Publicado: 24 agosto 2026 a las 1:00 am
Categorías: Artículos
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Por Juan Carlos Yañez

Las conversaciones existen porque las palabras viajan. La idea nacida en un aula mexicana puede encontrar eco en una escuela andaluza; una preocupación compartida por docentes argentinos puede iluminar un debate en Cataluña, o viceversa; un libro escrito hace décadas por Paulo Freire continúa interpelando a quienes enseñan en cualquier rincón del mundo. La educación posee esa virtud de construir comunidades independientes de fronteras, ligadas por preguntas compartidas y convicciones movilizadoras.
Durante este curso escolar tuve el privilegio de participar en esa conversación asincrónica desde las páginas de El Diario de la Educación.
Quienes trabajamos en las universidades solemos escribir para colegas que hablan el mismo lenguaje, comparten referencias y, a veces, leen nuestros textos desde preocupaciones semejantes. Son conversaciones necesarias, incluso imprescindibles. Escribir para un periódico o una plataforma con audiencia abierta significa aceptar otra clase de desafío: escapar del refugio de la especialización para dialogar con una comunidad más amplia, diversa y, por ello, más exigente.
América Latina, con todas sus contradicciones, merece formar parte de la conversación internacional sobre educación
No escribo desde México para intentar explicar México. Tampoco para presentar una suerte de inventario de problemas latinoamericanos o reflexiones desde esta región planetaria. Intento escribir desde América Latina. Hay una diferencia sutil. Los lugares desde donde pensamos no sólo determinan lo que observamos; también condicionan las preguntas que formulamos. Y América Latina, con todas sus contradicciones, ha construido una tradición pedagógica que merece formar parte de la conversación internacional sobre la educación, no como una voz periférica, sino como interlocutora capaz de aportar experiencias, conceptos y esperanzas.
Mientras preparaba cada artículo durante este año, reforcé la convicción de que escribir obliga menos a ordenar las ideas que a hacerse responsable de ellas. Una columna periodística ofrece pocas páginas y ningún escondite. Cada afirmación debe sostenerse por sí misma. Cada argumento debe ser tan sólido para resistir el desacuerdo y, al mismo tiempo, convincentemente claro para invitar al diálogo. Tal vez por eso escribir en un medio de comunicación constituye, para el profesor universitario, un ejercicio de responsabilidad pública, política y pedagógica antes que un escaparate personal.
Vivimos un tiempo en el que abundan razones para la crítica. Las desigualdades escolares persisten, la profesión docente atraviesa momentos de desgaste, la inteligencia artificial plantea interrogantes inéditos, las democracias muestran signos preocupantes de fragilidad y las escuelas cargan sobre sus hombros expectativas que ninguna institución puede satisfacer por sí sola. Sería ingenuo ignorar esas realidades. La denuncia continúa siendo una obligación ética.
Todo eso es verdad, creo, pero con el paso de los años he llegado a otra convicción: si la escritura pública se limita a denunciar aquello disfuncional, corre el riesgo de convertirse en una elegante administración del desencanto. Señalar problemas resulta imprescindible; disolverse en ellos, insuficiente.
Paulo Freire expresó esa tensión con claridad admirable. La tarea educativa consiste, al mismo tiempo, en denunciar las estructuras que deshumanizan y anunciar posibilidades de un mundo diferente. Denunciar sin anunciar es un camino corto al pesimismo. Anunciar sin denunciar desemboca en ingenuidad. Entre ambos movimientos se despliega, quizá, una de las responsabilidades más profundas de quienes trabajamos y escribimos sobre educación.
Sigo creyendo que una función del pensamiento pedagógico es ampliar el horizonte de lo que podríamos llegar a construir
Esa tesis me acompañó durante este año. Cada vez que abordé un problema procuré preguntarme si era posible dejar, al final del texto, una puerta entreabierta. No porque dispusiera de soluciones para asuntos complejos, sino porque sigo creyendo que una función del pensamiento pedagógico es ampliar el horizonte de lo que podríamos llegar a construir.
En ocasiones se atribuye a los académicos la tarea de producir conocimiento y a los periodistas la de contar lo que ocurre. Sospecho que quienes escribimos desde la universidad para un diario peregrinamos en un territorio intermedio. Investigamos, leemos y enseñamos, en simultáneo, intentamos traducir esas conversaciones para incorporarlas al espacio público. La universidad carece de respuestas cerradas y para todo, pero creo que el conocimiento pierde parte de su sentido cuando se encierra en la atalaya académica.
Este año escribí sobre inteligencia artificial, ciudadanía, bienestar docente, formación del profesorado, inclusión, pensamiento crítico, entre otros asuntos. Sin embargo, al mirar en conjunto estos textos descubro que todos ellos estaban atravesados por dos preguntas comunes: ¿cómo seguir confiando en la educación cuando el mundo ofrece tantas razones para el escepticismo? ¿Cómo alentar esta vocación entre los jóvenes estudiantes de docencia?
No tengo una respuesta definitiva. Tampoco creo que exista. Lo que sí he confirmado es que esas preguntas no inquietan únicamente en México o España. Son compartidas por miles de docentes que cada mañana abren la puerta de un aula convencidos de que educar sigue teniendo sentido, incluso cuando las circunstancias parecen desmentirlo.
Tengo gratitud con quienes posibilitan esta conversación transatlántica y, sobre todo, con quienes la prolongan con sus lecturas, acuerdos y discrepancias. Ese sentimiento desborda emociones cuando, desde alguna parte lejana y con otra bandera, un correo llega a mi bandeja y encuentro las palabras de un docente o una maestra que me leyeron, comentan o comparten.
Escribir sobre educación constituye un privilegio precisamente porque implica una responsabilidad
Un artículo nunca concluye cuando se publica; comienza su andadura vital cuando alguien lo lee y decide pensar con él o discutirlo.
Si algo he aprendido durante este año en El Diario de la Educación es que escribir sobre educación constituye un privilegio precisamente porque implica una responsabilidad. Las palabras no transforman por sí solas la realidad, pero ayudan a nombrarla y, en ocasiones, a imaginarla de otros modos. Las palabras nos transforman; por ejemplo, exigen cuidar la precisión del lenguaje, informarnos de los contextos donde podríamos ser leídos, eludir reduccionismos por prejuicios locales, enriquecernos con los debates más allá de nuestro país y encontrar nuevas perspectivas sobre los problemas propios. En suma, convocan a ser atentos, curiosos, a explicar menos y comprender más.
Seguiré escribiendo desde este lado del océano. Lejos de ofrecer certezas, para sostener una conversación relevante. Porque, al final, esa es una faceta de la educación: la conversación inacabada entre personas que, desde lugares distintos, comparten la esperanza de comprender mejor el mundo para intentar transformarlo.
La lectura de la palabra es la lectura de la realidad, nos enseñó a Paulo Freire. Podríamos afirmar, entonces, que la escritura de la palabra nos permite la relectura del mundo, para comprenderlo y escribirlo mejor. Y, si es posible, cambiar el metro cuadrado donde estamos parados.
Fuente: https://eldiariodelaeducacion.com/2026/08/24/escribir-sobre-educacion-conversacion-educativa/
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