Publicado: 23 enero 2026 a las 4:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Ana Verónica García

Lucía Rodríguez e Isabel Martínez, de UDIMA
Cada 24 de enero, el Día Internacional de la Educación invita a poner el foco en uno de los pilares fundamentales para el desarrollo individual y colectivo. En un mundo atravesado por el cambio constante, la transformación digital, la incertidumbre social y la creciente diversidad, la educación se consolida como una herramienta clave para garantizar la cohesión social, la igualdad de oportunidades y la construcción de un futuro más sostenible y justo.
Más allá de la transmisión de conocimientos, la educación cumple una función esencial como motor de equidad, al ofrecer oportunidades reales independientemente del origen o las circunstancias personales; como espacio de innovación, al adaptarse a nuevos modelos de aprendizaje, tecnologías y formas de enseñar; y como pilar de inclusión, al reconocer y atender la diversidad presente en las aulas como una riqueza y no como una barrera. En este sentido, el sistema educativo se enfrenta al reto de evolucionar sin dejar a nadie atrás, combinando calidad académica, bienestar y justicia social.
Para profundizar en los principales desafíos y oportunidades del sistema educativo actual, conversamos con Isabel Martínez Álvarez, coordinadora de la Comisión de Investigación de la Facultad de Ciencias de la Educación de CEF.- UDIMA y con Lucía Rodríguez Lorenzo, docente de la Facultad de Ciencias de la Educación de CEF.-UDIMA y especialista en Atención Temprana. Desde sus respectivas áreas de conocimiento y experiencia, ambas ofrecen una mirada complementaria que integra investigación, docencia y práctica educativa, y reflexionan sobre cómo avanzar hacia una educación más inclusiva, equitativa y de calidad, capaz de responder a las necesidades reales del alumnado y de la sociedad en su conjunto.
El Día Internacional de la Educación invita a detenernos y reflexionar. ¿Qué papel cree que desempeña hoy la educación en una sociedad en constante cambio?
Isabel Martínez: La educación es hoy una pieza clave en una sociedad que cambia a gran velocidad. A través de ella, no solo se transmiten conocimientos, nos permite entender el mundo, adaptarnos a él y participar activamente en su transformación.
En un contexto de digitalización, incertidumbre laboral y retos globales, la educación nos capacita para desarrollar el pensamiento crítico, la capacidad de aprendizaje continuo y las habilidades para convivir en la diversidad.
Además, en tiempos de sobreinformación y automatización, la educación es la herramienta que nos permite dar sentido al cambio, tomar decisiones informadas y construir proyectos de vida sólidos.
En definitiva, es la brújula y el motor que permite a las sociedades avanzar sin dejar a nadie atrás.
¿Cómo valora la situación actual de la educación en España, a todos los niveles, desde la educación primaria hasta los estudios universitarios?
I.M.: La educación en España vive un momento de transición: avanzamos en equidad y ampliación de estudios superiores, pero seguimos arrastrando desigualdades que se hacen visibles en los resultados de aprendizaje y en la brecha socioeconómica. Las nuevas medidas sobre ratios y carga lectiva abren una oportunidad real para mejorar la atención, pero solo funcionarán si van acompañadas de recursos y formación docente. En la universidad, especialmente en la online, se consolidan modelos flexibles que dan acceso a más perfiles, aunque el reto sigue siendo garantizar una calidad sólida y una investigación fuerte que sostenga la credibilidad del sistema.
¿Cuáles considera que son actualmente los principales retos del sistema educativo?
I.M.: Desde mi opinión, hay tres desafíos que orientan el camino: inclusión real, aprendizajes esenciales y transformación digital responsable. Las aulas son cada vez más diversas y el sistema debe responder con inclusión, no con segregación.
