Cuando la excelencia se mide en tesis doctorales, pero las aulas de etapas obligatorias van por libre

Publicado: 2 diciembre 2025 a las 8:00 pm

Categorías: Artículos

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Por Jordi Martí

Hay universidades que presumen del número de tesis doctorales que se defienden cada año como si eso fuera sinónimo automático de calidad. Cuantas más tesis, más excelencia. Cuantos más doctorandos, más prestigio. Cuanta más producción científica, más impacto. Al menos eso dicen los rankings. Y oye, si un ranking lo afirma, ¿quién se atreve a dudar?

Pero luego miras lo que pasa en las aulas -en esas donde docentes y alumnado se encuentran cada día- y te das cuenta de que hay una desconexión tan evidente que da hasta vergüenza ajena. Se supone que toda esa producción investigadora debería servir para mejorar la educación real, la que sucede entre pupitres, no en los PDFs de un repositorio digital.

Porque sí, se escriben tesis sobre cómo aprende el alumnado, sobre qué metodologías funcionan mejor, sobre cómo evaluar para que tenga sentido, sobre la inclusión que debería llegar a todos. Y sin embargo… en demasiados centros la inclusión sigue siendo un cartel. La evaluación, un trámite. La metodología, un eslogan. El aprendizaje, un algoritmo que escupe medias.

Miles de páginas, conclusiones refinadas, teorías impecables… pero en la práctica, el profesorado continúa buscando soluciones en el pasillo, improvisando con lo que tiene, preguntando a quien tiene al lado porque nadie le ha explicado cómo aterrizar nada de lo que se publica.

Y ahí está el quid de la cuestión… una tesis puede ser excelente y totalmente inútil. Puede merecer cum laude… y no cambiar la vida de ni un solo estudiante.

Lo triste es que muchas no están pensadas para hacerlo Porque el sistema que las promueve no premia el impacto real, sino la cantidad. Una cantidad medida por cuántos artículos, cuántas citas, cuántos congresos, cuántas métricas.

El conocimiento educativo convertido en contabilidad académica.

Quizá haya llegado el momento de aceptar algo incómodo. Y eso incómodo es que la educación no mejora a golpe de papers si esos papers no salen del despacho donde se escribieron. No basta con producir saber… hay que traducirlo. Hay que acompañarlo. Hay que convertirlo en práctica.

Hace falta investigación que baje al barro. Investigación que acompañe, que escuche, que se equivoque en clase antes de publicar la hipótesis. Investigación donde las necesidades de alumnado y docentes no sean un anexo, sino el punto de partida.

Si la universidad presume de excelencia y la escuela presume de supervivencia, alguien se está perdiendo por el camino.

Ni más tesis garantizan más calidad educativa. Ni menos tesis aseguran que todo vaya mal.

Lo que necesitamos es conexión. Menos clima de cátedra y más clima de aula. Menos auditoría, más aprendizaje. Menos investigación para engordar currículos y más investigación para enriquecer resultados de nuestro alumnado.

Un sistema educativo que se mide más por cuántos doctores produce que por cuánto aprenden sus estudiantes, es un sistema que confunde éxito con números y progreso con apariencias.

Y la educación, aunque algunos todavía no se hayan enterado, no se mejora firmando actas de defensa doctoral, sino defendiendo cada mañana el derecho a aprender de quienes están en clase.

Todo lo que publico está basado en inputs que recibo o cosas que leo. En este caso la inspiración me ha venido acerca del debate en la existencia de más o menos universidades y titularidad de las mismas. Y, sabéis qué es lo que me ha chirriado… que se use el número de tesis doctorales como medida de calidad universitaria. Así que, como habéis visto, me he permitido trasladarlo a cosas que conozco un poco.

Fuente: https://xarxatic.com/cuando-la-excelencia-se-mide-en-tesis-doctorales-pero-las-aulas-de-etapas-obligatorias-van-por-libre/