Publicado: 8 diciembre 2025 a las 8:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Jordi Martí

En educación solemos echarle la culpa a las redes sociales de casi todo. Del ruido. De la confrontación constante. De la polarización pedagógica. Del conmigo o contra mí. Y aunque hay parte de verdad en eso, hay algo que rara vez asumimos. Por encima de cualquier algoritmo estamos nosotros. Nuestras elecciones. Nuestros clics. Nuestras afinidades. Nuestro pequeño universo de «seguidos» que decide qué aparece en pantalla y qué no existe para nosotros.
Cuando un docente, o cualquier persona interesada en educación, abre su red social y lo que encuentra es un campo de batalla educativo donde cada idea se convierte en arma, conviene preguntarse si es el algoritmo quien lo ha decidido o si hemos sido nosotros, cuidadosamente, a golpe de follow. Si solo sigues a quienes expresan lo que ya piensas sobre metodologías, currículo, innovación o evidencias, tu timeline se convierte en una sala de espejos donde siempre tienes razón. Y claro, en un entorno así, ¿quién va a cambiar de opinión sobre nada?
Es curioso ver cómo quienes dicen promover el pensamiento crítico acaban construyendo burbujas impenetrables donde nadie puede llevarles la contraria sin ser excomulgado del claustro digital. La pluralidad se valora mucho… mientras no haga demasiado ruido. O mientras no nos rompa la paz de creernos en posesión de La Verdad Educativa.
Luego está otro fenómeno todavía más inquietante. El de seguir a usuarios cuya ocupación principal es perseguir, señalar y humillar a otros compañeros, normalmente con capturas de pantalla como si eso fuera la máxima expresión de la justicia pedagógica. Si te rodeas de eso, si lo consumes a diario, si lo aplaudes… es fácil que acabes normalizando que educar consiste en ganar al otro, no en aprender con el otro.
Y por muy sofisticado que sea el algoritmo, esa elección sigue siendo tuya.
Todas las redes tienen dos capas. Lo que se supone que te podría interesar y lo que tú decides que te interesa. La primera tiene sesgos y fallos, además viene controlada por terceros. La segunda tiene nombre y apellidos… ¡tú! Si una red se convierte en un lugar que solo amplifica enfados, ataques o trincheras educativas, quizá no haga falta reescribir el código de la plataforma, sino revisar a quién estamos dejando entrar en nuestro salón digital.
En las aulas defendemos la diversidad, la discrepancia respetuosa, el derecho a pensar diferente. Proponemos metodologías para que nadie se quede fuera, recordamos que se aprende desde el diálogo y la escucha. ¿Por qué al encender el móvil y darle clic a la app de nuestra red social favorita dejamos de aplicar lo que enseñamos?
La tecnología no tiene ni ética ni ideología. Quienes la habitamos, sí. La red no educa por naturaleza, pero puede educar si la diseñamos como un espacio de encuentro real, donde las ideas se cruzan sin miedo a quemarse. Si seleccionamos voces que nos enseñan cosas nuevas. Si permitimos que nos cuestionen sin convertirlo en un ataque personal. Si dejamos de reír la gracia a quienes solo saben arrasar.
Porque lo que sigues termina influyendo en cómo ves la educación. Y, sin que lo notes, en cómo la ejerces.
Así que la próxima vez que abras una red social y sientas que todo es griterío y cancelación permanente, recuerda que puedes cerrar esa puerta. Puedes abrir otras ventanas. Puedes escuchar a quien nunca habías escuchado.
El algoritmo propone. Tú eliges.
Fuente: https://xarxatic.com/tu-algoritmo-educativo-eres-tu/
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