Educar cuando las respuestas están a un clic

Publicado: 21 octubre 2026 a las 4:00 pm

Categorías: Artículos

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Por Marta Lli Jiménez

Los estudios de UNESCO y OCDE señalan la necesidad de reforzar el pensamiento crítico ante el uso creciente de la inteligencia artificial.

Una nueva manera de entender el conocimiento

La inteligencia artificial está transformando nuestra manera de acceder al conocimiento y nos obliga a replantearnos qué significa realmente aprender. En un mundo en el que obtener una respuesta puede llevar apenas unos segundos, enseñar a pensar, contrastar, comprender y construir criterio se convierte en una de las grandes tareas de la educación.

Durante mucho tiempo, una parte importante del aprendizaje ha estado vinculada a la búsqueda de respuestas. Comprender un contenido, relacionarlo con lo que ya sabemos, recordarlo y ser capaces de aplicarlo formaban parte del recorrido necesario para llegar hasta ellas. Hoy ese recorrido está cambiando, y lo está haciendo a una velocidad difícil de imaginar hace apenas unos años.

Un alumno puede pedir a una herramienta de inteligencia artificial que resuma un texto, explique un concepto, resuelva un problema, proponga argumentos para un debate o redacte un trabajo en cuestión de segundos. La respuesta está ahí, inmediata, bien estructurada y, muchas veces, aparentemente perfecta. Pero tener la respuesta delante no significa haber aprendido. Esta diferencia, que puede parecer evidente, plantea uno de los grandes retos educativos del momento. Si acceder a la información es cada vez más sencillo, tendremos que prestar todavía más atención a lo que ocurre después: qué hace el alumno con esa información, si la comprende, si sabe relacionarla con otros conocimientos, si puede cuestionarla y, sobre todo, si sería capaz de construir una respuesta propia.

Miao y Holmes (2023), en la guía de la UNESCO sobre inteligencia artificial generativa en educación e investigación, plantean la necesidad de abordar estas tecnologías desde una perspectiva centrada en el ser humano. Su incorporación a las aulas no debería depender únicamente de lo que la herramienta es capaz de hacer, sino del propósito educativo con el que decidimos utilizarla. Y ese matiz es importante.

Empiezan a aparecer situaciones que hace poco tiempo ni siquiera nos planteábamos. Un alumno puede entregar un texto impecablemente redactado y tener dificultades para explicar con sus propias palabras lo que dice. Puede disponer de la solución de un problema sin comprender el razonamiento que permite resolverlo. O encontrar varios argumentos sobre un tema y no saber distinguir cuál está realmente fundamentado. El resultado puede ser excelente y, sin embargo, el aprendizaje que hay detrás ser mucho más pobre de lo que parece. Kasneci y colaboradores (2023), al analizar las posibilidades de los grandes modelos de lenguaje en educación, señalan precisamente esa doble cara. La inteligencia artificial puede facilitar determinados apoyos, generar contenidos y ofrecer nuevas oportunidades de aprendizaje, pero su utilización exige también comprender sus limitaciones, desarrollar pensamiento crítico y aprender a verificar la información que proporciona. Cuanto más fácil sea encontrar respuestas, más necesario será saber qué hacer con ellas.

El OECD Digital Education Outlook 2026 profundiza en esta cuestión. La evidencia recogida por la OCDE muestra que el uso de inteligencia artificial generativa puede mejorar el desempeño inmediato en determinadas tareas sin que esa mejora se traduzca necesariamente en un aprendizaje posterior. Dicho de una forma sencilla: hacer mejor una actividad con ayuda de la IA no significa necesariamente haber aprendido a hacerla mejor. Esto no convierte a la inteligencia artificial en un problema para la educación. Puede ser, de hecho, una herramienta extraordinaria. Puede ayudarnos a comparar explicaciones, buscar argumentos diferentes, generar preguntas, adaptar ejemplos, explorar otros puntos de vista o revisar una primera idea. Bien utilizada, puede abrir posibilidades que hasta ahora no teníamos. La cuestión está en decidir qué queremos que haga la herramienta y qué necesita seguir haciendo el alumno.

Porque aprender requiere cierta actividad mental.  Necesitamos recuperar información, relacionarla con conocimientos previos, establecer conexiones, probar estrategias, revisar errores y volver sobre aquello que todavía no comprendemos. A veces, incluso necesitamos permanecer un rato en la duda. Ese esfuerzo no siempre es cómodo ni conduce automáticamente al aprendizaje, pero forma parte de muchos de los procesos que permiten construirlo.

La investigación de Dunlosky y colaboradores (2013) resulta especialmente interesante en este sentido. Tras revisar distintas técnicas de aprendizaje utilizadas habitualmente por los estudiantes, mostraron que no todas producen los mismos resultados y destacaron la importancia de enseñar estrategias que permitan regular mejor el propio aprendizaje. Entre las técnicas con mayor utilidad señalaron la práctica de recuperación y la práctica distribuida. Saber aprender implica también conocer qué estrategias nos ayudan realmente a comprender, recordar y utilizar aquello que estamos aprendiendo.

