Publicado: 16 julio 2026 a las 4:00 am
Categorías: Artículos
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Por Juan Alfredo Pinto
En su nuevo libro, ‘Humanismo digital: una respuesta para la juventud’, el autor presenta una nueva propuesta pedagógica.

Esta novedosa categoría de las ciencias surge no como una rebelión contra el pasado y todos sus valores, sino como una expresión de renovada priorización en el sentido de que el ser humano es, en sí mismo, el objeto del conocimiento, del desarrollo, de la ciencia y la tecnología.
Humanismo digital es el paradigma que ampara el desarrollo tecnológico para determinar su compromiso humano como vehículo de bienestar integral y aprendizaje social continuo y significativo. El humanismo digital representa el credo que preserva para los humanos la rectoría de la tecnología y no su subordinación a ella, que le permite a la sociedad hacer inferencia y lexicometría bajo consideración ética. Si se nos permite el uso de la expresión en su doble significado semántico, fundando nuestro anclaje en el humanismo tenemos arraigo ético y referentes axiológicos; aplicando el instrumental de lo digital, podemos servir a las poblaciones con mayor profundidad democrática, sin caer en la alienación programada.
El pensamiento complejo de Edgar Morin ofrece uno de los marcos teóricos más fecundos para comprender los desafíos que enfrenta la educación superior en la era digital. Frente a una realidad caracterizada por la incertidumbre, la interdependencia y la aceleración tecnológica, Morin sostiene que el conocimiento no puede reducirse a la acumulación de datos ni a la compartimentación excesiva de las disciplinas. En obras como Introducción al pensamiento complejo y Los siete saberes necesarios para la educación del futuro propone una reforma del pensamiento capaz de relacionar, contextualizar e integrar los diversos saberes humanos.
En su conocido ensayo Festival de incertidumbres, escrito en el contexto pandémico, criticó “nuestra ceguera ante lo imprevisto”, las tradicionales predicciones lineales del pasado y la necesidad de aprender a “esperar lo inesperado”.
Con gran agudeza, Morin nos habla de tres dimensiones a través de las cuales se manifiesta la incertidumbre: la ilusión del control, la crisis del conocimiento y el surgimiento de lo nuevo.
Desde esta perspectiva, la universidad está llamada a superar la fragmentación del conocimiento que ha acompañado el desarrollo de la modernidad. La creciente especialización ha producido avances científicos extraordinarios, pero también ha dificultado la comprensión de los problemas globales. La crisis ambiental, las desigualdades sociales, las transformaciones del trabajo y los dilemas éticos derivados de las nuevas tecnologías exigen enfoques interdisciplinares y una visión más amplia de la condición humana. Para Morin, educar significa enseñar a comprender la complejidad del mundo y no simplemente transmitir información.
Las tecnologías digitales y la inteligencia artificial representan una de las mayores transformaciones culturales de nuestro tiempo. Sin embargo, la importancia de estos avances no debe medirse únicamente por su capacidad para aumentar la productividad o facilitar el acceso a la información. El verdadero desafío consiste en determinar cómo estas herramientas afectan la autonomía del pensamiento, las relaciones humanas y la formación de la persona. El problema fundamental no es tecnológico, sino antropológico y educativo.
Morin advertía que una sociedad inundada de información no necesariamente produce una sociedad más sabia. La abundancia de datos puede coexistir con la superficialidad y con nuevas formas de ignorancia. El conocimiento requiere contexto, interpretación y capacidad crítica. En consecuencia, la misión de la educación superior consiste menos en proporcionar respuestas inmediatas y más en formar inteligencias capaces de formular preguntas pertinentes, reconocer la incertidumbre, tener respuestas propias y establecer relaciones entre fenómenos aparentemente aislados.
En este contexto, la inteligencia artificial no debería ser concebida como una autoridad intelectual ni como una nueva fuente de verdad. Se trata de una herramienta extraordinariamente poderosa, pero limitada por los datos con los que ha sido entrenada y por los supuestos implícitos en los algoritmos que la sustentan. Confundir la capacidad de procesamiento con la verdad constituye un error epistemológico que puede conducir a una nueva forma de dependencia intelectual.
