¿Por qué el aburrimiento puede convertirse en un motor del aprendizaje escolar?

Publicado: 9 octubre 2026 a las 6:00 pm

Categorías: Artículos

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Por José Luis Fernández

Durante años, el aburrimiento ha sido considerado uno de los grandes enemigos de la educación. Sin embargo, la investigación más reciente invita a matizar esa visión: una dosis de aburrimiento, puede favorecer la autonomía, la creatividad, la curiosidad y la capacidad de los escolares.

Escolares – Por Drazen Zigic

En una época marcada por la sucesión permanente de estímulos, el aburrimiento se ha convertido casi en una experiencia que debe ser inmediatamente corregida. Una pantalla, un vídeo, un videojuego, una notificación o una actividad programada parecen estar siempre a mano para llenar cualquier intervalo de inactividad. También en el ámbito escolar se ha extendido la idea de que una clase debe mantener permanentemente la atención del alumno mediante recursos, dinámicas y estímulos variados. Pero la pregunta empieza a cambiar: ¿es realmente negativo todo aburrimiento o puede existir un aburrimiento fértil para aprender?

La respuesta de la investigación no es sencilla ni permite convertir el aburrimiento en una receta educativa. Una revisión publicada en 2024 en Review of Education analizó 19 publicaciones basadas en 27 estudios empíricos sobre la relación entre aburrimiento y creatividad en contextos educativos. Sus conclusiones muestran resultados diversos: algunas investigaciones encuentran asociaciones positivas, otras negativas y otras contradictorias o no significativas. La evidencia, por tanto, no permite afirmar que aburrirse conduzca automáticamente a ser más creativo, pero sí obliga a abandonar la idea de que el aburrimiento es siempre inútil o perjudicial.

El primer elemento que conviene distinguir es que no todo aburrimiento es igual. Un alumno puede aburrirse porque la materia se presenta de manera poco comprensible, porque el nivel de dificultad no se ajusta a sus capacidades, porque carece de motivación o porque la metodología no logra conectar con sus intereses. Ese aburrimiento, cuando se vuelve crónico, puede acabar provocando desenganche, absentismo y rechazo hacia la escuela.

La propia OCDE ha situado la motivación y la implicación de los estudiantes entre los factores esenciales para el aprendizaje. Los datos de PISA 2022 muestran que, en los países de la organización, casi la mitad de los alumnos manifestó haber tenido problemas para motivarse para realizar tareas escolares al menos una vez por semana durante los periodos de aprendizaje a distancia. Además, alrededor de dos de cada diez estudiantes señalaron el aburrimiento o la falta de seguridad como motivos de ausencias escolares prolongadas.

La conclusión parece evidente: un aburrimiento que desconecta al alumno de la escuela no es una herramienta pedagógica. Otra cosa es el aburrimiento ocasional que aparece cuando desaparece el estímulo inmediato y obliga al niño o al adolescente a decidir qué hacer a continuación.

La curiosidad en el horizonte

Ese segundo tipo de aburrimiento puede desempeñar una función diferente. Cuando no existe una actividad prediseñada para cada minuto, el alumno tiene que activar su capacidad de elección. Puede leer, dibujar, construir, investigar, conversar, imaginar una historia o simplemente observar. En muchos casos, el proceso creativo comienza precisamente cuando el niño se enfrenta a la pregunta más sencilla y, al mismo tiempo, más incómoda: «¿Y ahora qué hago?»

La ausencia temporal de estímulos externos puede favorecer la aparición de la curiosidad. En lugar de recibir constantemente contenidos ya seleccionados por un adulto, una plataforma o un algoritmo, el escolar debe generar sus propias preguntas. Esa capacidad es especialmente importante en el aprendizaje autónomo, porque aprender no consiste únicamente en responder correctamente, sino también en saber qué merece la pena preguntar.

