Estefanía Hita (formadora de docentes): «Si familia, escuela y sociedad no van al mismo ritmo, la infancia queda sola descifrando lo que siente»

Publicado: 20 noviembre 2025 a las 4:00 pm

Categorías: Artículos

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Por José Luis Fernández

Estefanía Hita

Con motivo del Día Mundial de la Infancia, que se celebra cada 20 de noviembre, Estefanía Hita, profesora de la facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Internacional de Valencia, comparte su perspectiva sobre cómo los educadores y las familias pueden contribuir a desarrollar la resiliencia y la confianza en los más jóvenes, abordando no solo sus necesidades básicas, sino también su bienestar emocional y social. Con más de una década de experiencia, Estefanía Hita ha desempeñado roles en instituciones académicas como la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y la Universidad Internacional de Valencia (VIU), donde se ha especializado en la formación de futuros docentes con un enfoque en la integración de la tecnología educativa y las metodologías activas. Además, Estefanía ha sido reconocida por su capacidad para impulsar proyectos que fomentan la autoevaluación y el aprendizaje significativo, destacando su reciente premio de Innovación Educativa VIU 2025 por su iniciativa ReflexIA. A lo largo de su trayectoria ha explorado las intersecciones entre la tecnología y el aprendizaje reflexivo, su enfoque pedagógico va más allá del bienestar material, centrándose en la importancia del apoyo emocional, la autoevaluación y la creación de entornos de aprendizaje inclusivos.

¿Cuál diría que es el principal desafío actual para el bienestar emocional de los menores en España?

Uno de los grandes desafíos para el bienestar emocional de los menores es que crecen en un entorno que no siempre les permite poner orden a lo que sienten. No viven emociones diferentes a las de generaciones anteriores, pero sí lo hacen en un mundo donde la velocidad lo atraviesa todo y donde apenas tienen espacios tranquilos para detenerse y entender qué les ocurre. Ese ritmo convierte pequeñas inquietudes en sensaciones más persistentes, porque no encuentran tiempo para digerirlas antes de que llegue el siguiente estímulo.

El Barómetro de UNICEF muestra que cerca del 41 % de los adolescentes afirma haber experimentado malestar emocional en el último año. No es un dato que hable de fragilidad, sino de un contexto que les exige más de lo que su edad puede sostener sin acompañamiento. Cuando cada día arrastra novedades, comparaciones, evaluaciones inmediatas y una exposición constante, las emociones se mezclan sin tener oportunidad de asentarse.

A esto se suma que muchos adultos viven con menos tiempo del que desearían para escuchar con calma. Los menores captan esa falta de disponibilidad incluso antes de saber explicarla. Así, cuando sienten que no hay un momento para hablar sin prisas, guardan lo que les pesa y aprenden a gestionar solos cosas que no deberían afrontar en solitario.

El desafío principal está ahí, en asegurar que, entre tanto ruido, encuentran un espacio donde ser escuchados. No buscan respuestas perfectas, sino una presencia que les permita respirar y ordenar lo que sienten, sin la sensación de que el mundo va demasiado rápido para ellos.


¿Ha cambiado la salud mental infantil y adolescente en los últimos años?
¿Qué factores son los más determinantes en ese cambio?

La salud mental de niños y adolescentes no ha cambiado porque ahora sientan emociones distintas, sino porque esas emociones se despliegan en un escenario mucho más amplio y más expuesto. Antes gran parte de lo que les afectaba ocurría en entornos próximos, donde familias y profesorado podían interpretar con más facilidad señales que aparecían en su comportamiento. Hoy una parte importante de su vida emocional transcurre en espacios que no siempre se ven: conversaciones digitales, grupos, plataformas, publicaciones y dinámicas que continúan cuando el día escolar ya ha terminado.

Los datos lo confirman. Según el Ministerio de Sanidad, el malestar emocional en la adolescencia ha pasado del 27 % al 38,5 % en solo cuatro años. Este incremento coincide con un contexto donde los menores conviven con más opiniones externas, más imágenes de comparación y más escenarios donde sienten que deben posicionarse o reaccionar sin tiempo para procesar lo que ocurre. No es que toleren menos, sino que reciben más y de formas más intensas.

