¿Somos conscientes de la importancia de la educación?

Publicado: 29 noviembre 2025 a las 10:00 pm

Categorías: Artículos

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Por: Luis Armando González

Desde hace ya bastante tiempo me viene acuciando la pregunta de sí en la sociedad salvadoreña –y especialmente en quienes tienen responsabilidad en las diferentes instancias y espacios educativos— existe al menos una mediana conciencia de la importancia de la educación en la fragua de un país civilizado, medianamente equitativo, con niveles de bienestar óptimos y con ciudadanos maduros, razonables, críticos, analíticos, tolerantes y reacios a aceptar cualquier forma de abuso y opresión. Sé que hay quienes entienden por “educación” algo bien distinto: a) como un mecanismo de control, como un instrumento para asegurar la sumisión y docilidad ciudadanas; y b) como un “servicio” para lucrarse, es decir, como una mercancía que debe ser vendida a la mayor cantidad de consumidores que sea posible (minimizando, obvio, los costos de operación: por ejemplo, en el pago de “tutores” o “facilitadores”, en el uso de instalaciones y en el consumo de agua y energía eléctrica).

 Qué mal que sea así, porque para asegurar el control, la docilidad y la sumisión de las personas –o para extraer el mayor lucro posible de las clientelas estudiantiles— lo que menos importa es que sean personas críticas, reflexivas o con una formación sólida en ciencias o humanidades.  

Por cierto, debo anotar –antes de seguir— que mis valoraciones se centran en la educación universitaria, que es en donde llevo trabajando más de 30 años. Quienes se desempeñan en otros niveles del sistema educativo –o los académicos expertos en su estudio— deberán agudizar la mirada y prestar atención –sin complacencias o ilusiones sin sentido— a sus dinámicas más preocupantes y a sus implicaciones para el desarrollo futuro del país. Y es que si hay un ámbito en el que las ilusiones y la complacencia son nefastas es en el ámbito educativo: pueden hipotecar ese futuro de un modo tan grave que reparar el daño sea extremadamente costoso y difícil, lastrando las posibilidades de avanzar con paso firme hacia una cultura académica –científica, humanística y tecnológica— que sea el soporte de un El Salvador mejor que este que tenemos.    

Pues bien, mi valoración de la educación universitaria salvadoreña es francamente pesimista. Y si bien desde 2020 para acá creo que el asunto es desastroso, ya desde antes de ese año comencé a ver cosas que no me gustaban. Una de ellas era el excesivo peso que se daba al trabajo de aula, con muy pocas experiencias formativas fuera del salón de clases, ni siquiera en los propios campus universitarios. En distintas carreras de licenciatura y maestría, se gestó un proceder educativo –para poner una fecha aproximada, en la década del 2000— que no tenía más horizonte que el salón de clases, con lo empobrecedor que es para los estudiantes universitarios perder el contacto con el contexto social en el que, después de todo, les va a tocar realizar su vida.

Con la pandemia por el coronavirus, en 2020, las clases pasaron del aula a la pantalla de la computadora o del teléfono celular, privando a los estudiantes y a sus profesores de las interacciones personales que, por lo menos, estaban aseguradas antes de 2020 en el salón de clases. Lo que tenía sentido como solución de emergencia, para no paralizar el quehacer educativo, pasó a considerarse –sin ningún criterio educativo valedero— como proceder ideal que debía aceptarse e implementarse en lugar de la educación presencial. Se fraguó un discurso según el cual la virtualidad era la suma de todas las bondades educativas y la presencialidad la suma de todas las miserias. Se alabaron hasta la saciedad los méritos de una educación virtual de la cual la única referencia era la experiencia que entonces se estaba implementando; mientras que la educación presencial que, hasta 2020 había sido prácticamente la predominante, se dibujó como algo lejano, extraño y desfasado. 

O sea, en 2020-2022 se incubó una perniciosa visión ideológica tanto de la virtualidad como de la presencialidad que impidió hacerse cargo de los problemas y desafíos educativos del país.  En esa visión ideológica, la virtualidad era la panacea no sólo para elevar la calidad educativa, sino para dar a los estudiantes una educación a la altura de los problemas del siglo XXI. Sobraron los que –por conveniencia, conformismo o ingenuidad—   no dudaron en subirse a ese tren ideológico, suscribiendo el optimismo de los voceros de la virtualidad educativa. Y ha sido tanto el éxito de esa visión que a casi 5 años de la pandemia carreras universitarias que legalmente son presenciales siguen ancladas en una modalidad virtual, sin que los responsables académicos se atrevan a tomar la decisión de desarrollarlas como corresponde. Asimismo, en estos cinco años, se han impulsado e implementado carreras universitarias –en licenciatura y postgrado— totalmente virtuales. Y existen otras que son de tipo semi presencial.