Pero a estos retos se suma una exigencia urgente, reconstruir la confianza en la escuela como espacio capaz de garantizar aprendizajes profundos y significativos. El sistema educativo necesita fortalecer la lectura, la comprensión, la capacidad de razonar y de convivir en un mundo complejo; no como contenidos aislados, sino como competencias que permiten a cada estudiante desarrollarse plenamente. Al mismo tiempo, la tecnología —y en particular la inteligencia artificial— exige que redefinamos cómo enseñamos y cómo aprendemos, no para sustituir al docente, sino para potenciar su labor, personalizar apoyos y ampliar oportunidades sin generar nuevas brechas. En síntesis, diría que el gran reto es equilibrar humanidad y tecnología, rigor y bienestar, equidad y excelencia.
Actualmente existe una amplia oferta de cursos especializados, másteres y grados, tanto públicos como privados. ¿Cómo afecta esta diversidad de oferta al sistema educativo?
I.M.: La diversidad de oferta formativa es, en principio, una gran oportunidad, pues permite que cada persona encuentre el camino que mejor se ajusta a sus intereses, ritmos y circunstancias. Pero esta amplitud solo aporta valor si viene acompañada de criterios de calidad, transparencia y coherencia pedagógica. En un escenario donde proliferan títulos, modalidades y especializaciones, es fundamental que la formación ofrecida -pública o privada, presencial u online- mantenga estándares rigurosos y esté alineada con necesidades reales de la sociedad.
La clave no está en tener “más oferta”, sino en garantizar que esa oferta acompañe a trayectorias profesionales sostenibles, es accesible y está basada en la evidencia.
La irrupción de la inteligencia artificial y la digitalización están transformando el ámbito educativo. ¿Qué oportunidades y riesgos plantea su incorporación en las aulas?
I.M.: La IA puede democratizar la educación, ya que permite personalizar, mejorar la accesibilidad y liberar tiempo docente para tareas de mayor valor pedagógico. Pero también entraña riesgos, como son sesgos, pérdida de autonomía del alumnado, privacidad y dependencia tecnológica. La clave está en usarla con intención educativa. La IA debe ampliar capacidades humanas, no reemplazarlas. Necesitamos educación en ética digital, competencias en pensamiento crítico y una política de datos que proteja al estudiante. La tecnología puede transformar la educación, pero solo si la ponemos al servicio del aprendizaje y no al revés.
Más allá de los contenidos académicos, ¿qué debería garantizar la educación a cualquier persona, independientemente de su contexto o circunstancias?
I.M.: Debería garantizar derechos, bienestar y posibilidades. La educación debe ofrecer un espacio seguro donde cada persona pueda descubrir quién es, desarrollar su talento y aprender a convivir en la diversidad. Debe proporcionar competencias emocionales, sociales y digitales para participar plenamente en la vida pública, tomar decisiones informadas y construir un proyecto vital propio. En definitiva, no solo enseñar a “saber”, sino también a ser, convivir y transformar.
¿Hasta qué punto la educación puede ser una herramienta real para reducir desigualdades sociales?
I.M.: En mi opinión, la educación por sí sola no elimina las desigualdades, pero sí es la herramienta más poderosa para reducirlas. Cuando es inclusiva, de calidad y accesible, la educación actúa como un “igualador social” al abrir oportunidades, proteger frente a la pobreza y potenciar la movilidad social. Pero esto solo ocurre si la totalidad de los estudiantes -sin importar su contexto y condiciones- recibe apoyos adecuados desde el principio, si hay políticas de equidad y si la escuela se convierte en un espacio que repara, acompaña y empodera. Una educación justa no solo cambia vidas, puede transformar sociedades enteras.
La diversidad está presente en todas las aulas. ¿Cómo debería entenderse y abordarse desde una educación de calidad?
