Publicado: 22 octubre 2026 a las 3:00 am
Categorías: Arte y cultura
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Por Laura de Grado Alonso
Tejedoras, hilanderas, tintoreras, artesanas y creadoras rurales recuperan el filandón, una antigua reunión vecinal que se celebraba en los pueblos en torno al trabajo de la lana, como espacio para construir comunidad, reivindicar el arte textil y sostener la cultura rural frente a la despoblación.
La lana pasa de unas manos a otras. Hay quien hila, quien teje, quien hace ganchillo, quien batana el telar y quien se acerca simplemente a mirar cómo trabajan las demás. Sobre las mesas se acumulan ovillos, fibras y herramientas. Alrededor, las conversaciones se cruzan casi al mismo ritmo que los hilos. La escena podría pertenecer a otro tiempo, pero ocurre ahora en Gallegos, un pequeño municipio segoviano de apenas 96 habitantes.
“Estamos encantadas de conocernos, de tejer, de hilar, de coser, de lo que haga falta. Aquí cabe todo el mundo”, resume la tejedora y tintorera natural Estela Sánchez, creadora de la marca artesanal Son de Telar. Reconocida por su trabajo en la preservación de los saberes textiles tradicionales, hace algo más de tres años comenzó a organizar, a través de la Asociación para la Creación Textil (ACT), estos encuentros con un pequeño grupo de amigas y amigos. Desde entonces, el círculo no ha dejado de crecer.
Este 15 de octubre, Día Internacional de las Mujeres Rurales, Efeminista ha hablado con Estela Sánchez, con la creadora de Arte Lanar e integrante de Laneras del Guadarrama, Jimena Sales, y con la gestora cultural y colaboradora de Otro Tiempo, Celia Arias Vaquerizo, para conocer cómo el filandón se recupera hoy como espacio de creación artística.

El filandón nació mucho antes de que alguien hablase de redes culturales o espacios de creación colectiva. Sánchez explica que tradicionalmente, especialmente en zonas de León y Asturias, aunque recuerda que encuentros similares existían también en Segovia y otros territorios, las mujeres se reunían por la noche para ayudarse con las diferentes tareas vinculadas a la lana: lavarla, prepararla, hilarla. Mientras ellas trabajaban, los hombres reparaban aperos y, entre unas labores y otras, se contaban historias y se compartían las novedades del pueblo.
“Ahí se producía una comunidad de comunicación“, explica.
La divulgadora especializada en los procesos y usos de la lana, Jimena Zalles, creadora del proyecto Arte Lanar e integrante de Laneras del Guadarrama, recuerda especialmente su importancia como “punto de encuentro para sociabilizar y crear unión entre mujeres”.
“Los filandones eran los corrillos de mujeres que después de su jornada laboral en casa, salían a las fresca con su sillita, con el calcetín de zurcir del hijo, con el jersey que remendar del marido y se ponían todas a hablar mientras hacían su labor”, explica Zalles.
Muchos de aquellos corrillos fueron desapareciendo al mismo tiempo que los pueblos se vaciaban y las sillas dejaban de sacarse a la puerta al caer la tarde. “Hay poca gente ya en los pueblos, la juventud ya no se queda”, señala. Por ello, recuperar este tipo de encuentros, sostiene, significa reconstruir un “espacio social en el que aprender y contar lo que cada persona sabe”.
A unos metros de Jimena Zalles, su madre hace ganchillo. Fue ella quien le enseñó a tejer y ahora ambas vuelven a compartir labor en un filandón. “Que podamos aprender de otras o contar lo que nosotros sabemos, seamos más mayores o más pequeños, es fundamental”, insiste.
En lugares como este, recuperar espacios de encuentro adquiere además una dimensión que trasciende lo artesanal. Los municipios de menos de 5.000 habitantes son cerca del 78 % de los municipios rurales, pero en ellos vive apenas el 9,2 % de la población, según datos del Ministerio de Agricultura. Son también territorios más masculinizados: por cada cien mujeres residen 106,4 hombres.