La Academia Americana de Pediatría ha reforzado recientemente la importancia del recreo y del tiempo no estructurado en la jornada escolar. Su política actualizada subraya que el recreo aporta beneficios sociales, emocionales, físicos y cognitivos y que el tiempo libre sin obligaciones permite a los niños jugar y elegir cómo ocuparlo. La organización destaca además que los periodos no estructurados ayudan a procesar y retener lo aprendido en el aula.

El planteamiento supone una revisión de la obsesión por aprovechar cada minuto. En muchas familias y centros educativos, el tiempo libre se ha convertido en una sucesión de actividades: clases extraescolares, deporte, idiomas, deberes y entretenimiento digital. El resultado puede ser una agenda infantil saturada en la que apenas queda espacio para la iniciativa propia.

El aburrimiento, en este sentido, puede actuar como un vacío productivo. No porque la inactividad sea siempre positiva, sino porque el cerebro necesita momentos en los que no recibe instrucciones externas para reorganizar la información, establecer conexiones y generar nuevas ideas. También existe una dimensión educativa relacionada con la tolerancia a la frustración. Un niño que siempre encuentra una respuesta inmediata a cualquier momento de incomodidad puede tener más dificultades para soportar la espera, la incertidumbre o la falta de gratificación inmediata. Aprender a convivir con cierto aburrimiento puede ayudar a desarrollar paciencia y autorregulación.

La cuestión resulta especialmente relevante en la era de las pantallas. El teléfono móvil y las redes sociales ofrecen estímulos rápidos, cambiantes y diseñados para captar la atención. Frente a ellos, una clase, un libro o un problema matemático pueden parecer inicialmente lentos. El problema no es necesariamente que el alumno sea incapaz de aprender, sino que puede haberse acostumbrado a un nivel de estimulación constante.

Por eso, algunos expertos plantean que la educación no debe competir permanentemente con el entretenimiento, sino enseñar también a mantener la atención cuando la recompensa no es inmediata. La motivación puede surgir durante el proceso, no únicamente antes de comenzar una actividad. El desafío para los docentes consiste en distinguir entre el aburrimiento que revela un problema y el que puede abrir una oportunidad. Un alumno que se aburre porque no entiende una explicación necesita apoyo. Uno que se aburre porque ha terminado una tarea y no sabe cómo continuar puede necesitar, en cambio, un margen de autonomía.

La respuesta no consiste en dejar a los estudiantes abandonados a su suerte ni en convertir el aula en un espacio sin estructura. El aprendizaje necesita objetivos, orientación y acompañamiento, pero también espacios en los que el alumno pueda tomar decisiones. La intervención del profesor puede consistir en plantear preguntas abiertas, proponer materiales y permitir que los estudiantes desarrollen sus propios caminos.

En ese equilibrio se encuentra la clave. El aburrimiento no debe utilizarse para justificar clases poco estimulantes, falta de planificación o ausencia de atención a las necesidades del alumnado. Pero tampoco parece razonable pensar que cada minuto de la infancia y la adolescencia debe estar lleno de contenidos, actividades y estímulos. La escuela puede enseñar conocimientos, pero también debe enseñar a estar a solas con una pregunta, sostener la atención, esperar una respuesta y buscarla. En una sociedad en la que la tecnología ofrece entretenimiento inmediato, esas capacidades pueden convertirse en una ventaja educativa.

La paradoja es que el aburrimiento puede ser, al mismo tiempo, un síntoma de fracaso escolar y una oportunidad de aprendizaje. Todo depende de qué lo provoque, cuánto dure y qué haga el alumno después. Por eso, quizá la pregunta no debería ser si los escolares deben aburrirse, sino qué ocurre cuando se aburren. Si el resultado es la desconexión, el rechazo y el abandono, el sistema educativo debe actuar. Si ese momento de vacío permite que aparezca una idea, una pregunta, un juego inventado o una búsqueda autónoma, entonces el aburrimiento habrá dejado de ser una pérdida de tiempo.

Fuente: https://exitoeducativo.net/actualidad-directiva/innovacion-educativa-1/por-que-el-aburrimiento-puede-convertirse-en-un-motor-del-aprendizaje-escolar