En cualquier caso, la virtualidad educativa no sólo se ha instalado en la educación superior salvadoreña, sino que se ha convertido en incuestionable. Y esto último revela una terrible falla en la comunidad académica de El Salvador: la virtualidad educativa no debió aceptarse –ni puede seguir impulsándose— sin ser sometida a un escrutinio crítico riguroso que le ponga límites y la conduzca al reducto específico que le corresponde, y es la de ser una herramienta auxiliar en la educación universitaria, misma que por su naturaleza intrínseca debe ser (y no puede dejar de ser) presencial.  Aquí, lo que pesa en mi juicio es el bien común de la sociedad salvadoreña, y no intereses económicos particulares de los dueños o administradores de las universidades, o la posición cómoda de algunos docentes o el facilismo y comodidad de los estudiantes.

Una toma de consciencia acerca de la importancia de la educación –en este caso universitaria— para el bien común no puede cruzarse de brazos ante la actual precariedad de la cultura académica del país –que es un patrimonio que todos deberíamos cuidar— y ante la (deficiente) formación académica, científica y humanística, de quienes van a asumir el día de mañana desafíos y retos –económicos, sociales, ambientales, demográficos, culturales, científicos, tecnológicos,  políticos— en los que se jugará su destino y el de sus familias. Desde hace bastante tiempo se sabe que una sociedad que desprecia el conocimiento y que lo relega al cajón de lo irrelevante es una sociedad condenada a la miseria moral, intelectual y material. Definitivamente, no se debería ser ni superficial ni mezquino con un tema de tanta trascendencia. Dicho esto, me permito anotar cuatro aspectos a considerar con urgencia –obvio que la lista es más larga— si se quiere atacar algunas de las fallas actuales en la educación universitaria salvadoreña.      

Tiempo para estudiar. Sí, para estudiar se requiere tiempo, mucho tiempo: para asistir a clases, para leer, para investigar, para ir a bibliotecas, para hacer tareas, para actividades extracurriculares (conferencias, muestras de cine, visita a museos, etc.) y en suma para pensar y reflexionar. En las carreras universitarias –para que estas cumplan con los cometidos formativos propios de la educación superior— este es un requisito indiscutible.

Además, el tiempo que se dedica al estudio debe ser un tiempo de calidad, un tiempo prioritario, no residual, es decir, no ese tiempo sobrante y minúsculo que –lamentablemente— muchos estudiantes le dedican, anteponiendo otras prioridades que ellos consideran –sin que necesariamente lo sean— más importantes que sus actividades universitarias. Que se cultive la idea de que para estudiar en la universidad no se requiere tiempo, o que basta con el mínimo, y que este debe ser el que le sobra al estudiante una vez que ha gastado sus energías en otras cosas, constituye un daño terrible al patrimonio intelectual del país. Constituye, para mí, una terrible aberración y una imperdonable irresponsabilidad.

Los argumentos de presunta justicia que se esgrimen –por ejemplo, ese que dice que sería injusto que a los estudiantes que trabajan no se les redujeran y adaptaran las exigencias académicas a sus necesidades— no son tan acertados como se suele creer. Y eso porque la forma más atinada de hacer justicia a quienes trabajan (y quieren estudiar) es asegurase que cuenten con el tiempo suficiente para hacerlo, con becas, permisos de trabajo y con la convicción por parte de ellos de que sábados, domingos y semanas festivas deberán ser un tiempo dedicado a algo que es importante para su vida.  De hecho, si se piensa bien en el asunto, al reducir las exigencias académicas y dar una formación académica endeble se genera una terrible injusticia con quienes estudian, trabajen o no: se les está dando menos de lo que merecen. Y, de paso, se cierran las puertas a la posibilidad de tener ciudadanos que sepan (en este orden) leer, escribir, reflexionar, pensar, investigar e innovar. 

Presencialidad. Líneas arriba anoté la necesidad de recuperar, cuanto antes y de manera plena, la presencialidad educativa. No podemos seguir hipotecando el futuro de la cultura intelectual (académica, científica, humanista) del país a partir de una visión ideológica que posicionó a la virtualidad como la modalidad educativa perfecta. Ninguna obra humana es perfecta, incluso aunque se la revista una presunta inexorabilidad tecnológica. La tecnología, por sí misma, no obliga a nada; son los diseñadores tecnológicos y los jerarcas de los conglomerados tecnológicos los que por ambición, prepotencia y megalomanía quienes –con el apoyo de gobiernos— hacen todo lo que está a su alcance para imponer a las sociedades no sólo sus aparatos tecnológicos y sus contenidos (por lo general, basura), sino para hacer creer a medio mundo que ello es inevitable.