A los filandones que organiza Estela Sánchez llegan personas procedentes de disciplinas muy distintas, personas formadas en ingeniería textil, artesanas con años de oficio y otras que se sientan por primera vez frente a un telar movidas simplemente por la curiosidad. Algunas, relata, han descubierto allí una técnica que después han desarrollado como parte de su práctica artística.
El bordado puede intervenir una fotografía, un tejido puede convertirse en una pieza artística y la lana puede abandonar así el uso funcional tradicional que se le ha asociado para convertirse en una lenguaje propio.
“Afortunadamente el arte textil está en auge, esperemos que nos dure mucho“, celebra Sánchez, que reconoce que la gran mayoría de personas que se acercan a este arte son mujeres.
Los primeros trabajos del Observatorio Nacional de la Artesanía apuntan a una creciente feminización del sector y señalan que las mujeres son ya mayoría en los oficios artísticos y tradicionales.
La relación entre mujeres y textil, sin embargo, viene de mucho más atrás. Prácticas vinculadas tradicionalmente a ellas, como tejer, bordar o coser, quedaron durante décadas relegadas a la categoría de artesanía o trabajo doméstico y alejadas del canon artístico, pese a que nunca faltaron creadoras que cuestionaron esa frontera, como la pionera Aurèlia Muñoz (1926-2011) o la Premio Nacional de Artes Plásticas 2023, Teresa Lanceta.

Jimena Zalles pertenece a esa generación de creadoras que ha conseguido convertir la lana en su profesión. A través de Arte Lanar divulga todo el recorrido de este material, trabaja técnicas de modelado en húmedo y en seco e imparte clases.
“Soy una persona muy afortunada porque puedo decir que yo vivo de la lana”, cuenta.
Junto a Ana de la Hoz y Laura Rivas impulsó en mayo de 2026 Laneras del Guadarrama, un proyecto con el que recorren colegios y centros de interpretación para explicar los usos y propiedades de la lana, recuperar los oficios tradicionales y visibilizar la crisis que atraviesa este material.

Zalles recuerda que fue durante mucho tiempo una materia fundamental en las economías rurales y que hoy, sin embargo, está “bastante denostada”.
“Los pastores tienen cerros y cerros de lana y no saben qué hacer con ella”, lamenta.
Esa pérdida de valor también se refleja en las cifras. En 2025 se produjeron en España unas 17.435 toneladas de lana, procedentes del esquileo de alrededor de 9 millones de animales, según los datos del Ministerio de Agricultura. La producción cayó cerca de un 16 % en apenas un año, desde las 20.670 toneladas registradas en 2024. También disminuyó un 17 % el número de animales esquilados.

Pero crear desde el medio rural continúa teniendo obstáculos, explica Celia Arias Vaquerizo, gestora cultural y colaboradora de la asociación Otro Tiempo en la línea Otras Miradas, una iniciativa que persigue acercar propuestas artísticas a pequeños municipios y dar visibilidad a mujeres que ya están creando desde ellos.
“Hay muchas artesanas que viven en los pueblos que no conoce la gente”, señala Arias. La propuesta nació, cuenta, con un doble objetivo, por una parte, hacer visibles esos trabajos y, por otra, defender que quienes viven fuera de las ciudades también “tienen derecho a disfrutar del arte”.
A la barrera que supone estar lejos de los grandes centros culturales se suman otras dificultades como la escasez de espacios de trabajo o el acceso a la vivienda, especialmente en zonas rurales próximas a grandes ciudades, donde la despoblación convive con el auge de las segundas residencias y unos precios cada vez más difíciles de asumir para quienes quieren vivir y crear allí, explica Arias.
Su primera muestra colectiva reúne a veinte artistas de distintos territorios con obras en torno al territorio, los cuidados, la naturaleza, el feminismo, la memoria y otros desafíos sociales, y se inaugurará el 16 de octubre en la Escuela de Arte y Superior de Diseño Casa de los Picos, en Segovia. Podrá verse durante un mes.
Frente a ese aislamiento, las creadoras entrevistadas repiten una idea: asociarse, compartir y no crear solas. Jimena Zalles considera fundamental formar parte de colectivos que permitan intercambiar información, anunciar exposiciones, compartir técnicas y generar proyectos comunes. “Es estar dentro de un grupo”, explica, en el que unas cuentan dónde exponen, otras qué están aprendiendo o qué talleres organizan.
Esa red hace posible seguir creando incluso lejos de los grandes centros culturales. “Puedes vivir en el pueblo más recóndito, pero si tienes internet o te llega el WhatsApp, puedes seguir creando desde tu pueblo y luego enviándolo a otros lugares a exponer”, señala.
Estela Sánchez coincide en que ese acompañamiento es clave para abrirse camino en el arte textil. “Salida fácil no es”, reconoce, pero aconseja buscar asociaciones y espacios colectivos que faciliten exponer, darse a conocer y entrar en contacto con otras creadoras.
En su caso, ese espacio común se construye alrededor de la Asociación para la Creación Textil y de los propios filandones, que organiza en estudios, museos, tabernas y otros lugares de distintos pueblos y que, con el tiempo, han ido reuniendo a una comunidad cada vez más amplia.
Fuente: https://efeminista.com/filandon-creadoras-rurales-arte-textil/
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