Publicado: 24 abril 2026 a las 8:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Patricia Solís García
Los números generan dificultades a muchos estudiantes. Para abordarlas es necesario entender qué falla, ajustar la enseñanza, utilizar apoyos didácticos, trabajar el razonamiento y coordinarse con otros profesionales.

Hablar de dificultades en matemáticas no es hablar de una única realidad.
Hay una escena que se repite en muchas aulas y también en muchos hogares: un alumno que estudia, que lo intenta, que incluso dedica más tiempo que otros… y, aun así, los resultados en matemáticas no llegan. Entonces aparece la explicación más rápida, y también la más injusta: “No se esfuerza lo suficiente”.
Sin embargo, la experiencia docente y la evidencia científica apuntan en otra dirección. En muchos casos, los problemas en matemáticas no tienen que ver con la falta de esfuerzo, sino con dificultades específicas de aprendizaje que no han sido identificadas a tiempo. Comprender esto cambia completamente la forma de intervenir… y también la trayectoria del alumno.
Las matemáticas generan dificultades a un número significativo de estudiantes. Hasta cierto punto, esto es esperable: implican procesos abstractos, requieren precisión y movilizan múltiples habilidades cognitivas. El problema aparece cuando esas dificultades son persistentes, no mejoran con la práctica y empiezan a afectar a la autoestima del alumno.
En ese momento, seguir insistiendo en explicaciones como la falta de interés o de hábito de estudio no solo es insuficiente, sino que puede ser contraproducente.
Uno de los indicadores más claros de que estamos ante algo más que un problema de actitud es la desconexión entre esfuerzo y rendimiento.
Seguro que te resulta familiar alguna de estas situaciones:
En estos casos, el mensaje “tienes que esforzarte más” suele generar más frustración que mejora.
Hablar de dificultades en matemáticas no es hablar de una única realidad. Existen múltiples factores que pueden estar interfiriendo en el aprendizaje:
Esto implica que no todos los alumnos necesitan lo mismo, aunque el síntoma visible “le cuestan las matemáticas” sea similar.
En los primeros cursos, hay señales sutiles que muchas veces se interpretan como falta de madurez:
Aquí no estamos hablando de cálculo, sino de algo más básico: comprender qué significan los números.
Es habitual que al inicio del aprendizaje los alumnos utilicen los dedos o necesiten apoyos. El problema aparece cuando esto se prolonga en el tiempo:
En estos casos, no es que “no practique lo suficiente”, sino que no está consolidando los procesos necesarios.
Muchos estudiantes que aparentemente “saben hacer cuentas” se pierden completamente en los problemas matemáticos. ¿Por qué?
Porque resolver un problema implica mucho más que calcular:
Cuando estas habilidades fallan, el alumno puede parecer desatento o desmotivado, cuando en realidad no dispone de las herramientas cognitivas necesarias.
Las matemáticas exigen concentración, planificación y organización. Por eso, no es raro que aparezcan conductas como:
Estas conductas suelen interpretarse como falta de interés, pero en muchos casos están relacionadas con dificultades en funciones ejecutivas. El riesgo es claro: confundir una dificultad cognitiva con un problema de actitud.
En algunos casos, las dificultades en matemáticas no solo son intensas, sino también persistentes a lo largo del tiempo. Aquí podemos estar ante un trastorno específico del aprendizaje, como la discalculia.
Lo relevante es entender que no depende de la inteligencia, no se resuelve con más práctica y tiene un impacto emocional significativo. Detectarla no es sencillo, pero ignorarla tiene consecuencias importantes en la trayectoria académica.
El problema aparece cuando las dificultades son persistentes y empiezan a afectar a la autoestima del alumno.
Cuando asumimos que todo depende del esfuerzo, suelen aparecer efectos que van más allá del rendimiento:
En ese punto, el problema ya no es solo matemático. Si algo sabemos hoy con claridad es que no basta con hacer más de lo mismo.
Cuando hay dificultades en matemáticas, es necesario entender qué está fallando exactamente, ajustar la enseñanza, utilizar apoyos visuales y manipulativos, trabajar el razonamiento, no solo el resultado y coordinarse con otros profesionales. Este cambio de enfoque marca la diferencia entre cronificar la dificultad o empezar a resolverla.
El profesorado no necesita diagnosticar, pero sí desempeña un papel decisivo en algo igual de importante: interpretar correctamente lo que está ocurriendo. Detectar patrones, cuestionar explicaciones simplistas y ajustar la respuesta educativa son acciones claves. Y para ello, la intuición no siempre es suficiente.
La realidad del aula es cada vez más compleja. Atender a la diversidad, también en matemáticas, exige comprender cómo se construye el aprendizaje numérico, qué procesos están implicados, cómo detectar señales tempranas y qué estrategias funcionan realmente. Estas competencias forman parte de una formación especializada que permite pasar de la duda a la intervención con criterio.
A veces, el problema no es que el alumno no pueda, sino que no sabemos aún cómo ayudarle. Si trabajas en educación y quieres comprender en profundidad las dificultades en matemáticas, detectarlas a tiempo y actuar con seguridad, el Máster Universitario en Dificultades de Aprendizaje y Atención a la Diversidad te proporciona las herramientas para hacerlo desde el rigor y la práctica. Porque cuando cambia la mirada del profesional, cambia también la trayectoria del alumno.
(*) Patricia Solís García es directora académica del Máster Universitario en Dificultades de Aprendizaje y Atención a la Diversidad de UNIR. Doctora y licenciada en Psicología. Especializada en psicología educativa y discapacidad, especialmente en atención a la diversidad, con la realización de varios másteres y postgrados. Nominada a mejor docente en los Premios Educa Abanca 2022.
Fuente: https://www.unir.net/revista/educacion/cuando-problemas-matematicas-no-se-deben-falta-de-esfuerzo/
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