Otro factor determinante es la distancia creciente entre lo que viven y la capacidad del mundo adulto para interpretarlo. Muchas familias y muchos docentes no crecieron en un entorno tan visible ni tan conectado, lo que hace que, aun estando presentes, a veces no encuentren las referencias necesarias para descifrar señales que ya no se manifiestan de forma tan evidente como antes. Ese desfase no es falta de interés, sino consecuencia natural de un contexto que evoluciona más rápido que la mirada que debe acompañarlo.

En este escenario, el bienestar emocional depende tanto de lo que sienten como del acompañamiento que reciben. Cuando encuentran adultos que comprenden cómo ha cambiado su día a día y pueden traducir con calma aquello que ellos todavía no saben poner en palabras, la intensidad del entorno pierde fuerza. Y ahí es donde empieza a notarse la diferencia.

¿Qué papel juegan la familia, la escuela y la sociedad en la construcción del bienestar emocional de un niño o adolescente?

El bienestar emocional empieza en la familia, que es el primer lugar donde un menor aprende a poner nombre a lo que siente y a encontrar un poco de calma cuando algo se le hace grande. No necesitan adultos que tengan todas las respuestas, sino una presencia que dé la sensación de que sus emociones caben en casa y no son un estorbo en medio de las prisas.

La escuela amplía ese primer espacio y les ofrece un entorno donde descubren cómo convivir con otros, cómo resolver diferencias y cómo relacionarse con adultos que les acompañan desde otra mirada. Cuando el centro integra esta dimensión en su día a día, la escuela deja de ser solo un lugar donde aprender contenidos y se convierte en un escenario donde pueden expresarse sin miedo a que lo que sienten sea leído como un “problema”.

La sociedad termina de trazar este mapa. El modo en que hablamos de la infancia, el valor que concedemos al tiempo para educar y los mensajes que los rodean condicionan la forma en la que se miran a sí mismos y aquello que llegan a creer que se espera de ellos. Un entorno social que reconoce que las emociones forman parte del crecimiento permite que familia y escuela avancen sin ir a contracorriente. En cambio, un entorno que normaliza la prisa y la saturación dificulta que encuentren momentos para comprenderse.

Cuando estos tres espacios se articulan con una mirada parecida, los menores no sienten que tienen que descifrar solos lo que les ocurre. Y esa sensación, saber que hay adultos capaces de acompañar sin prisa y sin juicio, cambia por completo la manera en la que atraviesan su día a día.

¿Cómo están afectando las redes sociales y el uso de pantallas al desarrollo emocional de los menores?

El impacto se nota, sobre todo, en la manera en la que construyen su identidad y en cómo interpretan la opinión ajena. Las redes se han convertido en un escenario donde buscan reconocimiento, comparten dudas que no siempre verbalizan fuera y comparan su vida con la de otros, muchas veces sin querer hacerlo. Esa exposición modifica la forma en la que leen cada gesto, cada silencio y cada reacción, que adquieren un peso mayor porque todo permanece visible, incluso cuando ya ha pasado el momento que lo originó.

A esto se añade que muchas dinámicas no se detienen cuando termina la jornada escolar. Conversaciones, malentendidos o tensiones que antes quedaban acotadas a un espacio físico continúan activas en grupos y plataformas, lo que dificulta que puedan desconectar de situaciones que, en un contexto únicamente presencial, se resolverían de manera más natural. Esa continuidad mantiene abiertas emociones que antes se cerraban con más rapidez.

También influye la manera en la que las redes proyectan modelos y expectativas que no siempre reflejan la realidad. En etapas en las que aún están definiendo quiénes son, esa exposición constante puede generar dudas y comparaciones que pesan más de lo que muestran por fuera. No es solo lo que ven, sino lo que creen que deberían ser en función de ese escaparate infinito al que acceden cada día.

Aun así, la tecnología no es el problema en sí misma. Lo que marca la diferencia es el acompañamiento adulto. Cuando cuentan con alguien que habla con ellos sobre lo que ven, que explica con calma qué hay detrás de ciertas dinámicas y que les ofrece una mirada más amplia sobre lo digital, pueden interpretar mejor lo que ocurre. Con ese apoyo descubren que no todo lo que aparece en pantalla tiene el mismo valor y que su identidad no depende de la imagen que circula en redes, sino de cómo se sienten consigo mismos fuera de ellas.

