Publicado: 28 abril 2026 a las 4:00 am
Categorías: Artículos
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Por Educación 3.0
La Disciplina Positiva busca comprender las causas de cada comportamiento y hacer sentir al alumnado que sus aportaciones se tienen en cuenta, favoreciendo su sensación de pertenencia al grupo. La docente Cati Martín explica cómo ponerla en práctica en las aulas.

Todo docente comienza su etapa profesional con muchas ganas, ilusión y una maleta cargada de ideas, dinámicas de aprendizaje y estrategias de cooperación grupal que desea poner en práctica. Sin embargo, ese entusiasmo se ve mermado en ocasiones al tener que enfrentarse a una de las realidades presentes en muchas aulas: los problemas de conducta y la falta de autorregulación emocional. Aun así, esta situación puede ayudarnos a comprender mejor las necesidades reales del alumnado y a buscar respuestas a esos problemas que aparecen de forma recurrente en el aula.
Para hacer frente a esta situación, en muchos centros educativos es habitual recurrir a sistemas de regulación conductual basados en premios o recompensas: recolección de puntos, ya sea de forma individual o colectiva; el uso del semáforo del comportamiento donde verde significa que todo va bien y rojo implica alguna consecuencia; o las famosas caritas felices o tristes dibujadas en la mano del niño al final del día para informar a las familias. Pero, ¿qué generan estos sistemas en el alumnado? Aunque pueden poner un parche temporal al problema, no suelen producir cambios a largo plazo. De hecho, en muchos casos ocurre justo lo contrario, pudiendo generar una dependencia a la aprobación externa por parte del adulto y alimentar creencias equivocadas sobre uno mismo: ¿Si hoy no consigo un punto o una carita feliz significa que soy ‘malo’? Y, ¿qué ocurre cuando un niño ni siquiera sabe qué tiene que hacer para conseguirlo o todavía no posee las habilidades necesarias para lograrlo?

A diferencia de estos sistemas, la Disciplina Positiva ofrece una alternativa para trabajar estas situaciones con el alumnado favoreciendo dos aspectos fundamentales: su sentido de pertenencia al grupo y de significancia.
La Disciplina Positiva surge como un enfoque alternativo que tiene en cuenta las necesidades emocionales y busca comprender las causas detrás de los diferentes comportamientos. Como explican Jane Nelsen y Lynn Lott, dos de sus impulsoras, su objetivo es orientar al alumnado hacia la búsqueda de soluciones de forma autónoma, alejándose del uso de castigos o recompensas como única herramienta de gestión del comportamiento. Y su finalidad es fomentar la resiliencia, el autocontrol, la autoestima y la cooperación, proporcionando a los alumnos herramientas para regular sus emociones y mejorar sus relaciones dentro del aula.
También habla de ‘crear oportunidades para el éxito’, pero ¿qué podemos hacer los adultos para que nuestros alumnos terminen su jornada escolar sintiendo que han dado lo mejor de sí mismos? La Disciplina Positiva nos invita a cuestionarnos nuestras creencias, hábitos y prácticas como docentes, preguntándonos por qué tomamos determinadas decisiones y para qué lo hacemos. No significa eliminar normas, sino cambiar el modo en que las sostenemos.
Uno de los pilares fundamentales de la disciplina positiva es el sentido de pertenencia a un grupo, mientras que la segunda premisa es la significancia o, dicho de otra forma, sentir que importamos, que somos válidos y que nuestras aportaciones cuentan. En este sentido, no se trata de tener alumnos pasivos que simplemente respondan a nuestras instrucciones, sino de hacerles partícipes de la vida del aula.
Una de las estrategias que podemos implementar es la asignación de responsabilidades para todo el alumnado. Por ejemplo, para una clase de 30 estudiantes se establecen 15 tareas rotativas semanales, de manera que dos alumnos se encargan de cada responsabilidad durante una semana. De esta forma, nadie tiene que esperar durante mucho tiempo en una lista para ser el encargado de algo ni tratar de adivinar qué debe hacer para llamar la atención positiva del profesor. Tampoco existe la sensación de que algunos niños nunca participan porque ‘siempre se portan mal’. Todos tienen un papel y un lugar.
¿Qué ocurre con aquellos alumnos que presentan necesidades más específicas o mayores dificultades conductuales? En esos casos, la conexión se convierte en una herramienta fundamental. A través de pequeñas acciones como permitir que ciertos alumnos lleguen diez minutos antes al aula para ayudar a preparar material, es posible cambiar por completo su actitud durante el resto del día. De la misma manera, si un alumno se siente abrumado al terminar el recreo cuando todo el patio se llena de ruido y movimiento, se le puede ofrecer entrar antes al aula con el maestro. Porque ser docente también implica flexibilidad y no siempre se trata de que todos los alumnos se adapten al sistema tal y como está diseñado, sino de encontrar pequeñas maneras de adecuarlo también a sus necesidades.
Otro aspecto fundamental es la construcción conjunta de las normas del aula. Porque la disciplina positiva no se basa en la permisividad, sino en el respeto mutuo, y éste comienza cuando los alumnos sienten que su voz también es escuchada. Por eso, el inicio del curso es un momento clave y septiembre debería ser un mes dedicado, sobre todo, a conectar: conocer a nuestros alumnos, sus intereses, sus inquietudes y también sus necesidades para cocrear las normas de convivencia. Un proceso muy diferente al de entrar en clase el primer día y encontrarse con un cartel de normas ya decidido por el adulto.
En definitiva, la Disciplina Positiva no busca culpables y nos recuerda que todos estamos en proceso de aprendizaje, también los docentes. Así, integrar este enfoque implica abrir un espacio para la reflexión, revisar nuestras prácticas y preguntarnos qué tipo de clima queremos construir dentro del aula.
Fuente: https://www.educaciontrespuntocero.com/opinion/disciplina-positiva-en-el-aula/
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