los pares, sin dramatizar ni moralizar, ayuda al alumnado a poner palabras a lo que pueden estar viviendo. Las tutorías son un espacio privilegiado para trabajar situaciones reales, analizar dilemas cotidianos y ensayar posibles respuestas.
No se trata de dar lecciones, sino de entrenar el pensamiento crítico y la toma de decisiones. En paralelo, es fundamental reforzar la autoestima y la identidad personal. Cuanto más claro tiene un adolescente quién es y qué valores le importan, más fácil le resulta decir no cuando algo no encaja con él.
Crear climas seguros es otro pilar básico. Cuando los alumnos sienten que pueden acudir a un tutor, orientador o docente sin miedo a ser juzgados, piden ayuda antes. La prevención no nace de charlas puntuales, sino de relaciones de confianza sostenidas en el tiempo.
En casa, la ayuda comienza por escuchar más y reaccionar menos. Muchas veces los adolescentes no buscan soluciones inmediatas, sino sentirse comprendidos. Preguntar con interés genuino, sin interrogatorios ni sermones, abre la puerta a conversaciones profundas sobre amistades, miedos y presiones.
También es importante evitar descalificar directamente al grupo de amigos, error en el que a menudo inconscientemente caemos como padres y madres. Criticar a sus pares suele provocar cierre, defensa y silencio. Resulta más útil preguntar cómo se sienten en determinadas situaciones, qué opinan ellos y qué harían si algo no les convenciera del todo.
Familia y escuela pueden reforzar de forma conjunta habilidades prácticas: aprender a decir no con seguridad, anticipar situaciones incómodas, tener “frases comodín”, pactar salidas de emergencia o establecer límites claros sin dramatismo. Todo ello transmite un mensaje muy potente: no estás solo, estamos contigo.
Y, por último, tanto en casa como en el colegio, es esencial predicar con el ejemplo. Los adolescentes observan cómo los adultos gestionan la presión social, el consumo, los conflictos y la coherencia entre lo que dicen y lo que hacen. Nuestra manera de vivir también educa.
Ayudarles no significa protegerles de todo, sino darles herramientas para elegir mejor. Cuando escuela y familia caminan en la misma dirección, los adolescentes no solo resisten la presión del grupo: aprenden a construir relaciones más sanas, libres y conscientes.
Fuente: https://exitoeducativo.net/escuela-familia-ayudar-frente-presion-de-grupo/
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