Publicado: 5 octubre 2026 a las 4:00 pm
Categorías: Artículos
[responsivevoice_button buttontext="Escuchar la noticia" voice="Spanish
Latin American Female"]
Por José Luis Fernández
Una revisión internacional de 51 estudios y más de 26.000 adolescentes desmonta el estereotipo de que los trastornos de la conducta alimentaria son propios de familias acomodadas y reclama mejorar la detección en los jóvenes socialmente desfavorecidos.

Diferentes platos de comida saludable.
Los trastornos de la conducta alimentaria afectan con mayor frecuencia a adolescentes procedentes de hogares con menores ingresos y menor nivel educativo de los progenitores, según una nueva investigación codirigida por científicos del University College London (UCL). El estudio cuestiona así uno de los estereotipos más arraigados en torno a la anorexia, la bulimia y otros problemas relacionados con la alimentación: que se trataría fundamentalmente de trastornos asociados a familias acomodadas y con elevados niveles educativos.
La investigación, publicada en la revista International Journal of Eating Disorders y realizada en colaboración con investigadores del Copenhagen University Hospital, revisó los resultados de 51 estudios que reunían datos de 26.174 adolescentes de países occidentales de Norteamérica, Europa y Australia. Los investigadores analizaron la relación entre diferentes indicadores socioeconómicos y la presencia de trastornos alimentarios o de síntomas relacionados con ellos.
Los resultados apuntan a que la situación económica familiar constituye uno de los factores más consistentemente asociados con la aparición de síntomas. Aproximadamente dos tercios de los estudios revisados encontraron que los adolescentes de familias con menores ingresos presentaban más probabilidades de mostrar síntomas de trastornos de la conducta alimentaria, mientras que ninguno encontró el patrón contrario.
La investigación parte de una preocupación fundamental: la imagen social de los trastornos alimentarios puede influir en quién es identificado como paciente de riesgo.
Durante años, determinados trastornos como la anorexia nerviosa se han asociado culturalmente con adolescentes procedentes de familias de clase media o alta, con elevado nivel educativo y recursos económicos. Según UCL, esta percepción puede contribuir a que los jóvenes de familias con menos recursos sean infradetectados, reciban menos pruebas de cribado o no sean considerados inicialmente como población de riesgo.
La doctora Nora Trompeter, investigadora principal del estudio y miembro del Great Ormond Street Institute of Child Health de UCL, señala que los trastornos alimentarios no deben entenderse como un problema asociado exclusivamente a la abundancia económica.
Los resultados de la revisión apuntan precisamente en la dirección contraria: los adolescentes de hogares con menores ingresos y menor nivel educativo presentan una mayor probabilidad de mostrar conductas alimentarias problemáticas.
Para los investigadores, modificar esta percepción resulta fundamental para mejorar la prevención y conseguir que los jóvenes que necesitan ayuda puedan acceder antes a los servicios especializados.
La revisión no se limitó a estudiar diagnósticos clínicos de anorexia nerviosa, bulimia nerviosa o trastorno por atracón.
Los investigadores incorporaron también síntomas tempranos de alimentación desordenada, entre ellos la restricción voluntaria de alimentos, el ayuno, una imagen corporal negativa o la sensación de presión para adelgazar.
Este aspecto es especialmente relevante desde el punto de vista preventivo. Una persona puede presentar señales de riesgo sin cumplir todavía todos los criterios necesarios para recibir un diagnóstico de un trastorno alimentario.
La identificación de estos comportamientos en una fase temprana puede proporcionar una oportunidad para intervenir antes de que el problema se agrave. Por ello, el estudio reclama ampliar la mirada más allá de los casos que ya han llegado al sistema sanitario.
Entre las diferentes variables socioeconómicas examinadas, los ingresos familiares fueron los que mostraron la asociación más sólida y consistente con los síntomas de trastornos alimentarios.
Los resultados sugieren que crecer en un hogar con menos recursos económicos está relacionado con una mayor probabilidad de presentar conductas alimentarias problemáticas durante la adolescencia.
La investigación también analizó el nivel educativo de los progenitores. En este caso, el patrón volvió a aparecer: los adolescentes cuyos padres no habían acudido a la universidad presentaban aproximadamente un 25% más de probabilidades de comunicar síntomas de trastornos alimentarios que aquellos cuyos padres sí habían recibido educación universitaria.
Los autores advierten, no obstante, de que el nivel educativo fue medido de diferentes maneras en los estudios analizados, por lo que esta comparación debe interpretarse de acuerdo con las características de cada investigación.
El estudio introduce además un matiz importante. No todas las variables utilizadas para medir la situación socioeconómica mostraron una relación igual de clara con los trastornos alimentarios.
Los investigadores analizaron factores como la privación socioeconómica del barrio, la ocupación de los padres, las dificultades económicas o la percepción de prestaciones públicas.
Los resultados en estos casos fueron mucho más heterogéneos. Algunos estudios encontraron asociaciones y otros no, lo que impide establecer una relación uniforme entre estas variables y los trastornos alimentarios.
Esta diferencia lleva a los investigadores a ser prudentes. La conclusión no es que la pobreza sea, por sí misma, una causa directa de los trastornos alimentarios, sino que determinados indicadores de desventaja socioeconómica aparecen asociados a una mayor presencia de síntomas entre los adolescentes.
La amplitud de la revisión permite observar el fenómeno desde una perspectiva internacional. Los 26.174 adolescentes incluidos en los 51 estudios proceden de diferentes países occidentales de Europa, Norteamérica y Australia.
