Educación del carácter: por qué formar en virtudes vuelve a estar en el centro del debate educativo

Publicado: 18 agosto 2026 a las 4:00 pm

Categorías: Artículos

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Por Josu Ahedo Ruiz

Este renovado interés plantea también la necesidad de formar profesionales capaces de trasladar estos principios a contextos educativos reales.

¿Puede un educador enseñar aquello que no practica? La pregunta conduce a uno de los debates clásicos de la educación: la formación no se limita a la adquisición de conocimientos y competencias, sino que también influye en la manera en que las personas toman decisiones, se relacionan con los demás y afrontan las dificultades.

De ahí parte la educación del carácter, un ámbito que estudia cómo pueden desarrollarse virtudes y disposiciones personales como la prudencia, la responsabilidad, la perseverancia, la fortaleza o la gratitud.

No se trata de una preocupación nueva. La formación del carácter ha estado presente durante siglos en la reflexión educativa y filosófica. En las últimas décadas, sin embargo, ha recuperado protagonismo gracias a la investigación desarrollada desde campos como la filosofía de la educación, la psicología y las ciencias sociales.

Uno de los principales referentes internacionales es el Jubilee Centre for Character and Virtues, de la Universidad de Birmingham, que define la educación del carácter como el conjunto de actividades educativas, explícitas e implícitas, destinadas a favorecer el desarrollo de fortalezas personales positivas o virtudes.

Su marco de referencia distingue entre virtudes intelectuales, morales, cívicas y de desempeño, que deben combinarse mediante la phronesis o sabiduría práctica: la capacidad para determinar qué resulta adecuado hacer ante situaciones concretas.

¿Puede enseñarse a ser prudente o responsable?

Una de las cuestiones centrales es si las virtudes pueden realmente educarse o pertenecen exclusivamente al ámbito de la personalidad individual.

La investigación contemporánea sobre educación del carácter parte de la idea de que este no es completamente fijo. Puede desarrollarse mediante el aprendizaje, la práctica, los modelos de conducta, la reflexión y la adquisición progresiva de hábitos.

Esto modifica también la función del educador. Enseñar prudencia, responsabilidad o perseverancia no consiste simplemente en definir estos conceptos ante los estudiantes, sino en crear oportunidades para comprenderlos, practicarlos y aplicarlos ante situaciones reales.

El propio Jubilee Centre plantea tres dimensiones complementarias para explicar este proceso: el carácter que se adquiere mediante el ejemplo y la cultura del entorno; el que se enseña explícitamente; y el que cada persona busca desarrollar de manera consciente.

Desde esta perspectiva, el comportamiento del docente adquiere una relevancia especial. La manera de gestionar un conflicto, asumir un error, tomar una decisión o relacionarse con los estudiantes también forma parte del aprendizaje.

Educación emocional y educación del carácter

La educación del carácter comparte espacios con la educación emocional, pero ambos conceptos no son equivalentes.

Reconocer y gestionar las emociones constituye una competencia importante para el desarrollo personal. La educación del carácter añade otra dimensión: qué hacemos con esas emociones y qué criterios utilizamos para orientar nuestras decisiones.

Una persona puede identificar correctamente que siente miedo, frustración o enfado. La siguiente cuestión es cómo responde ante esa emoción. Es ahí donde aparecen virtudes como la fortaleza, el autocontrol, la prudencia o la justicia.

Por eso, ambos enfoques pueden entenderse de forma complementaria. El conocimiento emocional ayuda a interpretar lo que sentimos, mientras que la formación del carácter proporciona herramientas para reflexionar sobre cómo queremos actuar.

Del bienestar al desarrollo integral

La educación del carácter también está relacionada con un concepto más amplio de bienestar. Una vida satisfactoria no depende únicamente de experimentar emociones positivas, sino también de encontrar propósito, construir relaciones significativas, desarrollar capacidades y aprender a afrontar las dificultades.

En este sentido, hablar de desarrollo integral supone ampliar la mirada educativa más allá del rendimiento académico o profesional.

