La confianza absoluta en la juventud… salvo cuando piensa algo que no nos gusta

Publicado: 24 noviembre 2025 a las 4:00 pm

Categorías: Artículos

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Por Jordi Martí

Hay un gesto que veo repetirse últimamente con una frecuencia casi cómica. Gente que se pasa la vida diciendo que hay que confiar en la juventud, que nuestros jóvenes son maravillosos, que tienen pensamiento crítico, que son el futuro, que están mejor preparados que nunca… pero que, curiosamente, enmudecen o directamente se indignan en cuanto esa misma juventud decide pensar por su cuenta y no seguir el guion que ellos consideraban inevitable.

Y uno no puede evitar preguntarse en qué quedamos.

Porque si creemos que nuestros jóvenes tienen criterio, si repetimos como un mantra que son libres, autónomos, inteligentes y capaces… habrá que asumir que a veces ese criterio no coincidirá con el nuestro. Que sus conclusiones no necesariamente serán una copia de las nuestras. Que pensar por sí mismos significa, precisamente, no pensar como nosotros.

Pero en cuanto aparece un dato, una encuesta, un estudio que apunta a que una parte creciente del alumnado se está moviendo ideológicamente hacia posiciones más conservadoras o más de derechas, de repente algunos ya no hablan de capacidad crítica. Hablan de manipulación. Hablan de ignorancia. Hablan de retroceso. Hablan de que algo estamos haciendo mal.
Qué casualidad.

Cuando la juventud repite nuestras ideas, decimos que son brillantes.
Cuando repiten las suyas, especialmente si no están acordes con las nuestras, decimos que están confundidos.

Eso sí que es un síntoma preocupante, y no el sentido del voto o la opinión política de quien está en la ESO, Bachillerato, FP o la Universidad.

La juventud ha cambiado de ideología muchas veces a lo largo de la historia. A veces hacia un lado, a veces hacia el otro. Lo que no cambia nunca es la reacción de muchos adultos. Si la juventud piensa como ellos, es señal de inteligencia; si no, es señal de manipulación. Esta arrogancia transversal, esta incapacidad para aceptar que nuevas generaciones no tienen por qué reproducir sus convicciones, es lo verdaderamente inquietante.

Quizá el problema no sea que la juventud se esté escorando hacia posturas más conservadoras. Quizá el problema sea que muchos adultos creían que tenían garantizado el relevo moral, como si las nuevas generaciones fueran una versión actualizada de la suya, con los mismos prejuicios, las mismas ideas y las mismas banderas. Y no. No funciona así. Nunca ha funcionado así. Cada generación se hace su propio mapa, guste o no a quienes ya lo habían dibujado.

Lo paradójico es que estos mismos defensores del pensamiento crítico juvenil se escandalizan cuando ese pensamiento crítico se dirige justo hacia las ideas que ellos creían incuestionables. Y entonces aparecen explicaciones de todo tipo: que si las redes, que si la desinformación, que si TikTok, que si la falta de valores, que si la sociedad líquida.

Si la juventud se acerca a sus ideas… tiene criterio propio.
Si se aleja… la han engañado.

Defender la capacidad de la juventud solo cuando confirma nuestras expectativas no es confianza. Es paternalismo disfrazado.

Quizá deberíamos atrevernos a decir algo que parece prohibido. Y es decir que la juventud no tiene obligación de parecernos moderna, avanzada o progresista según nuestros parámetros. Tiene la obligación de ser libre. Punto. Y si su libertad les lleva a lugares que no nos gustan, mala suerte. Es su camino, no el nuestro.

Querer jóvenes críticos, pero solo críticos dentro del marco que nos conviene, es como pedir gente valiente… pero que no se atreva a contradecirnos.

Así no funciona la democracia.
Así no funciona la educación.
Y desde luego, así no funciona la libertad de pensamiento.

O confiamos en la juventud o aceptamos que lo que defendíamos no era su capacidad, sino nuestra hegemonía.

Porque la pregunta no es por qué la juventud piensa distinto.
La pregunta es por qué nos cuesta tanto aceptarlo.

Creo que el artículo es pertinente en este contexto en el que vivimos donde, curiosamente, un número importante de docentes cree que su alumnado debe de pensar como piensan ellos. Pero, lo que es más triste, es que curiosamente siempre dicen que piensen en (su) clave ideológica porque, al final, lo que les interesa es más una educación ideológica que una educación técnica. Y esto, los que naufragamos en las redes y leemos los medios de comunicación, sabemos que es a lo que les gustaría dedicarse a algunos. Y eso no es dar clase… ¡es adoctrinar! Algo que, por cierto, no debería ser el objetivo de la escuela.

Y, por favor, no me manipuléis el artículo porque, aunque sé que a algunos os guste hacerlo, sería muy triste que, en lugar de reflexionar sobre lo escrito, os pusierais a poner en mi boca cosas que no he dicho. Que nos conocemos.

Fuente: https://xarxatic.com/la-confianza-absoluta-en-la-juventud-salvo-cuando-piensa-algo-que-no-nos-gusta/