Publicado: 17 mayo 2026 a las 1:00 am
Categorías: Artículos
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Por Isabel Pereira Pizani

Asumir la pobreza como tarjeta de presentación en la lucha política ha funcionado como manto protector del gobierno que aún permanece en el poder, autor de todos los desmanes perpetrados durante el último cuarto de siglo contra la democracia y los ciudadanos. Una profunda paradoja late implícita: no se trata de salvar a las víctimas de esta difícil condición social. La maniobra ha consistido en apoderarse de su voz, expresar sus necesidades sin que esa vocería tenga correlato en la acción, en las políticas públicas, en la asignación de recursos ni en una legítima preocupación por el presente y el futuro de estos venezolanos. Los números son implacables: hoy muestran que la pobreza sigue acantonada en 80% de la población, evidencia irrebatible de la contradicción entre el discurso y la práctica gubernamental.
La utilización de la pobreza como base política se funda en la suposición de que los grupos humanos en esta condición no tienen organización ni capacidad de representación. Solo son visibles cuando realizan protestas públicas por los repetidos azotes que les provoca la naturaleza o por la mala calidad de los servicios públicos, que hunde a niveles insoportables sus condiciones de vida.
Arroparse bajo la pobreza —aunque sea sin ocuparse de ella— genera enormes dividendos, simpatías y apoyos incondicionales entre los «progres» de izquierda, que sufren pellizcos en su conciencia cuando el velo se descorre y queda al descubierto la miseria en que transcurre la vida de una parte de nuestros compatriotas. Es el caso de una conocida dramaturga que explicaba que su mal disimulado apoyo al gobierno chavista se debía a que este se había ocupado de los pobres. Al parecer, esta idea actuaba como un valium, como un poderoso tranquilizante. Es curioso cómo los seres humanos pueden, en contra de todas las evidencias de la realidad, esconderse en una idea sin interesarles si detrás de ella existe una enorme mentira o una diabólica manipulación de las miserias humanas.
El gobierno moribundo se declaró a favor de unos pobres que, a su juicio, eran desorganizados, incapaces, dependientes y sin espíritu. Por ello, los subsidios y las asignaciones a dedo tomaron el poder. No era prioritario resolver los problemas; el objetivo era mantenerlos amarrados a un clavo ardiente que llegaría de vez en cuando. Tal como expresó un connotado dirigente del proceso: “Camaradas, hay que estar claros, la revolución necesita a los pobres ahí, vivitos; son nuestro alimento”.
La inexistencia de una verdadera voluntad para acabar con la pobreza está ante nuestros ojos. Este gobierno tuvo el mayor presupuesto fiscal de nuestra historia republicana, pero ¿mejoraron los barrios populares? ¿Hay nuevas escuelas y maestros formados y bien pagados? ¿Existen comedores escolares que alimenten a nuestros estudiantes? ¿Perduró el vaso de leche escolar? ¿Se construyeron nuevos acueductos y tuberías de aguas blancas y negras? ¿Existe una mejor disposición de la basura? Además, algo elemental: ¿cuántas viviendas se construyeron y cuántas se mejoraron? ¿Cuántos hospitales de verdad se construyeron? No los semirranchos de Barrio Adentro, de los cuales ni siquiera sabemos cuántos palos de agua soportaron.
¿Qué se ha hecho para que el ingreso de los hogares mejore más allá de otorgar subsidios epilépticos o de montar una cadena de distribución de alimentos de muy mala calidad? ¿Cuántas vidas humanas se salvaron con la protección del gobierno en las zonas populares? En 1999 murieron 4.000 personas; 12 años después, este fatídico número se cuadruplicó.
En cuanto a la familia, a los niños en situación de peligrosidad, a los adolescentes fuera del sistema educativo y a las madres solas, jefas de familias numerosas, no se ha mencionado nada que se parezca a una política pública, salvo algún tipo de dádiva. Entre los innumerables ministerios no se creó uno solo cuya tarea hubiese sido fortalecer la capacidad protectora de la familia hacia sus miembros. El precio del barril de petróleo podía subir, pero nada se transmitía a los pobres ni a quienes permanecían en el medio rural.
