Puertas cerradas, puertas abiertas

Publicado: 19 octubre 2026 a las 5:00 am

Categorías: Artículos

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Por Andrea Marcolongo

La escuela pública nos pide responder también por niños cuyos nombres desconocemos y que un día compartirán el mundo con los nuestros

Desde el primero de septiembre, cada mañana atravieso la plaza del Panteón y bajo hacia el Sena, en dirección al bulevar Saint-Michel, acompañando a mi hija de tres años a la escuela. Ella va en su pequeña bici; a veces viene también el perro. Acaba de empezar la educación infantil. Está descubriendo un lugar donde aprende cosas que por la tarde me contará orgullosa, como quien trae en los bolsillos un tesoro. Pasamos junto a Henri-IV y Louis-le-Grand, los liceos más prestigiosos de París. Desde antes de que naciera, sueño con que algún día pueda estudiar allí.

Hace unas semanas que nuestro camino atraviesa las concentraciones de los alumnos que se movilizan en Francia. Mi hija ha descubierto que los mayores pueden reunirse delante de una escuela, levantar pancartas, ocupar una calle y cantar Bella ciao. A sus ojos, aquello se parece a una fiesta. Avanza haciendo eses entre los estudiantes: para llegar a su aula hay que atravesar las voces de quienes han salido de las suyas.

En este otoño de 2026 contemplo así una escena que no consigo olvidar: una niña al principio de su escolaridad pasa junto a jóvenes que se acercan al final de la enseñanza secundaria. Para ella se abre la infancia; para ellos, la vida adulta. Los reúne la escuela pública.

Apenas unos metros separan esas edades. Entre ellas caben los años necesarios para aprender a leer y después a interpretar, levantar la mano para pedir permiso y después para formular una objeción. Educar contiene esa dificultad hermosa: acompañar a quienes un día podrán discutir lo que les hemos enseñado. La transmisión necesita dejar espacio para una respuesta que todavía desconocemos.

Conozco esos liceos parisinos también como profesora. He sido testigo de la curiosidad de sus alumnos, de sus preguntas, de su inteligencia y de su vulnerabilidad que olvidamos cuando hablamos de “la juventud” como de una categoría uniforme, a veces con la condescendencia reservada a quienes suponemos demasiado protegidos para tener motivos de queja.

No es nada fácil ser joven hoy. Antes de explorar sus capacidades, muchos sienten que deben justificar sus elecciones, anticipar su utilidad, demostrar que merecen un lugar. Les hablamos del futuro como de una oportunidad y se lo presentamos como una selección. Algunos pueden llegar a sentir que ha sido repartido antes de su llegada, que aquello que llamamos porvenir pertenece ya al pasado de otros.

Las movilizaciones nacen de dificultades concretas: profesores que faltan, aulas sobrecargadas, horarios agotadores, edificios deteriorados. Incluso alumnos de colegios favorecidos se movilizan por compañeros menos afortunados. Hay algo educativo en ese gesto: comprender que lo que sucede al otro nos concierne, aunque ninguna carencia altere nuestra jornada.

Una escuela donde se aprende a argumentar debería ayudarnos también a reconocer cuándo una ventaja propia descansa sobre una desigualdad compartida. El éxito de Nous aussi de Anne Godard, una novela sobre la burguesía parisina y sus privilegios, invita a preguntarnos a quién incluye ese “nosotros”. La solidaridad empieza cuando esa palabra abarca también a quienes han recibido menos oportunidades.

¿Qué prometemos a un niño cuando lo llevamos por primera vez a la escuela? ¿Aprender a leer, obtener un diploma, encontrar trabajo? Todo eso importa. Pero hay una promesa anterior: que su nacimiento no decidirá por completo su destino. Que encontrará personas, conocimientos y experiencias capaces de abrir posibilidades que su entorno inmediato quizá no podía ofrecerle.

La igualdad de oportunidades empieza ahí. Solemos invocarla como si bastara con abrir la misma puerta a todos. Pero cada niño llega a la escuela con una historia: una casa donde estudiar, libros, tiempo, seguridad, o la falta de todo ello. Algunos tienen adultos que conocen las reglas escolares; otros deben descubrirlas solos. La puerta abierta importa. También importan las distancias recorridas para alcanzarla y las fuerzas que quedan para seguir adelante.

