Publicado: 1 agosto 2026 a las 1:00 am
Categorías: Artículos
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Por Francisca Echeverria
¿Estamos dispuestos a admitir que una auténtica educación requiere espacios libres de IA o la idea misma nos parece una provocación retrógrada e inaceptable?

El camino es hacer pensar en la sala de clases”: me lo decía hace poco una profesora universitaria con décadas de experiencia, en una conversación sobre la cuestión ya recurrente de la inteligencia artificial en la práctica educativa. El asombro ante las posibilidades que abre este instrumento no oculta el reto que supone a la hora de enseñar y de evaluar conocimiento. ¿Cómo favorecer que los estudiantes integren activamente aquello que buscamos enseñarles, desarrollen su propia capacidad de juicio y se ejerciten en el trabajo lento de la comprensión, el discernimiento y la argumentación rigurosa? La pregunta está en ebullición en las universidades, y en otros países ya empiezan a tomar decisiones para crear algunos espacios libres de IA que resguarden las posibilidades de un verdadero ejercicio intelectual. La duda es si en Chile seremos capaces de leer a tiempo esas señales o seguiremos con rezago el tecno-entusiasmo ilimitado que en otros lugares ya han empezado a cuestionar.
La Escuela de Derecho de la Universidad de Chicago, por ejemplo, presentó recientemente su nueva estrategia de uso de IA, que implica eliminar estas herramientas en momentos clave del aprendizaje, como aquellos en que el estudiante rinde exámenes o aprende conceptos básicos en la sala de clases. Su política establece, entre otras cosas, la prohibición de dispositivos electrónicos en todos los cursos troncales del primer año, con excepciones limitadas. Medidas audaces como ésta requerirían ser, en cada contexto específico, minuciosamente discutidas. Es claro que no hay respuestas fáciles sobre cómo integrar reflexivamente la IA en el trabajo de enseñar y aprender y cómo evitar que atrofie ciertas facultades relevantes, pero una pregunta elemental para enmarcar la discusión es la siguiente: ¿estamos dispuestos a admitir que una auténtica educación requiere espacios libres de IA o la idea misma nos parece una provocación retrógrada e inaceptable?
La resistencia a poner límites a la IA en educación puede tener orígenes variados. Por una parte, encontramos lo que alguien ha llamado la “beatería tecnológica”, el credo de quienes pretenden hacer de la IA el corazón de la práctica educativa, frecuentemente unida al temor a quedar atrás ante el movimiento irresistible de “lo moderno”. Otro factor parece ser la decepción oculta de muchos educadores que, desde hace tiempo, han perdido la convicción en el valor de su tarea y han reemplazado la transmisión interpersonal por formas más o menos sofisticadas de conocimiento envasado. En la raíz habría una desesperanza en la posibilidad de una formación intelectual consistente en las circunstancias actuales, y la idea de delegar la educación en la IA aparece como el hito final y radicalizado de ese pesimismo.
Si lo anterior es cierto, tomarse en serio la pregunta por los límites de la IA en el ámbito educativo no es entonces resistencia al progreso humano sino, por el contrario, un signo de confianza en la capacidad de las personas de desplegar un potencial interior inaudito, que es posible con ayuda de la técnica, pero sólo si no se invierte la relación con ella. Así, la pregunta más relevante no parece ser cómo integrar más la IA en la práctica pedagógica (que los profesores y estudiantes haremos sin necesidad de mayores planes), sino cuál debe ser su límite: cómo fomentar espacios que hagan posible ese despliegue de los talentos, cómo promover que las clases intensifiquen la capacidad de formular preguntas, de participar activamente, de llegar a síntesis propias, de abrirse a lo que no es posible prever. Clases sin interferencias, pruebas con papel y lápiz, cursos de pocos alumnos o espacios de discusión y contraste son posibles modos de favorecer que emerja lo verdaderamente nuevo, aquello que sin especial cuidado podría desaparecer.
El esfuerzo de la Universidad de Chicago y de otras va en esta dirección: tomarse en serio el potencial intelectual de los jóvenes implica asumir responsablemente la pregunta por los límites. Si el camino es “hacer pensar en la sala de clases”, no renunciar a la transformación honda de los estudiantes que se nos han confiado, esta es una pregunta que no podemos soslayar. Lo demás, aunque parezca moderno, en el fondo es pura pasividad.
Fuente: https://ellibero.cl/columnas-de-opinion/que-hacemos-con-ella/
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