Lucía Rodríguez: En primer lugar, considero que para poder atender la diversidad y neurodiversidad que se encuentran en las aulas, siendo esta cada vez mayor, se deberían de reducir las ratios para poder potenciar la atención individualizada que cada alumno/a necesita para/con sus necesidades individuales. En segundo lugar, formación a los profesionales para poder afrontar y tener las herramientas adecuadas para poder intervenir con alumnado con necesidades, y no sólo me refiero a formación para poder ayudar a desarrollar sus capacidades cognitivo-académicas, sino también aspectos socioemocionales, por los cuales en muchos de los casos comienza o tiene relación el fracaso escolar o bullying.
Y si hablamos de formación para los profesionales sobre acompañamiento emocional, para una adecuada educación de calidad, habría que tener en cuenta la concienciación a familias y alumnado para que sean conocedores de los posibles casos de diversidad o neurodiversidad que puede haber en su aula o en la de sus hijos/as. Y para una educación de calidad e ideal sería el aumento de apoyos y horas de estos apoyos (Integradores sociales, pedagogos, AL , PT…) dentro de las aulas y espacios comunes durante la jornada escolar, en la que incluyo tiempos de recreo, donde aunque a veces es ese «pequeño olvidado», es el momento y espacio en el que se dan una gran cantidad de relaciones sociales (conflictos, momentos de juego, diálogos…), tan importantes y con tanto peso en la educación y desarrollo global del alumnado.
¿Considera que estamos en el buen camino hacia una educación necesariamente más inclusiva?
L.R.: Sí, en los últimos años se han hecho muchas campañas de concienciación en muchos centros escolares que han ido destinadas a promover el respeto por todo tipo de personas, y fomentando la igualdad de oportunidades y la atención a las necesidades educativas de todo el alumnado. Estas campañas han contribuido a que la comunidad educativa al completo (profesionales, familias y alumnos/as) esté más sensibilizada con la inclusión y, por tanto, trabajen alineados para conseguir una educación inclusiva real. Porque seamos sinceros, si no vamos todos en la misma dirección, es difícil hablar de una inclusión real en la educación, si no se da en la sociedad en general. Pero se debe seguir invirtiendo en inclusión, en formación, en adaptaciones y retirada de barreras arquitectónicas, en ayudas reales para las familias…
La inclusión educativa suele asociarse a determinados colectivos. ¿Por qué es importante entenderla como un beneficio para todo el alumnado?
L.R.: Es importante hacer entender a toda la comunidad educativa que la inclusión es un beneficio para todo el alumnado, todos/as debemos ser incluidos en algún grupo alguna vez en nuestra vida y necesitamos de ayuda o apoyo para poder desarrollar nuestras capacidades. Esto mismo es lo que sucede cuando se hacen adaptaciones en el aula, son facilitadores, ayudando a hacer más accesibles los contenidos, rutinas… A todo el grupo fomentando la participación y el bienestar de todos, creando espacios seguros y amigables, como por ejemplo poner guías visuales en el rincón de la asamblea con el fin de facilitar el proceso de comprensión de la jornada a un niño/a con TEA , hace que sea un material válido para el resto porque les va a ayudar en el seguimiento de las tareas de la misma manera, fomentando además su autonomía.
En base a su experiencia, ¿qué cualidades deben tener los formadores para alcanzar la excelencia educativa?
L.R.: Creo que cualquier profesional de la educación, con vocación y ganas de seguir aportando y dando lo mejor a sus alumnos/as, es capaz de alcanzar la excelencia educativa. Desde mi punto de vista, ésta no se consigue sólo dominando los conceptos teóricos a impartir en el aula, sino que se construye desde la implicación del docente con sus estudiantes. Un profesional excelente debe ser observador de su grupo de alumnos/as, recoger las características individuales de cada uno de ellos/as para poder adaptarse a sus necesidades, ritmos e intereses, siendo además una figura de referencia que transmita seguridad y, por supuesto, que la empatía y escucha activa sean características fundamentales de su persona.
Fuente: https://exitoeducativo.net/dia-internacional-de-la-educacion-udima/
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