¿Dónde se encuentra el equilibrio entre el uso educativo de la tecnología y el riesgo de dependencia o sobreexposición?

El equilibrio no depende únicamente del tiempo de uso, sino del sentido que le damos. Muchos menores manejan los dispositivos con soltura, pero esa soltura es a menudo intuitiva. Cuando la tecnología exige analizar información, crear algo propio o sostener un proyecto con estructura, aparecen lagunas que muestran que aún necesitan apoyo para transformar ese manejo cotidiano en un uso verdaderamente formativo.

En el aula esto se percibe con claridad. La fluidez no siempre implica competencia y, cuando se confunde una cosa con la otra, la tecnología termina ocupando un lugar que no le corresponde. Puede desplazar momentos de conversación, reflexión o trabajo colaborativo que también forman parte del aprendizaje.

El riesgo de dependencia aparece cuando lo digital se ofrece como respuesta automática a cualquier actividad y la sobreexposición surge cuando la pantalla se convierte en el centro de su rutina. El equilibrio llega cuando la tecnología acompaña lo que ocurre en la escuela y no lo sustituye, cuando se usa con intención y no por inercia.

Para que esto sea posible, familias y docentes necesitan criterios comunes que les permitan decidir cuándo aporta valor y cuándo conviene dejarla a un lado, sin dramatismos y sin miedo a quedarse cortos.

¿Observa diferencias entre edades o géneros en la manera en que los
menores usan y se ven afectados por las redes sociales?

Las diferencias empiezan a aparecer cuando se observa cómo se acercan a lo digital en cada etapa. Los más pequeños lo ven como un espacio de juego e imitación, mientras que los adolescentes lo utilizan como un lugar donde ponen en circulación su identidad y donde la mirada ajena ocupa un lugar relevante. Esta evolución provoca impactos distintos según el momento vital en el que se encuentren.

En cuanto al género, los estudios recientes muestran matices que conviene tener en cuenta. Una investigación de la UOC y la UPF señala que las adolescentes valoran de forma más negativa la influencia de plataformas como TikTok e Instagram sobre su bienestar psicológico, con una media de 2,99 frente al 3,13 en los chicos. Esta diferencia no habla de debilidades, sino de los contenidos que reciben y de cómo se presentan.

La investigación apunta que los algoritmos refuerzan determinados mensajes: a muchas chicas les llegan más publicaciones centradas en la imagen y la estética; a muchos chicos, contenidos ligados a retos, competitividad o rendimiento. Esto no determina su comportamiento, pero sí puede influir en la presión que sienten cuando navegan por estos espacios.

Cada menor se relaciona con las redes desde experiencias que no son iguales, en parte porque el contenido que reciben tampoco lo es. Por eso, cuando familias y docentes se acercan a su experiencia digital sin estereotipos y con una mirada abierta, es más fácil conversar con ellos sobre lo que les afecta y ayudarles a construir una relación con la tecnología que no dependa de lo que marca el algoritmo.

¿Qué tipo de formación digital deberían recibir los niños y adolescentes —y también los docentes y las familias— para afrontar este contexto?

La formación digital que necesitan los menores no empieza en la pantalla, sino en la capacidad de comprender los lenguajes que circulan en ella. Conviven con códigos visuales, ironías, referencias implícitas, memes, filtros o audios que interpretan con rapidez, aunque eso no siempre significa que comprendan su intención. Por eso necesitan reforzar su competencia lingüística para descifrar lo que ven, lo que se insinúa y lo que se omite.

A partir de ahí entra en juego el pensamiento crítico. Necesitan herramientas para reconocer por qué les llega un contenido, qué busca quien lo publica y cómo distinguir información fiable de opiniones envueltas en diseños que parecen objetividad. Sin esa mirada crítica, lo digital puede condicionar su manera de verse sin que lleguen a ser del todo conscientes.