No se trata más que un discurso ideológico. Que pega, eso sí; y tiene adeptos en los medios de comunicación, los gobiernos, las empresas y las universidades. Pero, más allá de las ideologías está la realidad cruda y dura; y esta nos da señales inequívocas de que educar a estudiantes universitarios exclusivamente mediante plataformas virtuales se traduce en una formación precaria en lo intelectual y en lo personal. Es urgente, pues, salir del sopor e inercias de la virtualidad educativa y, para carreras universitarias de grado y postgrado, establecer la presencialidad obligatoria. ¿Y lo virtual?: que quede como instrumento o recurso a ser usado en talleres, diplomados y afines que sean cortos y sin valor curricular; o como un recurso a ser usado en alguna situación especial por los docentes de licenciatura o postgrado, a partir de su buen criterio, pero sin excederse.

No faltará quien diga que soy extremadamente radical, al punto de no ver las fallas de la educación presencial. Sí, soy radical en la necesidad que veo de implantar de una buena vez y sin remilgos la presencialidad, dado el desastre educativo que se ha incubado entre 2020 y 2024. Y por supuesto que veo fallas en la presencialidad, como la que anoté más arriba sobre el excesivo trabajo formativo dentro del aula. Pero la presencialidad tiene méritos que la virtualidad no tiene, y uno de los principales es que el patrimonio científico, literario, humanista, filosófico y tecnológico con el que contamos en este siglo XXI –y esto quizás no lo saben los ideólogos de la virtualidad— se ha tejido desde procesos educativos (cuando menos desde el siglo V a.C.) en los que la presencialidad ha sido una pieza fundamental, aunque no la única. Quienes pretenden tirarla al basurero como inservible, en realidad no saben lo que hacen, pero no por ello hay que perdonarlos.     

Por último, los abanderados de la virtualidad suman a sus bondades la de la justicia, en el sentido de que, con ella, quienes trabajan pueden acceder a la formación que les sea más conveniente, dada la flexibilidad de la educación virtual. Para comenzar, un proceso educativo no puede estar regido por la conveniencia o inconveniencia de los alumnos; más bien éstos deben adaptarse a las exigencias de aquél. En más de una ocasión he escuchado decir que ahora sí, con la accesibilidad de lo virtual, se hará justicia con los que trabajan, porque podrán por fin estudiar. Se obvia que antes de 2020 el trabajar no era impedimento absoluto para estudiar. La presunción de que, instalada la virtualidad en las universidades la población trabajadora iba a saturar las matrículas no se sostiene en la realidad: en 2019 (antes de la pandemia) el país tuvo casi 25 mil graduados universitarios y en 2023 (instalada la virtualidad) casi 27 mil[1]. Lo que sucedió fue que, lejos de darse una llegada a las aulas virtuales de sectores trabajadores que antes no hubieran podido vincularse a una universidad, quienes estudiaron en el contexto virtual siempre lo habrían hecho en un contexto presencial. Y lo que es peor: en el contexto de la virtualidad educativa, las matrículas en casi todas las universidades disminuyeron (en 2023 y 2024) respecto de 2020 que, para quienes no lo recuerden, inició sus actividades académicas de forma presencial[2].

Rechazo a la endogamia académica. Entiendo por endogamia académica esa postura que sostiene que en una universidad o, peor aún, en una carrera académica universitaria sólo deben dar clases los graduados de esa universidad o de esa carrera universitaria. Esto contraviene no sólo la dimensión de universalidad que es lo más propio de una universidad, sino que empobrece su quehacer académico, intelectual y moral. Algo igualmente preocupante: reproduce las fallas que los profesores heredaron a sus estudiantes que, a su vez, cuando sean profesores (o investigadores) heredarán a los suyos.

Se trata de un terrible círculo vicioso. Así como la endogamia biológica resulta perjudicial, también es perjudicial la endogamia académica. Y las universidades –las que en verdad lo son— se han vacunado en contra de ella –así como en contra de injerencias de gobiernos o políticos— generando mecanismos propios para integrar en sus plantas de docentes e investigadores a académicos talentosos de los cuales su procedencia (nacional o institucional universitaria) es algo secundario. Esos mecanismos han enriquecido y siguen enriqueciendo a las universidades que los poseen. Han empobrecido y empobrecen a las universidades que, presas de la endogamia académica, cierran sus puertas a académicos extranjeros o nacionales por no haberse graduado en su institución o los excluyen de una determinada carrera porque no se graduaron en ella. Naturalmente que no se trata sólo de que sean de “fuera”: lo que importa son sus méritos, pues los charlatanes académicos siempre han estado y estarán presentes.