El mundo no tenía el antecedente de un Papa de profesión matemática y con elaborada formación teológica y pastoral. En el acumulado de 275 cartas encíclicas desde 1800 hasta hoy, la Doctrina Social de la Iglesia aporta un documento de obligatoria referencia no “como un conjunto estático de conceptos, sino como un corpus vivo de verdades”.
En una actualización de Rerum novarum, la encíclica aborda ahora los “nuevos asuntos”, las “res novae” de nuestro tiempo, ofreciendo una interpretación sobre las tendencias y los avances de la técnica: la digitalización, la IA y la robótica. Coloca de partida un marco conceptual: la técnica no es una fuerza antagónica respecto a la persona. Está arraigada en la historia y es humana, está vinculada a la autonomía y a la libertad del hombre… Ahora la humanidad tiene mucho más poder sobre sí misma, la tecnología abre espacios, mas aún no es posible evaluar todo su impacto, que es variable. En la carta hay también una remarcación: “El capital privado tiene gran poder tecnológico por encima de los Estados y, por tanto, la humanidad debe responder preguntas tales como: ¿hacia dónde vamos?, ¿hacia qué meta orientamos?, ¿qué dirección elegir?”.
Apoyándose en dos imágenes bíblicas: el fracaso de la torre de Babel como pretensión eliminadora de la diversidad, homogeneizadora, monolingüística; y el libro de Nehemías, el judío al servicio del rey persa Artajerjes, reconstructor de Jerusalén devastada, quien practicó la cohesión social y la tecnología como factor de inclusión y cohesión, Nehemías cuida la cosa común, educa y conecta. Para evitar el síndrome de Babel, la encíclica reprueba la idolatría del lucro, critica lo digital como lenguaje único y la supresión de lo individual por la data. Acoge, en cambio, el pregón de Nehemías por medio del trabajo compartido, el humanismo, la diversidad como gran recurso, cultiva la paz, la justicia y la dignidad. Edifica sobre la virtud y acepta la fragilidad, defendiendo los principios del bien común, la subsidiariedad, la solidaridad, los derechos humanos, los migrantes y refugiados, y el desarrollo humano integral.
Los sistemas de IA toman decisiones sobre derechos, oportunidades, reputaciones y libertad de las personas, están automatizados, no conocen “la compasión, la misericordia, el perdón y, sobre todo, la apertura a la esperanza de cambio en el individuo”.
El descarte nuevo a menudo viola la privacidad, y se presenta frecuentemente como neutral y objetivo, cuando en realidad refleja los estereotipos o posiciones ideológicas de quienes lo han diseñado y programado. “Confiar a un algoritmo el poder de seleccionar quién es digno y quién no” elude la responsabilidad política.
“No podemos considerar a la IA como moralmente neutra” … “el discernimiento ético no se puede limitar a preguntarse si usamos un determinado sistema para un fin bueno o malo, sino que debe interrogarse también sobre el modo en que está diseñado y qué idea de persona y de sociedad queda inscrita en los datos y en los modelos que lo guían”.
Aclarar las responsabilidades:
1.Decisiva la responsabilidad (accountability) sobre todas las etapas, identificando quién debe rendir cuentas.
2.Controles rigurosos y en ocasiones “ralentización” en la adaptación para atenuar el desequilibrio entre la velocidad del desarrollo tecnológico y la maduración normativa e institucional.
Advierte la encíclica que “la moralización de la máquina” denominada como “alineación” de la IA con los valores humanos, si no hay un código ético que sea emitido desde la justicia social compartida, queda en cuestión.
De lo contrario, la IA impondrá su propia visión moral. “De nada servirá una IA más moral si esta moral es decidida por unos pocos”.
Custodiar lo humano: no permitir un paradigma temático que entrañe una visión antihumana que, cabalgando sobre la revolución digital y la IA, haga parecer justa y normal una corrida general según la cual la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo.