Los adultos que acompañan también requieren apoyo. La brecha no está en “saber menos tecnología”, sino en manejar códigos distintos. Muchos no crecieron interpretando silencios en chats, cambios en los patrones de publicación o narrativas creadas por algoritmos. Cuando entienden estos lenguajes, pueden acompañar con más calma y preguntar con más precisión.

En los centros educativos, esta formación debe conectar lo lingüístico, lo emocional y lo tecnológico. No basta con enseñar herramientas, el reto es que comprendan cómo funciona el entorno digital y puedan usarlo con intención, no solo con destreza técnica. Las familias también necesitan esta base para interpretar lo que ven sus hijos y sostenerles cuando algo les inquieta.

¿Qué señales pueden alertar a profesores o familias de que un menor está sufriendo acoso o aislamiento y cuáles son los errores más frecuentes que cometen los adultos al intentar intervenir en un caso de acoso?

Muchas señales son discretas y pueden confundirse con comportamientos habituales de la infancia o la adolescencia. Sin embargo, los datos muestran que conviene prestar atención: un informe reciente indica que el 12,3% del alumnado afirma que él o alguien de su entorno ha sufrido acoso o ciberacoso en el último año.

A menudo las pistas aparecen en pequeños cambios: una retirada del grupo que antes no existía, un silencio prolongado sobre temas que solían compartir, incomodidad ante ciertos mensajes digitales o un rechazo creciente hacia actividades que antes disfrutaban. También pueden surgir alteraciones del sueño, irritabilidad o un descenso repentino en el rendimiento escolar.

Los errores más comunes no se deben a falta de interés, sino a la dificultad del tema. Es frecuente restar importancia a lo que ocurre, interpretarlo como un conflicto pasajero o tomar decisiones precipitadas sin escuchar al menor. Otras veces se actúa como si el problema estuviera resuelto tras la primera intervención, cuando en realidad requiere seguimiento y coordinación.

Lo que funciona es ofrecer un espacio donde pueda hablar sin miedo y garantizar una respuesta conjunta entre familia y centro. El acoso no se soluciona en un solo gesto, y el menor necesita sentir que los adultos que le rodean saben trabajar juntos.

¿Cree que los centros educativos están suficientemente preparados para detectar y atender los problemas emocionales de su alumnado?

Los centros realizan un esfuerzo enorme, pero los datos muestran que aún existen límites estructurales que dificultan una atención profunda. Más del 40% de los menores ha experimentado síntomas de malestar emocional en el último año, según UNICEF y Save the Children, y este aumento no siempre ha venido acompañado de los recursos necesarios.

El profesorado suele ser quien detecta antes los cambios, aunque lo hace con ratios elevadas y con agendas que dejan poco espacio para observar con calma. La atención emocional exige tiempo, continuidad y coordinación, y estas condiciones no están garantizadas en todos los centros.

A esto se suma la falta de estabilidad de algunos equipos de orientación, que en muchos casos comparten varios centros. Esta situación complica el seguimiento individual y hace que la prevención dependa demasiado de la disponibilidad del momento.

Por eso, afirmar que los centros no están preparados sería injusto, pero decir que lo están por completo tampoco reflejaría la realidad. Lo que vemos es un escenario en el que los profesionales se esfuerzan por sostener al alumnado, aunque muchas veces lo hacen sobrecargados y con recursos que no siempre acompañan la complejidad del contexto actual. Y es precisamente esa distancia entre lo que el sistema pide y lo que permite donde se juega gran parte del bienestar emocional de los menores.

¿Cómo deberían integrarse los equipos de orientación o los servicios psicológicos en la vida cotidiana del centro?

La presencia de los equipos de orientación y de los servicios psicológicos debería sentirse como parte natural de la vida del centro, no como un recurso al que se acude solo cuando algo ya ha estallado. Su papel cobra sentido cuando están cerca del día a día, cuando conocen el clima del aula, las dinámicas que se generan en el patio, los pequeños gestos que revelan cómo se encuentra cada alumno y las preocupaciones que también afectan al profesorado. Esa cercanía permite anticipar necesidades y acompañar antes de que los problemas se conviertan en situaciones que desbordan.

