Publicado: 6 marzo 2026 a las 4:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Laura Román
El aumento de las agresiones sexistas entre los adolescentes ha llevado a las organizaciones internacionales y a las autoridades educativas a subrayar el papel de los centros educativos como espacios en los que prevenir las conductas violentas.

“Tampoco es para tanto… solo era una broma”, se defiende Marcos, de 15 años, encogiéndose de hombros. Acaba de admitir que suele llamar exageradas a sus compañeras cuando protestan por comentarios sobre su ropa o su físico. Para él —como para muchos adolescentes— ciertos gestos y frases que reproducen dinámicas machistas forman parte del paisaje cotidiano del instituto: están ahí desde siempre, no hacen daño y, por tanto, no merecen mayor reflexión.
Quizá por eso todavía hay quienes piensan que la violencia de género pertenece al “mundo adulto”; a las relaciones que empiezan cuando la adolescencia ya ha quedado atrás. Sin embargo, la realidad apunta en otra dirección: muchas de las conductas que se producen en la etapa adulta están estrechamente relacionadas con patrones de pensamiento que se moldean durante la adolescencia. “Es una etapa clave en la construcción de la identidad. Un periodo en el que la necesidad de pertenencia y la búsqueda de autonomía conviven, se interiorizan las normas sociales y se ponen a prueba los límites. Por ese motivo, los modelos relacionales —ya sean igualitarios o violentos— se integran con especial facilidad en esta etapa”, explica Irene Giménez, especialista en Psicología en el Institut Dra. Natalia Ribé, centro miembro de Top Doctors Group.
En este proceso, las relaciones interpersonales cobran un peso central y se convierten en un espacio de aprendizaje emocional y social. “Si los referentes que reciben los y las adolescentes están atravesados por estereotipos de género, desigualdad o normalización del control y la violencia, estos patrones pueden interiorizarse como formas normales de relación. Por eso, intervenir en esta etapa resulta fundamental para prevenir dinámicas de violencia de género desde la raíz”, completa Antonia Martí, directora del Máster en Acoso Escolar y Mediación en VIU.
Los estudios existentes sobre este tema muestran una tendencia clara: los jóvenes suelen restar importancia a comportamientos que pueden derivar en violencia de género. Así, y aunque dos de cada tres consideran que es un problema social muy grave, el 30% admite que es inevitable porque es algo que “siempre ha existido”, según revela el último barómetro ‘Juventud y género’ (2023) realizado por el Centro Reina Sofía de Fad Juventud en el que se ha contado con la opinión de jóvenes entre 15 y 29 años. Y su percepción va más allá: el 46% de los encuestados cree que es igual de problemática la violencia de las mujeres hacia los hombres.
Por todo ello, diversas organizaciones internacionales y autoridades educativas coinciden en que la escuela no solo debe ser un espacio para aprender sobre materias tan importantes como Matemáticas, Lengua o Historia, sino también un lugar clave para promover relaciones igualitarias y prevenir conductas violentas antes de que se arraiguen profundamente. “La escuela es, después de la familia, el principal agente de socialización. Su papel es fundamental por dos razones. En primer lugar, por la detección: los docentes son observadores privilegiados que pueden notar antes que cualquier otro profesional un cambio brusco en el rendimiento o el aislamiento de una alumna. Por eso en la escuela se puede detectar la violencia antes de que se cronifique. En segundo lugar, es el escenario ideal para la prevención primaria: no se trata solo de dar charlas a los alumnos, sino de integrar en el currículo académico una educación afectivo-sexual que enseñe respeto e igualdad desde edades tempranas. Solo de esta manera la escuela formará adolescentes capaces de construir vínculos sanos”, afirma David Roncero, profesor del Grado en Psicología de la Universidad Francisco de Vitoria.

En España, una proporción significativa de adolescentes vive situaciones de violencia de género de alguna forma: en 2020, el 37,2% de las chicas la sufrió y el 16,9% de los chicos la ejerció, como recoge el Ministerio de Educación en el informe ‘Igualdad y violencia contra las mujeres en la adolescencia en España. El papel de la escuela’. “Estas cifras ponen de manifiesto que la violencia de género no es un problema adulto, sino una realidad que ya está instalada en la socialización adolescente. Reflejan la persistencia de creencias y dinámicas machistas que siguen reproduciéndose a través de la transmisión generacional y que encuentran nuevos canales en lo digital”, comenta Giménez.
Y pese a que el informe también muestra que han disminuido las actitudes sexistas y la justificación de la violencia de género, los expertos consideran que los datos siguen siendo alarmantes. “Lo más grave es la enorme brecha de percepción. Que casi un 40% de chicas se sientan agredidas y que sólo un 16% de chicos admita haber agredido, nos dice que ellos no están identificando sus conductas como violentas. En este sentido, las redes sociales son un escenario de riesgo crítico. Normalizan ciertas prácticas como compartir contraseñas o la ubicación en tiempo real que se disfrazan de confianza cuando realmente son puro control. Son una invasión de la privacidad que anula la autonomía y constituyen claros factores de riesgo para futuras relaciones basadas en el abuso”, valora Roncero.
Este creciente aumento de la violencia entre adolescentes por motivos sexistas ha puesto en alerta a organizaciones como la UNESCO, para la que la violencia de género relacionada con la escuela —que puede manifestarse como acoso verbal, intimidación, abuso sexual o discriminación basada en el género— es un fenómeno global que afecta tanto al aprendizaje como al bienestar de millones de niños y adolescentes y constituye “uno de los principales obstáculos para la igualdad de género” en contextos educativos. La misma organización señala que este tipo de violencia no sólo limita la participación y el rendimiento académico de las estudiantes, sino que tiene efectos duraderos en su salud, su autoestima y su trayectoria vital.
Por ello, ha subrayado en múltiples documentos que las escuelas son espacios privilegiados para desafiar estereotipos, promover la igualdad y ofrecer entornos seguros y libres de violencia. Y recomienda que la prevención vaya más allá de simples charlas informativas y se centre desde un punto de vista más general en lo que se conoce como ‘enfoque de escuela completa’ o ‘whole school approach’, que parte de la idea de que tanto la cultura escolar como las prácticas institucionales tienen un papel importante en la transformación de normas sociales que sustentan la violencia.
De ahí que la UNESCO haga especial hincapié en cuatro aspectos: integrar contenidos sobre igualdad de género y prevención de violencia en el currículo formal; ofrecer capacitación específica y continua al profesorado para que puedan abordar estos temas con sensibilidad y rigor; desarrollar procedimientos claros para identificar, reportar y responder a episodios de violencia de género dentro y fuera de las aulas; y, por último, fomentar un enfoque integral que incluya a familias, personal no docente y organismos externos de apoyo.
Fuente: https://www.educaciontrespuntocero.com/noticias/prevencion-violencia-de-genero/
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