Publicado: 29 diciembre 2025 a las 10:00 pm
Categorías: Artículos
[responsivevoice_button buttontext="Escuchar la noticia" voice="Spanish
Latin American Female"]
Por Israel Sánchez Martínez

La educación de un niño no comienza ni termina en el aula, inicia y se construye en el hogar, en las experiencias cotidianas, en el acompañamiento de los padres y en las expectativas familiares. Es allí donde se forjan los valores, principios y conductas que complementan su desarrollo integral.
En un entorno ideal, las políticas públicas y la colaboración entre la comunidad educativa (padres de familia, docentes y directivos escolares) junto con la sociedad civil, deben compartir metas comunes orientadas al fortalecimiento académico con innovación y disrupción, para que cada niño alcance su máximo potencial en el aprendizaje, en sus habilidades y en su desarrollo personal y profesional.
Sin embargo, en México, el panorama educativo presenta retos estructurales que afectan directamente a las familias. La falta de continuidad en las políticas públicas, la baja inversión por estudiante, la escasez de docentes y las brechas regionales en acceso y calidad educativa configuran un entorno adverso. Ante ello, es indispensable que las familias comprendan el contexto, identifiquen oportunidades y participen activamente en la construcción de soluciones.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) publica periódicamente indicadores que permiten a los países establecer acuerdos de colaboración para el crecimiento sostenido. Entre estos, los indicadores educativos son clave para el desarrollo económico. El informe más reciente, Education at a Glance 2025, ofrece datos comparativos sobre los sistemas educativos de los países miembros, abordando cuatro áreas principales:
También incluye información sobre la estructura de los sistemas educativos desde la infancia hasta la educación terciaria, así como la movilidad internacional de estudiantes. Estos indicadores no solo orientan la formulación de políticas públicas, sino que también permiten a las familias comprender cómo las decisiones educativas impactan directamente en su vida cotidiana.
México presenta una alta proporción de estudiantes en educación vocacional secundaria baja (24%), y ha impulsado programas como el de Capacitación para el Empleo, que ofrece formación práctica avanzada. Sin embargo, las disparidades regionales son alarmantes: las brechas superan los 20 puntos porcentuales entre las regiones con mejores y peores resultados.
En contraste, países como Costa Rica, Irlanda y Japón muestran variaciones regionales menores a 5 puntos porcentuales. Además, el fenómeno de los NINIS (jóvenes que ni estudian ni trabajan) persiste como una preocupación estructural. La falta de articulación entre los sistemas educativos y el mercado laboral genera una desconexión que limita las oportunidades de inserción productiva. La formación vocacional, aunque valiosa, requiere mayor alineación con las necesidades reales del entorno económico.
La proporción de adultos jóvenes (25–34 años) sin educación secundaria superior es especialmente alta en México. El 61% de los adultos entre 25 y 64 años no ha alcanzado este nivel, frente al promedio de la OCDE del 40%.
Además, el acceso a la educación terciaria se limita a un único criterio de admisión: el rendimiento académico en secundaria.
La finalización de programas también es baja, y México contrasta con países como Australia o Estados Unidos, que consideran múltiples criterios de admisión, incluyendo factores socioeconómicos, personales y vocacionales. Esta rigidez en el acceso y la baja tasa de finalización reflejan una falta de flexibilidad institucional y de acompañamiento académico. Las universidades públicas enfrentan desafíos de cobertura, calidad y pertinencia, lo que afecta especialmente a estudiantes de entornos desfavorecidos.
México se encuentra entre los países con menor inversión por estudiante. En niveles básicos y medios, el gasto es de USD 3,406, y en el nivel terciario, USD 7,519. Aunque el 79.1% del financiamiento terciario proviene del gobierno, el gasto público total representa solo el 73.7% del gasto educativo, muy por debajo del promedio de la OCDE (87.8%).
Esta baja inversión se traduce en infraestructura limitada, escasez de materiales, falta de capacitación docente y condiciones laborales precarias. Las familias, ante esta realidad, deben asumir costos adicionales para garantizar una educación de calidad, lo que profundiza las desigualdades.
El informe revela cómo los factores socioeconómicos, el gasto público y las condiciones laborales de los docentes influyen en el desarrollo estudiantil. Las familias enfrentan:
Además, la relación alumno-docente y los salarios estatutarios muestran grandes diferencias.
En México, los docentes de secundaria alta ganan 88% más que los de preescolar, lo que refleja una estructura salarial desigual. Esta disparidad impacta en la motivación, la permanencia y la calidad de la enseñanza.
Los desafíos se concentran en la transmisión intergeneracional de la desventaja educativa y la limitada inserción laboral:
Estas cifras evidencian que el entorno familiar y el capital cultural influyen profundamente en el logro educativo. La falta de habilidades básicas como la alfabetización y las matemáticas y ciencias, restringe las oportunidades de vida y perpetúa la desventaja social.
Frente a este panorama, y ante intentos de ideologización en las escuelas públicas, se requieren intervenciones específicas desde la familia y la sociedad civil. Algunas acciones clave incluyen:
Países como Dinamarca, Inglaterra y la Comunidad Flamenca de Bélgica han demostrado que la brecha intergeneracional en el acceso terciario puede reducirse mediante intervenciones específicas. México puede aprender de estas experiencias para construir políticas más equitativas.
Las habilidades fundamentales (alfabetización, matemáticas y resolución de problemas) son esenciales para el aprendizaje permanente y la empleabilidad. Las familias pueden promoverlas desde el hogar:
| ORIENTACIÓN | DESCRIPCIÓN |
| 1. Priorizar habilidades fundacionales | Fomentar lectura y pensamiento matemático en la vida diaria. Estas habilidades están asociadas con mejores resultados, independientemente del nivel educativo formal. |
| 2. Romper el círculo de desventaja | Reconocer que las deficiencias de habilidades perpetúan la desventaja laboral. El compromiso académico es clave. |
| 3. Invertir en la primera infancia | Acceder a programas estatales y municipales de cuidado infantil, fundamentales para el aprendizaje futuro. |
| 4. Buscar apoyo profesional | Acudir a organizaciones educativas que ofrecen orientación y formación técnica. En México, la UNPF (www.unpf.org.mx) ha establecido alianzas para fortalecer herramientas complementarias. |
| 5. Promover el aprendizaje adulto | Participar en programas de educación formal o no formal para adultos con baja escolaridad, como los que se han implementado en Latinoamérica y España. |
Estas acciones no requieren grandes recursos, pero sí voluntad, organización y acompañamiento. La familia, como núcleo formativo, tiene el poder de transformar el entorno educativo desde lo cotidiano.
La familia debe asumir un rol activo en la educación de sus hijos, buscando rutas alternas y eficientes ante las deficiencias del sistema público. Invertir en soluciones concretas permitirá mejorar la calidad de vida de los niños y, por ende, de la sociedad. La educación es un derecho, pero también una responsabilidad compartida. En un país como en México, donde el sistema educativo ha colapsado en varios frentes, la claridad estratégica, el compromiso ético y la acción comunitaria son indispensables. La familia no solo puede resistir los embates de políticas fallidas, sino también construir alternativas que dignifiquen el aprendizaje, fortalezcan el tejido social y promuevan el bien común.
Fuente: https://revistaforja.org/papel-padres-de-fa-familia-futuro-educativo/
Deja un comentario