Para que esto sea posible, los equipos de orientación necesitan tiempo y presencia estable La prevención requiere continuidad, espacios de trabajo conjunto con los tutores y una relación fluida con las familias. Cuando el orientador o la orientadora forma parte real del entorno escolar, los alumnos los perciben como figuras accesibles, y eso facilita que pidan ayuda antes de sentirse desbordados.

También es importante que su labor no se limite a la intervención individual. El acompañamiento emocional se fortalece cuando participan en la formación del profesorado, cuando ayudan a mirar situaciones cotidianas desde otras perspectivas y cuando colaboran en proyectos que fomentan la convivencia y el bienestar. Su función no es sustituir al docente, sino ampliar su mirada y ofrecer herramientas para interpretar señales que a veces pasan desapercibidas en la rutina.

Y, por supuesto, la coordinación con las familias es clave. Cuando los servicios psicológicos se integran en las reuniones, en las tutorías y en los espacios de comunicación, las familias sienten que no están solas y que existe un equipo que acompaña a su hijo o hija de manera coherente. Esa coherencia entre escuela y hogar es, en muchos casos, el punto que sostiene al menor cuando algo se desordena.

Por tanto, la integración real ocurre cuando estos profesionales dejan de ser “los que vienen cuando hay un problema” y pasan a formar parte del tejido cotidiano del centro.

¿Sería necesario que la educación emocional tuviera un espacio más formal dentro del currículo escolar?

Más que abrir un espacio nuevo, lo que necesitan los centros es tiempo real para acompañar lo que ya ocurre en las aulas. La educación emocional no nace en una actividad programada, sino en los momentos que atraviesan cualquier jornada escolar, cuando un alumno se bloquea ante una tarea, cuando algo le inquieta o cuando una discusión con un compañero altera su día. Si el currículo no reconoce esos momentos como parte del aprendizaje, la escuela corre el riesgo de tratar las emociones como un murmullo de fondo en lugar de como una pieza central del desarrollo.

Los datos recientes muestran que cada vez más menores expresan dificultades para gestionar la ansiedad, la presión social o la comparación constante con otros. No es cuestión de fragilidad, sino del contexto en el que crecen. En una realidad así, dejar la educación emocional sujeta a lo que cada centro puede asumir según sus tiempos y recursos genera diferencias profundas entre alumnos, porque no todos cuentan con las mismas posibilidades de acompañamiento ni con las mismas condiciones para prestarlo.

Tampoco se trata de convertirla en una asignatura independiente que se queda aislada del resto. La educación emocional tiene sentido cuando atraviesa la vida escolar, cuando se refleja en la forma de convivir, en las tutorías, en la manera de afrontar los conflictos y en cómo se sostiene a cada alumno cuando algo se complica. Un marco más estable daría continuidad a este trabajo y evitaría que desapareciera en épocas de presión académica o de falta de tiempo.

No es una cuestión de añadir más contenidos, sino de asumir que aprender también implica entender lo que uno siente y encontrar un lugar seguro donde expresarlo. Cuando la escuela integra esta mirada en su día a día, las emociones dejan de verse como interrupciones y comienzan a formar parte de un aprendizaje más completo y más humano.

¿Qué formación adicional necesitan los docentes para poder acompañar
emocionalmente a sus alumnos sin invadir el terreno clínico?

Los docentes no necesitan asumir funciones que no les corresponden ni formarse en aspectos clínicos que están fuera de su papel. Lo que realmente requieren es una base que les permita reconocer señales tempranas, comprender cuándo aparece un malestar que modifica su manera habitual de relacionarse y saber cómo actuar sin sentir que tienen que resolverlo todo por sí mismos. Esta formación no busca convertirles en especialistas, sino darles el marco necesario para detectar, derivar y acompañar con calma.

El acompañamiento emocional no se sostiene solo desde el aula. Para que funcione de verdad es imprescindible que existan equipos de orientación y profesionales de la psicología presentes en el día a día del centro, trabajando codo con codo con el profesorado y no como un recurso puntual al que se acude cuando el problema ya está muy avanzado.

