Méritos, anexos y otras formas de castigo

Publicado: 26 abril 2026 a las 4:00 pm

Categorías: Artículos

[responsivevoice_button buttontext="Escuchar la noticia" voice="Spanish

Latin American Female"]

Por Tomás Valcárcel

La gran burocracia universitaria y la forma de convertir una vida académica en un laberinto de documentos interminables.

Hay muchos momentos en la vida universitaria en que uno deja de ser profesor, investigador o cualquier otra cosa vagamente vinculada al conocimiento y pasa a convertirse en amanuense de sí mismo. Ya no enseña, no escribe, no piensa, no dirige trabajos, no corrige exámenes ni prepara clases. Se dedica, sobre todo, a trasladar su existencia de una casilla a otra. Son los momentos en que aparece un trámite. O, para ser más exactos, otro trámite. La universidad, que presume de cultivar inteligencias, ha perfeccionado en cambio un sistema admirable para humillar trayectorias profesionales a golpe de plantilla.

En teoría, el currículum vitae debería ser un documento razonable. Un resumen claro de la formación, la experiencia y los méritos de una persona. Algo sobrio, legible, incluso elegante. En cualquier mundo sensato, bastaría con una o dos páginas bien ordenadas. Pero la universidad española no habita el mundo sensato. Habita una dimensión paralela en la que el currículum no sirve para informar, sino para expiar. No se presenta: se padece.
Hace años alguien en Europa tuvo la extravagante idea de simplificar las cosas y propuso el Europass, un formato común para que los ciudadanos no tuvieran que redactar siete vidas distintas cada vez que cambiaban de frontera o de ventanilla. Parecía razonable. Por eso aquí no podía prosperar. España, tan original para las peores cosas, decidió que la homogeneización era una amenaza intolerable y se entregó con entusiasmo a su deporte favorito: multiplicar formularios.

Después llegó ese prodigio técnico y moral llamado CVN, el Currículum Vitae Normalizado, que no normalizó nada salvo la desesperación. Se nos presentó como una solución moderna, ágil y racional. Ya saben: una plataforma, decenas de campos, menús desplegables, subapartados, códigos, importaciones fallidas y la sensación creciente de que para acreditar un artículo publicado en una revista bastaría menos tiempo escribiendo otro. El usuario, convertido en arqueólogo de su propia biografía, rebusca fechas, ISBN, ISSN, DOI, actas de congreso, certificados con membrete y cualquier otra reliquia administrativa que demuestre que, en efecto, estuvo allí, escribió aquello o habló durante veinte minutos en Salamanca en noviembre de 2014.

Y cuando uno cree haber domesticado el CVN, aparece el CVA, el Currículum Vitae Abreviado, que no siempre es currículum ni vitae ni, desde luego, abreviado. Luego llega el currículo narrativo, ese invento reciente que mezcla la confesión, la memoria justificativa y el cuento chino tecnocrático. Ya no basta con haber hecho algo: ahora hay que contarlo en primera persona, con tono entre épico y penitencial, explicando el impacto, la transferencia, la relevancia, la proyección y, si es posible, la alineación astral del mérito en cuestión. A este paso acabaremos redactando la autobiografía comentada de cada sexenio, con notas al pie y certificado de autenticidad.

Pero el verdadero genio del sistema no reside en esos grandes artefactos burocráticos. Reside en la capilaridad del disparate. Cada universidad española, celosa de su pequeña soberanía administrativa, inventa su propia plantilla, su formato particular, su tipografía infame, su orden caprichoso, su manera exclusiva de numerar publicaciones o clasificar estancias. Hay plantillas que parecen diseñadas por alguien que odiaba profundamente a los candidatos y desconfiaba, por principio, del uso excesivo del espacio en blanco. Otras obligan a resumir una carrera de veinte años en cuadros microscópicos donde no caben ni la tesis doctoral ni la dignidad. Todas, sin excepción, añaden más trabajo inútil a quien ya venía suficientemente castigado por la vida académica.

A ese festival se suman los formularios específicos de convocatorias, proyectos, premios, evaluaciones y concursos, cada uno con su liturgia, su anexo correspondiente y su dossier justificativo. Porque en la universidad no basta con afirmar que uno hizo algo: hay que demostrarlo con una fe casi notarialANECA, quizá por un raro instante de contacto con el siglo XXI, ya no se recrea tanto en aquellos dossieres oceánicos de méritos y ha desplazado la ceremonia hacia el currículo “abreviado”, la selección de contribuciones y su correspondiente narrativa. Pero buena parte de las universidades españolas sigue abrazada a la superstición burocrática del mérito foliado, numerado y escaneado, como si la verdad académica solo pudiera revelarse al final de un rosario de PDFs. Cada publicación, cada ponencia, cada curso, cada tribunal, cada estancia y cada triste prueba de haber seguido vivo en el gremio exige su rastro documental. Hay profesores que podrían acreditar un divorcio, una mudanza y una crisis existencial con menos papeles de los que todavía se les piden para justificar un congreso.

Por eso todos los universitarios tienen en su ordenador una carpeta llamada, con laconismo funerario, “CV”. Dentro no hay un currículum, sino una selva de archivos repetidos, versiones sucesivas, modelos incompatibles, documentos duplicados y nomenclaturas delirantes: CV_definitivo, CV_definitivo_bueno, CV_definitivo_final, CV_definitivo_final_ahora_sí. Allí yace, fragmentada en cien formatos distintos, la historia profesional de alguien que quizá solo quería investigar un poco y enseñar decentemente.

La universidad repite sin descanso que busca excelencia. Lo que en realidad parece buscar es resistencia. No al mejor profesor, ni al mejor investigador, ni siquiera al más brillante, sino al que logre sobrevivir sin perder la cordura entre casillas, anexos, méritos numerados y pruebas compulsivamente escaneadas. Aquí no triunfa siempre el talento. A veces triunfa el que sabe convertir toda una vida en un PDF sin que se le incendie el alma.

Fuente: https://exitoeducativo.net/firmas-expertos-en-educacion/meritos-anexos-y-otras-formas-de-castigo