México: La flor de la palabra

Publicado: 2 enero 2024 a las 12:00 pm

Categorías: Arte y cultura

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Por  Irma Pineda Santiago

 

 

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Andrés Henestrosa. Imagen tomada del sitio web https://www.cultura.gob.mx/periodismo/autores/detalle/?id=37

Henestrosa: un hombre de claroscuros

“Uno puede hablar veinte idiomas, pero la lengua materna es en la que se sueña, se llora y se blasfema”, decía Andrés Henestrosa para enfatizar su amor por su lengua, el didxazá. Con su primer libro Los hombres que dispersó la danza (1929), este autor inició una nueva corriente, la literatura indígena, es decir, las historias de indios contadas por ellos mismos, a diferencia de los relatos indigenistas donde la voz conocedora era la del antropólogo o el estudioso de los pueblos. Además, se convierte en un parteaguas para la literatura mexicana, en una época en la que se leía a autores extranjeros, como André Breton y Jean Cocteau, y se trataba de imitar sus estilos.

Andrés Morales Henestrosa, nacido en Ixhuatán, Oaxaca, en 1906, dijo en alguna entrevista que prefería omitir su primer apellido para darle más peso al de su madre, Martina, la encargada de su crianza y formación, luego de la muerte temprana de su padre. Quizá esta acción fue el elemento simbólico de la reconstrucción de Henestrosa, el entierro del niño temeroso e ignorante, para dar paso al hombre ilustrado que recorrió el mundo hablando de su cultura. El mismo que llegó a Ciudad de México, con dieciséis años, en busca de José Vasconcelos, entonces titular de la Secretaría de Educación, quien en una visita por la región istmeña había ofrecido su apoyo a jóvenes indígenas que deseasen estudiar. Vasconcelos apoyó de manera fundamental al joven Andrés y lo introdujo en el mundo intelectual y artístico postrevolucionario. Forjó entonces estrecha amistad con el pintor Manuel Rodríguez Lozano y conoció a Antonieta Rivas Mercado, quien se convirtió en su mecenas.

En casa de los Rivas Mercado, Henestrosa descubrió y se impresionó con las lecturas de El libro de las tierras vírgenes, de Rudyard Kipling; El decamerón negro, de Leo Frobenius, los catorce tomos de Las musas lejanas (mitos y leyendas de países como Egipto, China, Alemania, India, Malasia, Francia, Rusia y Polonia). Al concluir su lectura, se dijo: “Las leyendas y los mitos que escuché en mi infancia no son menos que éstos”, y se dio a la tarea de escribir su primer libro. En 1936 Henestrosa obtiene la beca Guggenheim para hacer un diccionario zapoteco-español y recuperar el significado de la cultura zapoteca dentro del marco de Mesoamérica, a partir de investigaciones en los archivos y bibliotecas de Berkeley, Chicago, Nueva Orleans y Nueva York. Para 1965, este escritor ya formaba parte de la Academia Mexicana de la Lengua.

Henestrosa también publicó Retrato de mi madre (1949), Cuatro siglos de literatura mexicana (1946), Los cuatro abuelos (1960), Los hispanismos en el idioma zapoteco (1964), Acerca del poeta y su mundo (1965), Los caminos de Juárez (1970), Alacena de minucias (1970), una Confidencia a media voz (1973), De México y España (1974), De Ixhuatán mi tierra a Jerusalén, tierra del señor (1976), El remoto y cercano ayer (1979), El maíz, riqueza del pobre (1981), Espuma y flor de corridos mexicanos (1977), entre otras obras. Su vasta producción literaria le dio reconocimientos como el Premio Nacional de Lingüística y Literatura, el Premio Internacional Alfonso Reyes (1992) y la Medalla Belisario Domínguez (1993, otorgada por el Senado de la República).

Andrés Henestrosa fue un hombre de claroscuros. A la par de su trayectoria literaria desarrolló la política. En más de una ocasión fue diputado y senador de la República, y se le reclamó que, a pesar de su cercanía con el poder político y su postura oficialista, poco hiciera por su tierra, de la que tanto habló y a la que tan poco le dio. Aquí retomo las palabras del escritor istmeño Gerardo Valdivieso, quien ha dicho de este autor: “Sus flaquezas y sus virtudes son las que lo hacen un hombre contradictorio, odiado por unos, amado por otros, pero profundamente humano y es lo que lo hizo un personaje interesante. Sus virtudes habrá que calibrarlas con sus defectos y sus faltas.”.

Fuente

https://semanal.jornada.com.mx/2023/12/24/la-flor-de-la-palabra-8152.html