Publicado: 16 abril 2026 a las 6:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Aránzazu Basterra

“No sé qué más hacer, en casa la tecnología lo invade todo y cada vez que le pido que deje el móvil es una batalla campal”. Esta frase, con ligeras variantes, se ha convertido en la consulta más habitual de las tutorías en Secundaria y los últimos cursos de Primaria. Los docentes y orientadores reciben a familias exhaustas que buscan en el centro educativo una solución a un conflicto que se origina en el hogar, pero que impacta directamente en el rendimiento académico y bienestar emocional del alumnado.
Como tutores, nuestra labor no es juzgar la gestión familiar ni ofrecer recetas cerradas, sino ejercer una función profesional de acompañamiento. Desde la tutoría no se ofrecen soluciones milagro, sino una lectura pedagógica del comportamiento digital del alumno que ayude a la familia a comprender qué está ocurriendo y cómo intervenir de manera educativa. Para ello, es necesario transformar la tutoría en un espacio de mediación capacitadora, donde centro y la familia remen en la misma dirección.
El conflicto no gira únicamente en torno al teléfono móvil, sino a lo que representa en la etapa evolutiva del adolescente: un espacio clave de socialización, construcción de identidad y afirmación de la autonomía. Desde el punto de vista del desarrollo neuromadurativo, la adolescencia se caracteriza por una mayor impulsividad, una intensa búsqueda de recompensa inmediata y una menor capacidad de autorregulación. En este contexto, la tecnología ofrece estímulos constantes y altamente reforzantes, lo que explica en parte la dificultad para desconectar.
Con frecuencia, el uso problemático de las pantallas no es la causa del malestar, sino su manifestación. Estrés académico, soledad, baja autoestima o dificultades relacionales, suelen estar detrás de estos comportamientos. La función del tutor en la entrevista con la familia es ayudar a identificar señales de alerta que permitan ir más allá del dispositivo: aislamiento progresivo, discusiones recurrentes por el tiempo de uso o utilización de la pantalla como refugio emocional. Comprender el porqué del comportamiento es el primer paso para dejar de pelear contra el móvil y empezar a conectar con el hijo/a.
Uno de los errores más frecuentes en el ámbito familiar es intentar razonar, negociar o sancionar en pleno estallido emocional. Desde la tutoría, el docente puede ofrecer a las familias herramientas comunicativas sencillas pero eficaces para gestionar estos picos de tensión.
Con frecuencia, las familias solicitan programas de control parental como solución principal. Si bien son útiles como apoyo inicial, el tutor debe orientar hacia una mediación capacitadora que fomente la autorregulación.
En este sentido, los contratos de compromiso digital resultan una herramienta valiosa si se entienden como acuerdos negociados y revisables. Para que sean educativos, deberían incluir normas claras y realistas, consecuencias proporcionadas y compromisos también por parte de los adultos, que actúen como modelo de uso responsable. Conviene advertir de errores habituales, como contratos impuestos, normas excesivas o enfoques centrados únicamente en la prohibición.
Desde una perspectiva de centro, es fundamental generar una cultura educativa coherente en torno al uso de la tecnología. Cuando el alumnado percibe mensajes contradictorios entre casa y escuela, el marco de referencia se debilita y aumentan las conductas problemáticas.
La comunicación debe ser bidireccional. Las observaciones del tutor en el aula (falta de atención, somnolencia por uso nocturno) ayudan a la familia a dimensionar la situación, mientras que la información del hogar permite al centro comprender mejor determinadas conductas. Se trata de pasar del “¿qué ha hecho mal?” al “¿qué vamos a hacer juntos?”.
La principal herramienta del tutor no es un manual técnico, sino la capacidad de acompañar profesionalmente a las familias en un contexto de creciente complejidad digital. El centro educativo debe ser percibido como un espacio de apoyo y orientación, donde las familias sientan que no están solas ante este desafío.
Educar en la era digital no consiste en prohibir, sino en capacitar a los jóvenes para aprovechar las ventajas y oportunidades de la red sin quedar atrapados en su arquitectura persuasiva. La tutoría, bien entendida, sigue siendo uno de los espacios más potentes de prevención educativa, y ese trabajo comienza, casi siempre, con una conversación serena en una mesa de tutoría.
Fuente: https://exitoeducativo.net/firmas-expertos-en-educacion/sos-digital-la-mediacion-reactiva-convivencia
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