Publicado: 7 febrero 2026 a las 4:00 am
Categorías: Artículos
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Por Gloria Figueroa
La educación privada atraviesa una crisis profunda marcada por cierres masivos, cambios demográficos y transformaciones tecnológicas. En esta columna, una reflexión sobre los retos estructurales del sector y las oportunidades para reinventarlo sin perder su aporte al bien público.

La educación en Colombia ha estado históricamente dividida en dos grandes sectores: el oficial y el no oficial, comúnmente llamados educación pública y privada. Sin embargo, conviene insistir en una idea fundamental: la educación es, ante todo, un bien público y una responsabilidad compartida por toda la sociedad.
Es ampliamente conocido que los resultados de calidad educativa del país, frente a los estándares de la OCDE —medidos a través de pruebas como PISA—, no han sido favorables. Colombia ocupa de manera reiterada los últimos lugares, especialmente en razonamiento matemático y comprensión lectora. Al analizar el panorama interno, se evidencia que un grupo de colegios privados logra niveles más altos de calidad, mientras una gran parte de las instituciones oficiales presenta desempeños bajos, en buena medida por la insuficiente inversión y por un modelo de administración centralizada que limita la autonomía y la innovación.
Este contexto permite introducir el verdadero propósito de esta columna: reflexionar sobre los desafíos que enfrenta hoy la educación privada en Colombia. Durante décadas, este sector ha sido un actor clave en el desarrollo social del país. Las familias que acceden a él esperan ambientes escolares sanos, espacios adecuados de aprendizaje y una formación académica sólida que permita a sus hijos construir un futuro con impacto. Sin embargo, no todos los colegios logran cumplir estas expectativas, y allí se concentra uno de los principales retos.
Las cifras son contundentes: en los últimos seis años han cerrado más de 800 colegios privados en Colombia. Entre las causas se encuentran los efectos de la pandemia, la compleja situación económica, la ausencia de políticas públicas que respalden al sector, la caída sostenida de la natalidad —que en algunas ciudades alcanza hasta el 50 %— y, en ciertos casos, resultados insatisfactorios en calidad y convivencia escolar. A esto se suma el crecimiento de alternativas como el homeschooling. Frente a este panorama, la pregunta es inevitable: ¿Cómo sostenerse?, ¿Cómo adaptarse?
Toda crisis divide a los actores entre quienes se paralizan y quienes logran identificar oportunidades. Desde mi perspectiva, la educación atraviesa hoy uno de los momentos con mayor potencial de transformación. Existen nuevas formas de gestión y administración que permiten responder mejor a los desafíos del mundo actual, fortaleciendo tres pilares esenciales: lo económico, lo social y lo académico.
Uno de ellos es el uso estratégico de las tecnologías digitales. Las plataformas educativas abren la puerta a modelos híbridos, menos dependientes del esquema tradicional y con mayores posibilidades de personalizar los aprendizajes según los intereses y ritmos de cada estudiante. Pensar en herramientas de inteligencia artificial que apoyen el aprendizaje de idiomas, el fortalecimiento de matemáticas o ciencias, o que acompañen proyectos de vida con datos en tiempo real, ya no es una idea futurista, sino una necesidad.
En este escenario, el rol del maestro humano también se transforma. Más que transmisores de contenido, se requieren educadores capaces de acompañar procesos personales, crear espacios de socialización y formar ciudadanos conscientes de su salud integral y comprometidos con la sostenibilidad del planeta. La educación que quiera permanecer debe comprender este contexto y adaptarse para seguir siendo relevante.
La inteligencia artificial aplicada a la administración escolar es otro frente clave. Hoy, una parte significativa del presupuesto de los colegios se destina a tareas manuales y repetitivas. Un uso adecuado de herramientas digitales puede optimizar procesos, reducir costos y liberar recursos para invertirlos donde realmente se necesitan: en la calidad educativa.
Los ambientes físicos también deben repensarse. Espacios flexibles, abiertos a la comunidad, que no se limiten a horarios rígidos y que permitan generar ingresos adicionales para sostener proyectos académicos sólidos.
Finalmente, hay un aspecto esencial ligado al carácter público de la educación: la necesidad de alianzas entre colegios oficiales y privados. Estas colaboraciones potencian aprendizajes, generan impacto y abren nuevas oportunidades. Iniciativas como Alianza por la Educación demuestran que, al sumar fortalezas, es posible obtener resultados significativos incluso en contextos sociales complejos.
Los padres de familia deberían poder elegir la educación de sus hijos por criterios como cercanía, ambiente escolar y calidad académica, sin que el carácter público o privado sea un obstáculo. Para ello, se requieren incentivos y políticas públicas que promuevan un sistema más flexible y equitativo. Si la población infantil disminuye, ¿por qué seguir construyendo nuevos colegios? Tal vez sea momento de repensar los existentes, adecuarlos, tecnificarlos y administrarlos de manera diferente.
Fuente: https://www.semana.com/amp/mujeres/opinion/articulo/la-educacion-privada-en-colombia-adaptarse-o-desaparecer/202653/
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