El objetivo no consiste en establecer un modelo único de persona, sino en proporcionar herramientas que permitan reflexionar sobre las propias decisiones, desarrollar hábitos positivos y actuar responsablemente dentro de una comunidad.

Este planteamiento explica por qué la educación del carácter no se dirige exclusivamente a niños y adolescentes. También tiene aplicaciones en la universidad, las organizaciones, el liderazgo y la formación de profesionales.

El educador también forma parte del proceso

La educación del carácter introduce además una particularidad: obliga al profesional a reflexionar sobre su propia práctica.

Si se pretende ayudar a otras personas a desarrollar determinadas virtudes, resulta difícil separar ese objetivo de la propia conducta del educador. Enseñar prudencia implica reflexionar sobre cómo tomamos decisiones; trabajar la fortaleza obliga a pensar cómo afrontamos las dificultades; y hablar de generosidad conduce inevitablemente a preguntarnos cómo la practicamos.

Esto no significa que un docente deba convertirse en un modelo perfecto. Esa expectativa sería tan irreal como poco educativa. Significa reconocer que la formación docente también implica un ejercicio permanente de reflexión sobre la propia práctica y sobre el impacto que el comportamiento profesional tiene en los estudiantes.

La educación del carácter adquiere así una doble dimensión: proporciona herramientas para acompañar el crecimiento de otras personas y, al mismo tiempo, invita al educador a revisar sus propios hábitos y decisiones.

El carácter ante el avance de la IA

La expansión de la inteligencia artificial introduce una nueva razón para recuperar este debate.

A medida que las herramientas tecnológicas facilitan el acceso a información, automatizan tareas y participan cada vez más en procesos de análisis y toma de decisiones, determinadas capacidades humanas adquieren una relevancia diferente.

Disponer de una herramienta capaz de generar una respuesta no resuelve necesariamente qué debemos hacer con ella. Tampoco determina si una decisión es justa, responsable o adecuada para una situación concreta.

La cuestión educativa se desplaza entonces desde la mera disponibilidad de conocimiento hacia el criterio personal necesario para utilizarlo.

En este escenario, virtudes como la prudencia, la responsabilidad, la honestidad o la justicia pueden desempeñar un papel especialmente relevante. La competencia tecnológica necesita ir acompañada de capacidad para valorar las consecuencias de las decisiones y asumir responsabilidades sobre el uso de las herramientas disponibles.

Formar profesionales capaces de educar el carácter

Este renovado interés plantea también la necesidad de formar profesionales capaces de trasladar estos principios a contextos educativos reales.

El Máster Universitario en Educación del Carácter de UNIR aborda este campo desde diferentes perspectivas, integrando formación sobre virtudes, educación emocional, crecimiento personal y creación de entornos educativos orientados al desarrollo integral.

La propuesta se dirige a profesionales interesados en comprender cómo se forma el carácter y cómo pueden incorporarse estos conocimientos a su práctica educativa. Para ello, combina la reflexión sobre la propia actuación profesional con herramientas destinadas al trabajo con niños, jóvenes y adultos.

El programa cuenta además con especialistas nacionales e internacionales procedentes de ámbitos como la filosofía de la educación, la educación emocional y la investigación sobre el carácter.

Más allá de una titulación concreta, el crecimiento de este ámbito recupera una pregunta fundamental para cualquier sistema educativo: qué tipo de personas queremos ayudar a formar.

En una época caracterizada por la aceleración tecnológica y la disponibilidad prácticamente inmediata de información, educar seguirá implicando enseñar conocimientos y desarrollar competencias. Pero también requerirá algo bastante más difícil de automatizar: aprender a utilizar ambos con criterio, responsabilidad y sentido.

(*) Josu Ahedo Ruiz. Director del Máster en Educación Personalizada y del Máster en Orientación Educativa Familiar de UNIR. Es autor de varias publicaciones científicas sobre la educación personalizada, política familiar y educación de la voluntad. 

Fuente: https://www.unir.net/revista/educacion/educacion-caracter-centro-debate/