La educación se ha vuelto adicta a reinventarse… aunque no haga falta

Publicado: 28 noviembre 2025 a las 4:00 pm

Categorías: Artículos

[responsivevoice_button buttontext="Escuchar la noticia" voice="Spanish

Latin American Female"]

Por Jordi Martí

Hay una costumbre muy nuestra, casi cultural, que se repite cada cierto tiempo con una precisión matemática. Se trata de coger algo que funciona razonablemente bien, desmontarlo pieza a pieza y volver a montarlo con otro nombre, otro envoltorio y un entusiasmo que dura lo que dura cualquier novedad. Lo más llamativo de esta manía no es que ocurra, sino que hemos aprendido a aceptarla como parte natural del ecosistema educativo, como si fuera obligatorio reinventar lo que ya estaba en equilibrio.

La escuela no es inmune a esto; de hecho, parece que lo sufre con especial intensidad. Nada es suficientemente bueno si puede rehacerse de manera más moderna, más compleja y más aparatosa. Si un sistema de tutorías funciona, basta que llegue alguien con una presentación vistosa para convertirlo en un protocolo de diez fases con nombre internacional. Si un proyecto interdisciplinar llevaba años dando buenos resultados, basta renombrarlo con una sigla de moda para que parezca que lo hemos descubierto de cero. Y si una manera de enseñar lectura funciona desde hace décadas, no pasa nada… se puede empaquetar de nuevo, añadir tres etiquetas motivadoras y presentarlo como una revolución.

El resultado es un ciclo infinito de reinvención innecesaria. Cuando un centro ha logrado estabilizar alguna práctica que ayuda al alumnado, aparece la sensación de que hay que cambiarlo todo porque toca innovar. Como si innovar fuera una obligación periódica, un ritual para demostrar que sigues al día, aunque nadie te haya pedido que alteres lo que ya funciona. Da la impresión de que la educación vive en un estado permanente de impaciencia. Si algo lleva dos años dando resultados, ya es antiguo. Y si lleva cinco, directamente es sospechoso.

Es curioso porque, en la mayoría de profesiones, cuando algo funciona se celebra. Aquí no. Aquí se mira con cierta desconfianza. Como si el éxito de una práctica fuera un síntoma de que estamos acomodándonos. Como si la estabilidad fuese un pecado. Esta obsesión por rehacer lo que funciona crea un desgaste silencioso. Docentes que dominan una manera de trabajar que beneficia a sus grupos y que, de repente, deben reconfigurarla por completo porque alguien ha decidido que ya no es suficientemente moderna. Se confunde evolución con actualización constante. Pero lo real es que no todo necesita actualizarse. A veces, hay cosas que solo necesitan tiempo.

Lo más irónico es que muchas de las novedades que se promocionan como imprescindibles son, en esencia, viejas ideas maquilladas. Cambian los nombres, cambian los eslogans, cambian las historias que las acompañan, pero el fondo es el mismo. Un día se anuncia como la gran novedad lo que ya hacíamos hace veinte años, solo que ahora viene presentado en formato digital o presentado en una charla desde una tarima de uno que dice que debemos eliminar las tarimas. Y así vamos, saltando de moda en moda, sin reparar en que las ideas verdaderamente útiles no suelen hacer ruido.

Mientras tanto, el alumnado sigue necesitando exactamente lo mismo: claridad, coherencia, acompañamiento, expectativas razonables y un ambiente donde aprender sin sentirse perdido. Eso es difícil de mejorar con una capa de terminología nueva. Es más, a veces se empeora, porque en el esfuerzo por reinventar se pierde la sencillez que hacía que la práctica original funcionara. He visto proyectos preciosos arruinados por la necesidad de encajarlos en formatos que no les correspondían. Y he visto actividades simples, casi humildes, sobrevivir a todas las modas porque daban resultado, aunque nadie supiera explicarlo en un congreso.

Quizá lo que más molesta de esta obsesión por reinventarlo todo es que parte de una premisa errónea… que lo nuevo siempre es mejor por definición, y que lo antiguo solo se mantiene por inercia. En realidad, las buenas prácticas son las que resisten. Las malas desaparecen solas. No hace falta sustituirlas cada dos años por una nueva versión mejorada, a menos que el objetivo no sea mejorar la escuela, sino dar la sensación de movimiento permanente.

La educación necesita cambios, sí. Pero los necesita bien pensados, bien aterrizados y, sobre todo, necesarios. Innovar por inercia es tan inútil como no innovar nunca. Y reinventar lo que ya funcionaba no convierte nada en mejor. Simplemente obliga a empezar de cero una y otra vez, como si la escuela fuera un laboratorio sin memoria.

Tal vez sea hora de perder el miedo a la estabilidad. De asumir que hay prácticas que funcionan porque se han construido con tiempo, reflexión y mucha prueba y error. De comprender que mejorar no exige tirar todo por la borda, sino afinar lo que merece la pena. Dejar de buscar la novedad eterna y empezar a valorar la continuidad, que en educación es un regalo.

Al final, lo más revolucionario que puede hacer un centro es identificar lo que funciona, cuidarlo, y no dejar que la ansiedad por parecer modernos lo estropee. Porque hay una diferencia enorme entre innovar y marear. Y llevamos demasiados años confundiendo ambas cosas.

Fuente: https://xarxatic.com/la-educacion-se-ha-vuelto-adicta-a-reinventarse-aunque-no-haga-falta/