Transhumanismo y poshumanismo: León XIV los define como una visión “futurista” de “humanidad potenciada” o de “hombre hibridado” con la máquina.
Transhumanismo: el ser humano como materia a ser transformada o superada; para ello estarían la biomedicina, la ingeniería del cuerpo, los dispositivos y los algoritmos.
El problema, gran desafío para el humanismo digital, es que el transhumanismo puede llevar al segregacionismo, a un apartheid tecnológico, según el cual, algunos serían considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos. Surgirían hipótesis de “sacrificios necesarios”, haciendo pagar a los más vulnerables el precio de una presunta “optimización de la especie”. Por eso, la humanidad magnifica y herida no debe ser sustituida. Puede acoger los progresos de la técnica siempre que no reniegue de sí misma; es decir, de la capacidad de relación y de amor. La respuesta de la encíclica: gracia y humanismo cristiano, la posibilidad de trascendernos. “La alternativa no está entre el entusiasmo y el miedo, sino entre dos modos de construir: un progreso que sirve a la persona y a los pueblos, o un progreso que los doblega a lógicas de poder”.
Corresponde a la educación como bien social advertir las narrativas sesgadas que ganan espacio difuminando los límites entre lo verdadero y lo falso, mezclando datos y opiniones, la IA a menudo se utiliza como potente multiplicador de la desinformación.
Es preciso entonces revindicar la verdad como bien público, la búsqueda de la verdad como reflejo de la dignidad en la sociedad y advertir cómo pierde terreno lo verdadero, pues el pragmatismo impone su sentencia como verdad o se conforma con lo que es útil o eficaz.
La herramienta se autoexpande como un fenómeno. Las IA imitan funciones de la inteligencia humana, a menudo superando la amplitud y velocidad de cálculo. Sin embargo, “las IA no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no juzgan el bien o el mal, no asumen el peso de las consecuencias… Pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, racional y espiritual”. Cuando “aprenden” lo hacen de manera diferente. No es la experiencia de la vida que crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad, no generan crecimiento interior.
La combinación equilibrada entre teoría y práctica con división y alternancia entre el aula y la empresa ha experimentado variaciones metodológicas dentro de lo que se conoce como educación dual. Actualmente, asistimos a la implementación de su versión 4.0, transitando desde lo dual clásico a lo dual-virtual, de espacios educativos multiformes en lo asincrónico, integrando empleabilidad con dimensión práctica en trabajo virtual, remoto, autogestionado y asistido.
La educación dual 4.0 es versátil, flexible y adaptable. Implica una relación entre la universidad y el entorno empresarial, institucional y comunitario.
La educación auténtica se manifiesta en la capacidad de trascender prejuicios, de elaborar el dolor y de convertir la experiencia en aprendizaje. Y es aquí donde emerge el eje central de esta reflexión: la tensión permanente entre la incertidumbre del mundo y la certidumbre. Y eso es vital en la definición de nuestro credo: ligazón entre el empresariado y la juventud, democracia de oportunidades, tecnología al servicio del hombre como fundamento del humanismo digital y no al contrario; luchamos contra el resentimiento y contra el clasismo, defendemos la sostenibilidad y la densificación social desde la democracia de oportunidades, pugnamos por la equidad entre géneros y practicamos la inclusión social.
La educación dual debe ser expandida al ámbito de la secundaria a nivel local, justamente para ir más allá de lo teórico-práctico, introduciendo variaciones técnico-pedagógicas que incluyan en los currículos elementos y métodos que brinden competencias socioemocionales y capacidad crítica. Tal es el tetraedro que debe restablecer la apropiación social de la función educativa y sus instituciones, otorgando una respuesta a la juventud que transforme la apatía en comprometido entusiasmo y que renueve el vínculo con la universidad que no es suplantable por la abundancia de información precodificada.
Fuente: https://www.eltiempo.com/amp/vida/educacion/un-nuevo-tetraedro-para-asumir-la-era-digital-3571505
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