Datos frente a relato: una batalla perdida (no solo) en educación

Publicado: 15 enero 2026 a las 10:00 pm

Categorías: Artículos

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Por Jordi Martí

Hay una escena que se repite con una regularidad casi enternecedora. Alguien comparte un dato. A veces varios. Bien contextualizados, con fuente, con matices y con todas esas cosas aburridas que suelen acompañar a la información honesta. Al poco tiempo, aparece otro mensaje -más corto, más rotundo, más emocional- que cuenta una historia distinta. Y, sin demasiada sorpresa, el relato gana.

No porque sea más cierto, sino porque es más cómodo.

En educación llevamos años conviviendo con esta dinámica, aunque ahora, con las redes sociales como altavoz permanente, se nota más. Los datos no desaparecen. Simplemente no compiten bien.

Existe una fe bastante extendida, especialmente entre quienes todavía creemos en el análisis riguroso, de que los datos, bien presentados, acaban imponiéndose. Que tarde o temprano la evidencia pone las cosas en su sitio. Que la realidad, con sus cifras y sus matices, acaba desmontando los discursos inflados.

Ojalá.

La experiencia demuestra justo lo contrario. Los datos casi nunca matan al relato. Como mucho lo incomodan. Lo ponen nervioso. Le obligan a hacer alguna pirueta retórica. Pero rara vez lo sustituyen.

El relato tiene ventajas claras: es simple, emocional, fácil de compartir y, sobre todo, no exige esfuerzo. No pide leer informes, ni entender contextos, ni aceptar contradicciones. Te ofrece una explicación rápida y una posición moral clara. Y eso, en tiempos acelerados, se agradece.

En educación lo vemos a menudo:

  • «Antes se enseñaba mejor».
  • «Ahora el alumnado aprende más».
  • «La tecnología lo ha estropeado todo».
  • «Los móviles no interfieren en el aprendizaje del alumnado».
  • «El problema son los docentes / el sistema / el alumnado / las familias / la administración».
  • «Esta metodología lo soluciona todo».

Son frases que sobreviven a cualquier dato que se les cruce por el camino, porque no compiten en el mismo terreno.

Los datos suelen ser molestos. Introducen complejidad. Muestran que las cosas no son blancas o negras. Obligan a admitir que hay factores múltiples, contextos distintos y soluciones parciales. En educación, eso es especialmente incómodo, porque preferimos certezas claras a realidades complejas.

El relato, en cambio, ordena el mundo. Te dice quién tiene razón, quién se equivoca y qué habría que hacer. Aunque no funcione. Aunque no esté respaldado por nada más que una intuición bien contada.

La educación es especialmente vulnerable a esto porque todo el mundo ha pasado por ella. Todos tenemos recuerdos, experiencias, opiniones. Y eso hace que el relato personal tenga más peso que cualquier informe. «A mí me fue así» compite muy bien contra «los datos muestran que…».

Además, los cambios educativos suelen ser lentos, graduales y poco espectaculares. No generan titulares. No se viralizan. El relato, sí.

Otro problema añadido es que los datos suelen cuestionar lo que ya creemos. Y eso no gusta. Compartimos aquello que refuerza nuestra visión del mundo, no lo que la pone en duda. El relato encaja mejor porque se adapta a quien lo recibe.

En redes, esto se multiplica. El mensaje emocional circula más rápido, llega más lejos y recibe más aplausos. El dato, en cambio, pide pausa. Y la pausa no es muy rentable.

Quizá la pregunta no sea cómo conseguir que los datos maten al relato. Porque no suele pasar. Quizá la cuestión sea cómo contar mejor los datos sin convertirlos en propaganda. Cómo hacerlos comprensibles sin vaciarlos de sentido. Cómo asumir que convencer no siempre es posible, pero entender sí debería serlo.

Y, sobre todo, quizá convenga aceptar una verdad incómoda: en educación, como en tantos otros ámbitos, el relato se compra y se difunde mucho más que los datos. Negarlo no nos hace más rigurosos. Nos hace ingenuos.

Los datos siguen siendo necesarios. Imprescindibles, incluso. Pero no son suficientes. Nunca lo han sido.

Y mientras no aprendamos a convivir con eso -sin renunciar al rigor, pero sin creer que basta con mostrar cifras-, seguiremos asistiendo a la misma escena de siempre: datos bien intencionados intentando hacerse oír… mientras el relato, una vez más, se lleva el aplauso.

En los últimos tiempos estoy viendo a muchísima gente, entre ellos docentes, que mienten acerca de datos y de su día a día. O que, simplemente, los manipulan para que comulgue con sus ideas, generalizando situaciones particulares o, simplemente, eliminando de su relato todo aquello que no comulgue con su ideología. Sabéis qué… es imposible luchar contra eso porque, incluso que pongas una caja con seis naranjas delante de algunos, habrá varios que dirán que no son seis o, yendo aún más lejos, que no son naranjas. Y, curiosamente, si tienen muchos seguidores en redes, conseguirán vender sin ningún problema que había plátanos ante personas que no estaban delante de la caja.

Fuente: https://xarxatic.com/datos-frente-a-relato-una-batalla-perdida-no-solo-en-educacion/