El profesor no es un “influencer”: desafíos de educar en la era digital

Publicado: 23 septiembre 2026 a las 1:00 am

Categorías: Artículos

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Por Gustavo Hernández Diaz

Influencia, atención y rentabilidad

Las redes sociales han consolidado una nueva figura de la cultura digital: el influencer. Su capacidad de incidencia se sustenta en el carisma, la persuasión digital y la producción incesante de contenidos con el fin de retener la atención del público. Con frecuencia, estos mensajes circulan sin un sólido sustento cultural, ético o profesional; aun así, logran influir en los hábitos y formas de consumo, las aspiraciones económicas, las opiniones políticas y los estilos de vida. 

Cuanto más se visita, comenta o comparte el contenido de un perfil, mayor puede ser la sensación de cercanía con quien lo emite. El usuario llega a sentirse acompañado, motivado o comprendido, aunque dicha relación responda, en buena medida, a una dinámica orientada a prolongar la conexión y convertir las emociones y empatías en recursos monetizables. Mientras el espectador recibe una gratificación afectiva inmediata, el creador obtiene visibilidad, datos, alcance publicitario e ingresos. Así, la atención del usuario se transforma en valor económico dentro de la lógica de las plataformas digitales.

 “Te mostraré aquello con lo que estés de acuerdo”

Los algoritmos son las piezas clave detrás de este fenómeno. Aunque en esencia son solo guías de instrucciones para que las computadoras procesen datos a gran velocidad, su verdadero impacto está en cómo filtran el inmenso volumen de información de internet. Al decidir qué vemos, moldean nuestra vida diaria, la política y la economía. Lejos de ser neutrales, cargan con la visión, los intereses y los prejuicios de las empresas que los crean. Por eso funcionan como un espejo a la medida, vale decir, en lugar de mostrarnos la realidad completa, nos devuelven una versión alineada a nuestras preferencias, confirmando constantemente lo que ya pensamos o deseamos.De este modo, el usuario puede mantenerse cómodamente instalado en sus propias creencias con menos probabilidades de encontrarse con argumentos divergentes o informaciones que interpelen sus certezas. 

De Bandura a TikTok: la ciencia detrás del “Me gusta”

La teoría del aprendizaje social de Albert Bandura permite comprender mejor este fenómeno. Según esta perspectiva, las personas aprenden observando modelos y las recompensas que estos reciben. En las plataformas, el influencer funciona como un modelo visible y atractivo: muestra cómo vestir, qué comprar, qué pensar, cómo hablar o qué tipo de vida considerar exitosa. Los “me gusta”, los comentarios, las reproducciones y los seguidores actúan como signos de aprobación social. Así, muchas conductas se imitan no necesariamente porque sean correctas o razonables, sino porque parecen reconocidas, admiradas y premiadas.

Sin embargo, la respuesta no debe ser censurar a los influencers ni condenar las redes sociales. El desafío consiste en aprender a leer críticamente sus mensajes. Incluso un contenido agresivo, discriminatorio o poco respetuoso puede analizarse como una oportunidad pedagógica: ¿quién habla? ¿para qué lo hace? ¿qué intereses sostiene?, ¿qué estereotipos reproduce? ¿qué efectos puede generar? La familia, la escuela y la comunidad tienen el deber de acompañar la reflexión en torno a estas preguntas y ayudar a que los usuarios no reciban los contenidos de manera pasiva.

El influencer retiene la atención; el educador enseña a dirigirla

Resulta equivocado identificar al influencer con el docente. El influencer busca mantener la atención, aumentar seguidores y competir por visibilidad. El profesor no debe medirse por reacciones inmediatas, popularidad o tendencias. Su tarea es formar la atención, promover la lectura crítica de la realidad y acompañar procesos que requieren tiempo y mucho sosiego como leer, investigar, comparar fuentes, analizar, dudar, argumentar y elaborar una postura propia.

Hoy es común escuchar que el docente debe ser “divertido”, hacer chistes, hacerse amigo de los estudiantes o convertir las clases en cápsulas similares a TikTok e Instagram. También se afirma que un estudiante prefiere ver un video de YouTube sobre Kant antes que escuchar la explicación de su profesor de filosofía. Estos ejemplos revelan una presión creciente para que la enseñanza imite el ritmo y la estética de las plataformas. La diferencia es esencial: el influencer procura captar atención; el educador busca desarrollar la capacidad de atender, problematizar, comprender y discernir sin apremio.

En suma: 

Un profesor agradable y carismático favorece un clima de aula ameno, pero la simpatía jamás sustituye al dominio de la materia, la preparación pedagógica y la ética profesional. Asimismo, resulta indispensable no confundir el mero mandar con el verdadero liderazgo. El docente que ejerce una autoridad democrática escucha, dialoga y estimula el discernimiento de sus alumnos; el autoritario, por el contrario, impone su voz y reduce al estudiante a un espectador pasivo, aun cuando este repita los contenidos de memoria. Ahora bien, superar la rigidez autoritaria no implica disminuir la exigencia académica ni atribuir al profesor la responsabilidad de cada dificultad que surja en el proceso.

Frente a las tendencias actuales que asimilan el prestigio académico a la popularidad y el número de seguidores, resulta imperativo trazar una frontera conceptual irrenunciable. La enseñanza precisa de docentes con sólida formación en educación mediática e informacional. El abismo entre ambos modelos es de naturaleza teleológica: la dinámica de las redes sociales busca el impacto, la fascinación y el agrado instantáneo, mientras que el compromiso docente interviene para moldear sujetos plenamente conscientes de su rol en la sociedad.

Fuente: https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/el-profesor-no-es-un-influencer-desafios-de-educar-en-la-era-digital/