Es el momento de preguntar: ¿qué ha pasado con la educación? Además del adiestramiento marxista y de la inoculación de la lucha de clases, ¿qué otras cosas han tenido oportunidad de aprender nuestros jóvenes en las universidades bolivarianas y en el Inces?
Con todo este respaldo histórico, ha llegado el momento de plantearnos la relación entre educación y pobreza. Es indudable que la educación es el mejor camino para escapar de la depauperación. Si es así, es obligatorio preguntarnos: ¿qué nos toca emprender en este momento histórico? Debemos comenzar por indagar cuáles son las fortalezas educativas que debemos crear para hacer desaparecer la pobreza como problema masivo.
Comenzaría por lo más sencillo: si uno de los problemas centrales de cualquier gobierno futuro es acabar con la pobreza, la siguiente pregunta es: ¿por dónde empezamos? Propondría iniciar intentando mirar con claridad qué oportunidades tienen las clases populares de ingresar o iniciarse en el mercado de trabajo con fuerza y posibilidades de avanzar, mejorar y salir de la pobreza.
La respuesta es simplemente deprimente. Cualquier joven que termine la etapa básica de su educación y tenga, por fuerza, que buscar trabajo o lograr algún medio de subsistencia que le permita comenzar una vida con futuro, carece completamente de las capacidades necesarias para enfrentar esta nueva etapa. En Venezuela, hoy los sectores populares —más de 80% de la población— no pueden continuar sentados en un aula: tienen que trabajar para ayudarse a sí mismos y al resto de su familia a sobrevivir.
Muchos países que han logrado superar la pobreza colectiva han creado sistemas y estrategias para responder a esa población que debe sumergirse obligatoriamente en lo que técnicamente se llama “mercado de trabajo”. Por eso, cuando oímos propuestas de cambio en la educación, inmediatamente buscamos las ideas que sustentan este requerimiento inaplazable, quizás uno de los más importantes para redefinir el porvenir. Por cierto, no escuché ninguna idea al respecto en los discursos de nuestros futuros representantes.
Es una obligación ética, económica y política plantear alternativas educativas para los verdaderos pobres: posibilidades de formación y aprendizaje que les permitan comenzar su vida económica. Debemos definir cuáles instituciones serían responsables de construir ese camino y cuáles son las opciones reales: ¿habrá posibilidades para todos o solo para grupos muy reducidos?
Esta es una tarea que convoca a muchos responsables: definir con cuáles competencias se podría comenzar, cuáles son los requerimientos de productores, tecnólogos, industriales y comercializadores; en fin, de todos aquellos que tienen una responsabilidad frente a la definición de las opciones de capacitación requeridas para el desarrollo.
¿Cuáles son las oportunidades que se están ideando para responder a este inaplazable y urgente requerimiento de crear un mercado de trabajo incluyente?
Y una de las claves: ¿existirán más y mejores empleos para los necesitados? ¿Qué oportunidades de progreso tienen hoy los trabajadores informales? ¿Han servido las cooperativas socialistas, las empresas de producción social, los fundos zamoranos y pare usted de contar? Aparte de los engañosos subsidios —que no son más que pan para hoy y hambre para mañana—, ¿cuáles son hoy los requerimientos y posibilidades educativas de máxima urgencia?
La pregunta final es inevitable: esa parte de nuestra humanidad que el gobierno socialista trató o condenó como pobre, ¿estaba integrada solamente por seres menesterosos necesitados de comida y cobijo o, por el contrario, por potenciales emprendedores que deben ser respetados y respaldados como personas autónomas y responsables, y no tratados como animales de un moribundo circo revolucionario politiquero?
Las respuestas son urgentes. ¿Cómo construimos la relación entre educación y pobreza tratando a todos con la dignidad que les corresponde como seres humanos?
Función: https://www.elnacional.com/columnas/2026/05/la-urgente-relacion-educacion-pobreza/
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