Publicado: 5 octubre 2026 a las 7:00 am
Categorías: Artículos
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Por Enrique Alpañes
Un macroestudio de ‘The Lancet’ relaciona el uso problemático de las pantallas con mayor riesgo para la salud mental, trastornos del sueño y disminución de la actividad física

En la salud no solo importan los genes y el código postal. También importa el móvil. Durante décadas, la salud pública ha estudiado cómo los factores ambientales impactan en nuestra calidad e incluso esperanza de vida. Los ingresos, el barrio en que vivimos o el nivel de educación son variables que modelan nuestra salud. Ahora, un grupo internacional de investigadores propone añadir otro factor a esa lista: el entorno digital. Distintas investigaciones vienen alertando de ello desde hace años, pero ahora lo hacen nuevos trabajos con una base de datos muy amplia. The Lancet publica tres estudios este domingo. Se trata de una revisión de 121 estudios previos que abarca a nueve millones de personas menores de 25 años. La serie ha encontrado asociaciones entre el uso problemático de medios digitales y un mayor riesgo de daños a la salud mental, trastornos del sueño y disminución de la actividad física.
Esta formulación: “uso problemático de medios digitales” no es casual. Se ha intentado evitar hablar de horas de pantalla, porque no es lo mismo estar dos horas al teléfono viendo una peli de Netflix por la tarde que pasarse dos horas, de madrugada, escroleando mensajes de odio en X. Pero para ilustrar el daño potencial que supone el abuso de medios digitales, han tenido que poner un número a la cantidad de tiempo que pasamos delante del móvil. Los autores estiman que dedicar más de dos horas al día frente a las pantallas podría estar asociado con la pérdida anual de aproximadamente 2,8 millones de años de vida saludable por depresión y otros 240.000 años de vida saludable por obesidad en todo el mundo. Sin embargo, señalan que estas estimaciones deben interpretarse con cautela.
Este es un estudio poblacional. No puede demostrar causalidad. Àurea Cartanya, investigadora especializada en epidemiología y salud pública de la Universitat Jaume I, señala las implicaciones que tiene esto: “No podemos determinar si los niños, niñas y adolescentes que pasan más tiempo delante de la pantalla presentan más problemas de salud mental como consecuencia de este uso, o si, por el contrario, quienes ya presentan problemas de salud mental pasan más tiempo delante de estos dispositivos como vía de entretenimiento, contacto social o búsqueda de apoyo”. La experta, que no ha participado en este análisis, lo valora positivamente. Pero subraya estas limitaciones, que son comunes a todos los estudios del sector.
No es por la mala praxis de los científicos, sino por la falta de colaboración de las empresas. “Los datos más valiosos sobre cómo estas plataformas afectan realmente a los usuarios están ocultos dentro de las empresas tecnológicas, lo que limita el escrutinio independiente y ralentiza el progreso científico”, explica una de las autoras, Louise Holly. Por eso, una de las recomendaciones clave de la serie es que las empresas tecnológicas compartan con los investigadores datos sobre cómo sus funciones afectan a la salud de los usuarios. La serie señala que las medidas aisladas, como los límites de edad, no bastan por sí solas para abordar el riesgo de daños a la salud derivados del entorno digital. En su lugar, aboga por una acción política coordinada, que incluya un tratado de gobernanza mundial, bajo los auspicios de la Organización Mundial de la Salud (OMS). También pide a las empresas tecnológicas que evalúen los posibles daños de nuevos productos antes de lanzarlos.
En el siglo XIX, el médico francés Louis-René Villermé estudió la mortalidad en los distintos barrios de París y observó que aumentaba conforme empeoraban las condiciones económicas. Concluyó entonces que las enfermedades no podían entenderse únicamente como fenómenos biológicos, sino también como resultado de las condiciones sociales y económicas. Sentó, hace dos siglos, las bases de la epidemiología moderna. Pero no fue hasta los años sesenta del pasado siglo cuando se empezó a tomar en serio esta idea y se consolidó la epidemiología social. Se entendió que desde la política se podía mejorar (o empeorar) la salud de la gente. Vivir en el sur de Madrid, más humilde, puede suponer casi cuatro años menos de esperanza de vida que en el acomodado norte. Esta diferencia, en ciudades más desiguales como Santiago de Chile, puede ser de hasta 18 años.
Vivir en un barrio rico supone tener acceso a comida fresca, a instalaciones deportivas y centros de salud. Presupone que tienes dinero, educación y tiempo para dedicarlo a cuidarte. Mejor es el barrio, mejor es la salud. Simple. La tecnología también es un condicionante de la salud, pero su relación con la misma es algo más compleja. “Los impactos del uso de los medios digitales dependen del contexto de uso, de los patrones de interacción y del contenido específico con el que se interactúa”, explica Jay Saw, investigador de la Universidad de Toronto y coautor del estudio. “Que un progenitor esté sentado junto a un niño ayudándole a navegar por una aplicación educativa en una tableta, es muy diferente de que un niño utilice las redes sociales de forma independiente y sin límite de tiempo”, argumenta en un intercambio de mensajes. “De estas maneras, la tecnología puede ser tanto útil como perjudicial para nuestra salud”.
Esta serie de estudios contó también con un grupo asesor compuesto por seis jóvenes que debatieron con los autores sobre aquellos aspectos de la experiencia vivida que se suelen quedar fuera de este tipo de estudios. “Una de las cosas que nos decían es que la investigación se ha centrado mucho menos en los beneficios de la tecnología que en sus perjuicios”, explica. El estudio sí que señala estos aspectos positivos, como el sentido de pertenencia en personas de colectivos minoritarios y la posibilidad de buscar a gente similar. La revisión también asocia el uso moderado de medios digitales a un mayor bienestar, y entre el uso activo de videojuegos y estilos de vida más saludables.
En el siglo XIX había que mirar el plano de la ciudad para entender quién enfermaba. En el XXI hay que mirar también la pantalla. Esta serie de estudios no prueba de forma definitiva que los dispositivos digitales estén empeorando nuestra salud, pero apunta en esta dirección. Y esa incertidumbre tiene un responsable concreto: unos datos que las plataformas no comparten. Porque los algoritmos que nos enganchan, de momento, solo los conocen quienes los han construido.
Fuente: https://elpais.com/salud-y-bienestar/2026-10-04/el-movil-impacta-en-la-calidad-de-vida-como-la-renta-o-la-educacion.html
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