De lo que se trata, pues, es de enriquecer la cultura intelectual y académica en el seno de las universidades, para que desde ellas la sociedad sea impactada positivamente. Ese enriquecimiento se ve limitado cuando la universidad se vuela sobre sí misma, protegida por un caparazón que impide que las influencias (culturales, filosóficas, científicas) externas la permeen. Nada es más anti universitario que el encierro intelectual, porque lo propio de las universidades es lo opuesto: estar abiertas a influencias, corrientes de pensamiento, obras y creaciones del espíritu humano.

Cultivar la inteligencia humana. Está moda –una moda perniciosa por la ingenuidad y falta de criterio con la que se la asume— la inteligencia artificial. Que se la vea y use como una herramienta de ayuda me parece muy bien, al igual que me parece bien que haya barcos, aviones y satélites. Lo que me parece aberrante es que se la vea y use como una herramienta destinada a suplantar, anular o aletargar las capacidades, habilidades y destrezas intelectuales de las personas. Hay bastantes, demasiados, que lo celebran; que celebran dejar de pensar, dejar de escribir y dejar de crear porque la inteligencia artificial (presunta o realmente, no lo sé) lo puede hacer mejor que ellos. No soy parte de ese club, que cada vez tiene más adeptos. Sí sé que la inteligencia humana –la inteligencia que posee cada uno de nosotros, con toda su complejidad— es un precioso legado evolutivo que nos ha permitido crear ciencia, arte, filosofía, música, política, instituciones, derechos humanos, o sea, cultura, todo lo cual potencia y moldea el legado evolutivo que hemos heredado de nuestros ancestros homininos.

Renunciar al cultivo de nuestra inteligencia –que es más rica, compleja y diversa de lo que creen los diseñadores de máquinas inteligentes— no sólo significa renunciar a nuestras mejores capacidades, sino atacar nuestro mejor patrimonio biológico, es decir, nuestro cerebro, que sólo desarrolla plenamente en un entorno rico en lenguaje, escritura, arte, ciencia, filosofía, interacciones sociales y empatía. Al renunciar a pensar, a leer, a crear, a reflexionar, a hacer cálculos, a razonar, a relacionarnos…, atacamos a nuestro cerebro y al cuerpo del que este es parte. Sabedor de esto, que la inteligencia artificial pueda hacer algo más perfecto que lo que yo hago sólo me interesa si ello no va en detrimento de lo que me hace humano. De ahí que un reto ineludible para las universidades sea, si en verdad son universidades, el cultivo de la inteligencia humana, lo cual pasa por investigar y explicar de la mejor manera lo que es la inteligencia.

En fin, la situación educativa (en la educación superior) de El Salvador no puede ni debe ser tomada a la ligera, como si nada pasara o como si lo que sucede fuera inevitable. No podemos seguir hipotecando el futuro del país por superficialidades “tecno-ideológicas” o por un mercantilismo educativo corto de miras. Sé que a muchas personas –varias de ellas colegas y amigas— no les gustarán estas líneas. Habrá quien opine que estoy en contra del progreso y la modernización, pero no es así. No sé de ninguna sociedad o nación que haya progresado o se haya modernizado dando la espalda al conocimiento, a la ciencia, a la filosofía, a la literatura… sí sé de muchas que por hacerlo son sociedades precarias, plagadas de abusos y de exclusiones. Aunque mis deseos son irrelevantes, algo que deseo es vivir en un país con personas razonables, lógicas, realistas y empáticas (es decir, bien educadas) que sean capaces no sólo de reclamar derechos para vivir decentemente, sino que actúen en consecuencia para defender los suyos y los ajenos. Que sepan usar el teléfono celular y sus dispositivos –por ejemplo, para encontrar una ubicación— me resulta no sólo irrelevante, sino preocupante, dado que las capacidades de ubicación espacial –un gran legado evolutivo—está siendo tirado al cesto de la basura.

San Salvador, 27 de noviembre de 2025


[1] “Cantidad de graduados universitarios en El Salvador bajó en 2023”. La Prensa Gráfica, 15 de septiembre de 2024.

[2] “Matrícula en educación superior se redujo en 2023 en El Salvador” (La Prensa Gráfica, 3 de septiembre de 2025) y  “Matrícula de educación superior cayó 2.3 % en 2024” (La Prensa Gráfica, 11 de octubre de 2025).

Fotografía: Blog de Instituto Serca

Fuente: https://insurgenciamagisterial.com/somos-conscientes-de-la-importancia-de-la-educacion/