Quizá por eso la llegada de la inteligencia artificial esté devolviendo protagonismo a capacidades que siempre han sido importantes y que ahora resultan todavía más necesarias. Una de ellas es el pensamiento crítico. Pensar críticamente no significa enseñar a nuestros alumnos a desconfiar de todo. Significa enseñarles a detenerse antes de aceptar una información como válida. A preguntarse de dónde procede, qué evidencias la sostienen, si falta información, si existen otras explicaciones o si aquello que están leyendo resulta coherente.

Y sabemos, además, que esta capacidad puede enseñarse. Abrami y colaboradores (2015), en un amplio metaanálisis sobre la enseñanza del pensamiento crítico, encontraron que existen estrategias educativas capaces de favorecer su desarrollo en diferentes etapas y disciplinas. Entre ellas destacaban las oportunidades de diálogo, el trabajo con problemas y situaciones auténticas y el acompañamiento del docente. El pensamiento crítico no aparece simplemente porque pidamos a nuestros alumnos que “piensen”; necesita espacios y experiencias en los que puedan aprender a hacerlo. Esto cobra especial relevancia cuando una respuesta incorrecta puede presentarse con una redacción impecable y un tono absolutamente convincente.

También tendremos que prestar más atención a la metacognición, a esa capacidad de reconocer qué sabemos, qué no comprendemos todavía y qué podemos hacer para avanzar. Un alumno que conoce cómo aprende dispone de una herramienta que le acompañará mucho más allá de una asignatura concreta. Sabe cuándo necesita ayuda, puede elegir estrategias y aprende a revisar su propio proceso. En este nuevo escenario, quizá tengamos que acostumbrarnos a preguntar menos “¿cuál es la respuesta?” y algo más “¿cómo has llegado hasta ella?”. Ese pequeño cambio modifica muchas cosas.

También nuestra manera de evaluar. Si una herramienta puede generar en segundos un texto correcto sobre casi cualquier tema, el producto final ya no siempre nos cuenta toda la historia. Conocer el proceso, escuchar al alumno argumentar, pedirle que explique una decisión, que relacione ideas, contraste una fuente o revise críticamente una respuesta puede ofrecernos mucha más información sobre lo que realmente ha aprendido.

Y, por supuesto, también cambia el papel del docente. No porque pierda importancia, sino porque algunas de sus funciones cobran todavía más sentido. Diseñar buenas experiencias de aprendizaje, formular preguntas que despierten curiosidad, acompañar los procesos, detectar dificultades, ofrecer retroalimentación y ayudar a transformar información en conocimiento son tareas profundamente educativas. La OCDE (2026) insiste en preservar la agencia del profesorado y en utilizar la inteligencia artificial con una finalidad pedagógica clara. La tecnología puede ampliar nuestras posibilidades, pero continúa siendo el docente quien conoce a sus alumnos y decide qué necesita suceder para que exista aprendizaje.

Las familias también tendrán que encontrar su lugar en este proceso. Nuestros niños y adolescentes van a convivir con estas herramientas, dentro y fuera de las aulas. Probablemente, prohibirlas por completo no les prepare para utilizarlas mejor, de la misma manera que permitir su uso sin acompañamiento tampoco les ayudará a desarrollar autonomía y criterio. Podemos empezar por algo tan sencillo como cambiar las preguntas. No quedarnos únicamente en “¿has utilizado inteligencia artificial?”, sino interesarnos por para qué la han utilizado, qué parte han elaborado ellos, qué información han comprobado o si están de acuerdo con la respuesta que han recibido. En el fondo, seguimos hablando de educación.

La inteligencia artificial continuará evolucionando y seguramente muchas de las herramientas que hoy nos sorprenden nos parecerán habituales dentro de muy poco tiempo. Por eso, preparar a nuestros alumnos para el futuro no puede consistir únicamente en enseñarles a manejar una tecnología determinada. Necesitamos ayudarles a desarrollar capacidades que sigan siendo valiosas cuando esa tecnología vuelva a cambiar: curiosidad, autonomía, pensamiento crítico, creatividad, capacidad de aprender y criterio propio.

Tal vez esta revolución tecnológica nos esté recordando algo profundamente humano: aprender nunca ha consistido únicamente en acumular respuestas. Aprender implica comprender, relacionar, cuestionar, descubrir y construir una mirada propia sobre el mundo. Y quizá ahí siga estando nuestra tarea más importante como educadores: conseguir que tener todas las respuestas al alcance de la mano no les haga perder las ganas de seguir pensando.

Como escribió Carl Rogers (1969): “La única persona verdaderamente educada es aquella que ha aprendido cómo aprender, cómo adaptarse y cómo cambiar”

Fuente: https://exitoeducativo.net/psique-educa/educar-cuando-las-respuestas-estan-a-un-clic