Mi plan de contingencia para rescatar las aulas a partir de septiembre

Publicado: 7 junio 2026 a las 8:00 pm

Categorías: Artículos

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Por Jordi Martí

Ayer, antes de hacer un reset mental de muchas cosas, me puse a ver una entrevista que le hicieron a Gregorio Luri acerca de la situación educativa actual. Una entrevista que podéis encontrar aquí. Y, estando de acuerdo en gran parte en cosas que comentó en la misma, sí que hay algo en lo que estoy en completo desacuerdo. Me estoy refiriendo a la necesidad de retrasar la toma de medidas ante la emergencia educativa en la que estamos inmersos. No solo es el malestar docente, totalmente motivado ante unas situaciones, tanto en los centros como en las aulas, además del desprestigio y desprecio por su profesión que están recibiendo. Añado al pack el desplome del aprendizaje del alumnado y la situación social debido a ello que se está produciendo.

Sé que los diagnósticos catastrofistas no gustan. Es comprensible, pero por mucho que se intente camuflar lo que está sucediendo en el sistema educativo, algunos de forma demasiado optimista, quienes viven de cerca lo que está pasando en sus centros educativos saben perfectamente que el día a día de la tarima es insostenible. Estamos ante una auténtica emergencia educativa. Es el resultado lógico de décadas de abandono estructural y de una toma de decisiones erráticas que, en la mayoría de los casos, no han contado con el aval de ninguna evaluación objetiva previa. Se ha legislado de oído, desde el prejuicio ideológico o la ocurrencia de laboratorio, y el precio de ese fracaso lo están pagando los alumnos, repercutiendo, de forma innegable, ante docentes que están al límite. O que, como estamos viendo en la actualidad, han superado ese límite por mucho.

Eso sí. Toca ser realistas. Los milagros no existen en educación. Las medidas estructurales que de verdad transforman un sistema no se ven a corto plazo; requieren tiempo, presupuestos consolidados y un pacto de mínimos que sobreviva a las próximas elecciones al margen de quién se siente en la silla de turno. Cambiar la inercia de un transatlántico averiado exige años de timón firme. Sin embargo, la gravedad de la crisis actual no nos permite el lujo de cruzarnos de brazos a esperar la enésima ley. Estamos obligados a actuar ya. Existen decisiones técnicas y concretas que las administraciones podrían tomar hoy mismo para que, a partir de septiembre del próximo curso, el aprendizaje del alumnado empiece a notar una mejoría real en el aula. Y que repercutiría también en la reducción del malestar docente. No conviene olvidar que tener a los trabajadores contentos en el trabajo hace que sean mucho más productivos. Algo que no es exclusivo del ámbito educativo.

La primera medida pasa por un saneamiento burocrático radical e inmediato. Si queremos que el alumnado aprenda más y mejor en septiembre, la administración debe retirar las garras de la burocracia estéril del lomo del profesorado. Hay que decretar una moratoria urgente de cualquier informe, memoria o elemento digital que no tenga un impacto directo en el aula. Cada hora que un docente pasa rellenando casillas absurdas para cubrir el expediente es una hora que le roba a la preparación de sus clases, a la corrección rigurosa y a la atención individualizada. Menos papeles defensivos y más tiempo para preparar la materia. La excelencia pedagógica requiere calma, no burocracia de gestoría.

La segunda intervención urgente afecta a la organización de los centros. Debemos blindar el aula como espacio de conocimiento. La administración debe limitar drásticamente la proliferación de talleres y días de, charlas estacionales de escaparate y actividades extraescolares absurdas, integradas en el horario lectivo, que fragmentan el ritmo de aprendizaje. Un alumno no puede madurar intelectualmente si su semana parece un festival de eventos en lugar de una secuencia lógica de estudio. Es impepinable volver a la cordura operativa. Toca proteger las horas de matemáticas, de lengua, de ciencia y de historia, amén de las otras asignaturas (no existen las «marías»), de las ocurrencias de la ingeniería social de moqueta mostosa. El rigor se entrena con tiempo y constancia, no con impactos de entretenimiento audiovisual.

Por último, es fundamental recuperar los mecanismos de refuerzo ordinario y la cultura del esfuerzo sin complejos. Si un menor llega a septiembre arrastrando lagunas severas de los cursos anteriores, el sistema debe dotar a los centros de la autonomía técnica necesaria para organizar agrupamientos flexibles y desdobles desde la primera semana, sin esperar a que el trimestre esté perdido. Y sí, eso implica también asumir la contrapartida de la rendición de cuentas. Una rendición de cuentas que impliquen evaluar de forma diagnóstica al alumnado al inicio del curso para saber exactamente de dónde partimos, en lugar de seguir aplicando el aprobado por imperativo estadístico para maquillar el fracaso.

Con este plan de contingencia no pretendo solucionar las carencias que arrastramos desde hace décadas, pero es el único camino para detener la hemorragia de cara al próximo curso. La escuela no se salva con literatura verde ni con promesas de inversión a una década vista; se defiende tomando decisiones valientes hoy para que el próximo septiembre las aulas vuelvan a ser lugares de conocimiento y no sumideros de frustración.

Toca bajar de una puñetera vez a la realidad de la trinchera y escuchar a los profesionales que sostienen el sistema. Es hora de dejar de experimentar con los alumnos y empezar a gestionar las aulas con el rigor técnico que la emergencia educativa exige. Nos va el futuro en ello.

Fuente: https://xarxatic.com/mi-plan-de-contingencia-para-rescatar-las-aulas-a-partir-de-septiembre/