Sin embargo, UCL señala una limitación importante: la mayoría de las investigaciones analizadas incluían principalmente a adolescentes blancos de países occidentales.
Esto significa que todavía existe una importante necesidad de investigación en otros grupos étnicos, regiones y contextos sociales. Los resultados no pueden extrapolarse automáticamente a todas las poblaciones adolescentes del mundo.
Otra limitación procede de la propia diversidad de las investigaciones. Los estudios utilizaron diferentes métodos para medir la situación socioeconómica familiar, lo que dificulta establecer comparaciones absolutamente homogéneas.
Por ello, aunque el patrón general resulta significativo, los autores consideran necesario continuar investigando para determinar con mayor precisión qué factores sociales y económicos están detrás de las diferencias observadas.
Una de las principales consecuencias prácticas del estudio afecta directamente a los profesionales sanitarios y educativos.
Si un médico, psicólogo, orientador escolar o profesor considera que un trastorno alimentario es más probable entre adolescentes de familias acomodadas, podría prestar menos atención a las señales de alarma que aparecen en jóvenes procedentes de hogares con menores recursos.
Ese sesgo puede contribuir a retrasar la identificación del problema.
Los investigadores de UCL reclaman por ello que profesionales clínicos, trabajadores sanitarios y orientadores escolares amplíen sus criterios sobre quién puede estar en riesgo. La prevención y la detección temprana deberían dirigirse a adolescentes de todos los estratos socioeconómicos.
El entorno educativo puede convertirse en uno de los principales espacios para detectar señales tempranas. Los adolescentes pasan una parte considerable de su tiempo en los centros educativos y los profesores, orientadores y otros profesionales pueden observar cambios en su comportamiento, alimentación o relación con su propio cuerpo.
La conclusión de UCL no implica convertir a los docentes en especialistas sanitarios, sino evitar que determinados prejuicios sociales condicionen la identificación de posibles señales de alerta. La escuela puede desempeñar además un papel importante en la prevención mediante programas de educación para la salud, imagen corporal y bienestar emocional que no estén dirigidos únicamente a determinados perfiles de alumnos.
El estudio introduce una dimensión adicional: los trastornos alimentarios deben analizarse también desde la perspectiva de las desigualdades sociales en salud.
Los jóvenes de familias con menos recursos pueden enfrentarse simultáneamente a diferentes factores de vulnerabilidad. Las dificultades económicas, el acceso desigual a determinados servicios, la presión social y las circunstancias familiares pueden configurar entornos distintos para la salud física y mental.
La investigación no establece que ninguno de estos factores sea responsable individualmente de los trastornos alimentarios, pero sí demuestra que el problema no puede comprenderse adecuadamente si se parte de la idea de que afecta sobre todo a los sectores económicamente privilegiados.
La principal recomendación derivada del estudio es ampliar las estrategias de prevención y tratamiento para alcanzar también a las familias que afrontan desventajas económicas y sociales.
La doctora Trompeter sostiene que los trastornos alimentarios no discriminan por nivel de ingresos o educación y que mantener la imagen de que se trata de una enfermedad propia de sectores privilegiados puede dejar precisamente sin diagnóstico y tratamiento a algunos de los jóvenes que más necesitan ayuda.
Esto implica revisar no solo los criterios clínicos, sino también la forma en que se diseñan las campañas de información y prevención.
Si las campañas representan únicamente a adolescentes pertenecientes a determinados grupos sociales, otros jóvenes pueden no reconocerse como potenciales afectados y sus familias pueden no identificar los primeros síntomas.
Otro de los mensajes centrales de la investigación es la necesidad de prestar atención a las señales tempranas. La restricción de alimentos, los periodos de ayuno, una preocupación excesiva por el peso o una fuerte presión por adelgazar pueden aparecer antes de que se desarrolle un trastorno alimentario plenamente establecido.
La identificación de estos comportamientos ofrece una oportunidad para intervenir de manera preventiva. El objetivo no consiste únicamente en tratar los casos más graves, sino en reducir la probabilidad de que los primeros síntomas evolucionen hacia problemas más severos.
La investigación de UCL obliga, en definitiva, a revisar una idea muy extendida: que los trastornos alimentarios constituyen fundamentalmente un problema de adolescentes pertenecientes a familias acomodadas.
Los datos de esta revisión internacional muestran una realidad mucho más compleja. Los adolescentes de hogares con menores ingresos y con padres que tienen un nivel educativo más bajo presentan mayores probabilidades de mostrar síntomas de alimentación desordenada.
Esto no significa que los jóvenes de familias con mayores recursos estén protegidos. Los trastornos alimentarios aparecen en todos los estratos sociales. La diferencia está en que determinados grupos pueden estar siendo detectados con menor frecuencia o más tarde debido a estereotipos y desigualdades en el acceso a la atención.
La principal lección de la investigación es, por tanto, preventiva: no existe un perfil socioeconómico único del adolescente con un trastorno alimentario.
Romper ese estereotipo puede ayudar a que médicos, orientadores, profesores y familias reconozcan antes las señales de alarma y faciliten el acceso a tratamiento. Para UCL, el reto consiste ahora en convertir esta evidencia en una detección más amplia y equitativa, de modo que el nivel de ingresos o de educación de una familia no determine quién es considerado susceptible de necesitar ayuda.
Fuente: https://exitoeducativo.net/bienestar-emocional/los-adolescentes-de-familias-con-menos-ingresos-presentan-mas-sintomas-de-trastornos-alimentarios
Deja un comentario