Publicado: 9 septiembre 2026 a las 8:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Sara Carbonell

El inicio de curso siempre trae consigo una mezcla de ilusión, responsabilidad y expectativas. Para quienes trabajan con niños y niñas en las primeras edades, este momento es especialmente significativo. La ciencia del desarrollo infantil lleva décadas demostrando que los primeros años de vida son un periodo biológico y emocionalmente decisivo, capaz de influir en la salud, el aprendizaje y el bienestar a lo largo de toda la vida. Y en esa maravillosa etapa, el papel de los maestros y maestras es crucial.
Hoy sabemos que el desarrollo infantil no es un proceso lineal ni exclusivamente genético. Es una construcción compleja en la que intervienen la biología, las experiencias, las relaciones y el entorno. En este sentido, las evidencias rompen los determinismos que condenan a reproducir y a aumentar las desigualdades. Lejos de este determinismo que lleva a muchos y muchas educadoras a la desesperanza pensando que poco pueden hacer, debemos saber que los profesionales vinculados a la educación tenemos la capacidad real para transformar trayectorias vitales, especialmente en el caso de niños y niñas que provienen de entornos vulnerables o que presentan dificultades de origen genético. Recogemos en dos artículos algunas de las evidencias que pueden ser útiles en este inicio de curso.
Las experiencias tempranas moldean el cuerpo y la mente
Durante los primeros años, el cerebro, el sistema inmunitario, el sistema metabólico y el sistema cardiovascular se desarrollan a una velocidad extraordinaria. No funcionan como compartimentos aislados, sino como sistemas interconectados que “leen” el entorno y se adaptan a él. Esta adaptación es literal: las experiencias tempranas dejan huellas biológicas que influyen en cómo los niños y niñas aprenden, cómo gestionan el estrés, cómo se relacionan y cómo se mantienen sanos a lo largo de la vida.
Esto implica una idea poderosa: cada interacción, cada rutina, cada oportunidad de exploración contribuye a construir salud y desarrollo. Los estudios del Center on the Developing Child de Harvard muestran que las experiencias positivas —relaciones afectivas, entornos seguros, oportunidades de juego, retos cognitivos adecuados— fortalecen los sistemas del cuerpo y favorecen un desarrollo equilibrado. Por el contrario, las experiencias adversas sin apoyo adulto pueden activar de manera prolongada el sistema de estrés, generando efectos que se acumulan con el tiempo.
El estrés tóxico: por qué la escuela puede ser un refugio
No todo estrés es negativo. El estrés leve y manejable es parte del aprendizaje. Pero cuando un niño vive adversidades intensas y continuadas sin el apoyo de adultos que le ayuden a regularse, aparece lo que la ciencia denomina estrés tóxico. Este tipo de estrés puede alterar la arquitectura cerebral, afectar al sistema inmunitario y aumentar el riesgo de problemas de salud y aprendizaje en la adolescencia y la adultez.
Aquí es donde el papel del profesorado se vuelve crucial. La escuela puede actuar como factor de protección no mirando hacia otro lado cuando hay violencia, actuando siempre cuando es testigo de un maltrato, difamación, violencia psicológica o sexual.
Un maestro o maestra que actúa como upstander puede proteger biológicamente a un niño del impacto del estrés tóxico. Esta idea debería ser motivo de orgullo profesional: la labor docente no solo enseña, también sana.
Las relaciones importan más de lo que imaginamos
Las relaciones afectivas, de buen trato y bellas son el principal factor de protección en el desarrollo infantil. No se trata únicamente de bienestar emocional: las relaciones seguras modulan la actividad del sistema nervioso, reducen la inflamación, favorecen la maduración del sistema inmunitario y contribuyen a un metabolismo equilibrado.
Esto significa que la calidad del vínculo con cada niño o niña es una herramienta pedagógica y de salud y que la interacción diaria —cómo se habla, cómo se escucha, cómo se acompaña y apoya— tiene efectos duraderos. Mirar a todo el alumnado sin excepción con altas expectativas, reconocer su potencial, ofrecer oportunidades de participación y transmitirles seguridad está contribuyendo a construir un futuro más saludable y más justo.
Fuente: https://periodicoeducacion.info/2026/09/10/memorias-biologicas-i/
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