En París, la búsqueda de una buena escuela puede convertirse en una obsesión. Se comparan direcciones, se calculan zonas de escolarización, se cambia de barrio para asegurar una plaza. Yo también he hecho cuanto estaba a mi alcance para ofrecer a mi hija esa posibilidad: mi propia dirección está ligada a su escuela. No escribo desde fuera de esa inquietud: la conozco y la comparto. Pero saber cuáles son las mejores escuelas significa conocer también la existencia de otras donde las condiciones son peores. Mi deseo de proteger a mi hija no borra esa realidad, al revés me obliga a mirarla.

Sería injusto reprochar a las familias que busquen lo mejor para sus hijos. La pregunta es qué ocurre cuando esa búsqueda exige recursos que otras familias no tienen: la libertad de elegir puede convertirse en otra forma de heredar una ventaja.

Hay desigualdades que ningún examen mide: sentirse autorizado a entrar en una biblioteca, imaginarse en una universidad, preguntar sin vergüenza, aspirar a una vida distinta. Un profesor puede ensanchar ese horizonte al prestar atención a un alumno que había aprendido a hacerse invisible. Educar puede conseguir que un niño deje de confundir el lugar donde nació con el lugar que le corresponde.

Educar puede conseguir que un niño deje de confundir el lugar donde nació con el lugar que le corresponde

Al comienzo del libro octavo de la Política, Aristóteles propone que la educación sea una responsabilidad común de toda la ciudad. Su mundo excluía a muchos de quienes hoy reconocemos como iguales, pero su reflexión nos alcanza: ¿qué sucede cuando cada familia se ocupa únicamente de sus hijos? La escuela pública nos pide responder también por niños cuyos nombres desconocemos y que un día compartirán el mundo con los nuestros.

Ese vínculo atraviesa el tiempo. Cuando confiamos un niño a una escuela, dejamos algo nuestro en manos ajenas y aceptamos que otras voces participen en su crecimiento. También nosotros debemos aprender a compartirlo. La educación comienza con esa separación pequeña y cotidiana, cuyo sentido más profundo es hacer sitio a los demás en una vida.

Esa responsabilidad hoy se debilita bajo la desconfianza. Los padres dudan de los profesores; los profesores se sienten cuestionados por los padres. Los niños crecen entre esas reservas y perciben la inquietud de los adultos antes de comprender sus razones. Necesitamos poder discrepar sin convertir cada conversación en una defensa.

La confianza requiere condiciones concretas: tiempo para enseñar, familias escuchadas, alumnos cuya experiencia importe. Hemos querido enseñarles a pensar y participar. Ahora que los jóvenes toman la palabra, nos corresponde escuchar lo que ese aprendizaje les permite decir.

Escucharlos no significa concederles siempre la razón. Significa reconocer que su edad no invalida su experiencia. Conocen algo que los adultos tendemos a olvidar: habitar un mundo sobre el que apenas han podido decidir. Muchas de sus incertidumbres nacen de decisiones tomadas cuando ellos todavía no tenían voz.

Durante estas semanas, en nuestro camino a la escuela, mi hija ha aprendido la palabra manif y a cantar Bella ciao. Soy italiana: mi abuela, que fue resistente, me la cantaba cuando era pequeña. Ahora reconozco aquellos versos en la voz de mi hija, después de haberlos escuchado entre adolescentes franceses.

Espero que la escuela le dé palabras para comprender el mundo y reconocer lo que considere injusto. Que algún día, si lo cree necesario, ella también pueda salir a la calle con otros compañeros y pedir un futuro mejor. Y que sepa pedirlo también para quienes tuvieron menos oportunidades que ella.

Por ahora mi hija pedalea y canta. La acompaño hacia una puerta que se abre, pensando en todas las puertas que deberán seguir abiertas para ella y los demás.

Fuente: https://elpais.com/opinion/2026-10-19/puertas-cerradas-puertas-abiertas.html