Por eso la formación del docente debe centrarse en aprender a observar, en comunicar lo que ve de manera clara y en coordinarse con quienes tienen la preparación clínica para valorar cada situación. El resto del trabajo emocional, el que implica intervención, seguimiento y apoyo especializado, debe recaer en los profesionales adecuados, con tiempos y recursos que, a día de hoy, muchos centros todavía no tienen garantizados.

El bienestar del alumnado necesita un enfoque de red, no un esfuerzo individual. Cuando los docentes cuentan con orientadores y psicólogos integrados en la vida del centro, cuando existe tiempo para coordinarse y cuando todos comparten un mismo marco de actuación, el acompañamiento emocional se vuelve más seguro y más realista. Y es en ese trabajo conjunto, no en la sobrecarga de funciones, donde los alumnos encuentran un entorno capaz de sostenerles de verdad.

¿Qué estrategias recomienda a las familias para fomentar la salud emocional y el uso responsable de la tecnología?

Las familias no necesitan controlar cada gesto digital de sus hijos, sino crear un clima donde la conversación sea un lugar seguro al que puedan acudir cuando algo les inquieta. La salud emocional empieza en esos espacios cotidianos en los que un menor siente que puede hablar sin miedo, que no será juzgado por lo que cuente y que encontrará un adulto dispuesto a escuchar lo que hay detrás de sus palabras, incluso cuando no las encuentra del todo.

En el ámbito digital ocurre algo parecido. No se trata de vigilar cada movimiento, sino de mostrar interés genuino por lo que hacen en línea, por las cuentas que siguen y por aquello que les llama la atención. Cuando las familias preguntan con calma y sin tono de interrogatorio, los menores tienden a compartir más de lo que harían si sienten presión o miedo a ser incomprendidos. Esa conversación ayuda a detectar si algo les incomoda y a descifrar cómo interpretan lo que ven.

También es útil que existan momentos sin pantallas que no se vivan como castigos, sino como pausas naturales dentro del día. Espacios de juego, de conversación o simplemente de descanso ayudan a que la tecnología no lo ocupe todo y permiten a los menores regularse y escuchar su propio ritmo. Estas pausas les devuelven margen para desconectar de la inmediatez y recuperar una forma de estar más presente.

Por último, entender de manera sencilla cómo funcionan los algoritmos y qué tipo de contenido tienden a mostrar por defecto permite a las familias acompañar con más claridad. No se trata de convertirse en expertos, sino de reconocer que ciertos mensajes pueden influir en su estado emocional y que algunos patrones de uso requieren una mirada adulta que dé contexto y ayude a interpretar lo que ocurre.

¿Qué importancia tiene la comunicación familiar en la prevención del
acoso y la detección de malestar emocional?

La comunicación familiar funciona como una especie de brújula que permite orientarse cuando algo empieza a inquietar a un menor. No siempre lo expresa con claridad, pero sí cambia su manera de contar el día, su forma de relacionarse en casa o su actitud ante situaciones que antes no le generaban problema. Cuando existe un diálogo continuo, aunque sea a través de conversaciones breves y naturales, esos matices se perciben antes y permiten actuar sin esperar a que el malestar crezca.

En la prevención del acoso, esta comunicación tiene un peso aún mayor. Muchos menores callan lo que ocurre porque temen que los adultos reaccionen sin entender la complejidad de la situación o porque sienten que contarlo puede empeorar las cosas. Una relación familiar basada en la escucha y la calma reduce ese miedo y facilita que compartan lo que viven, incluso cuando todavía no saben si están ante un conflicto puntual o ante algo que empieza a afectarles más de lo que dicen.

La comunicación también ayuda a interpretar comportamientos que, de otro modo, podrían confundirse con “cosas de la edad”. A veces un cambio en la forma en la que hablan de sus compañeros, una desconexión inesperada o una incomodidad ante ciertos mensajes digitales puede ser el primer indicio de que necesitan apoyo. No se trata de analizar cada gesto, sino de estar lo suficientemente cerca como para notar lo que se mueve por debajo.

Otro punto importante es la coordinación con el centro educativo. Cuando familias y docentes mantienen un intercambio respetuoso y fluido, las señales se comparten a tiempo y el acompañamiento se vuelve más coherente. Esa comunicación conjunta permite que el menor no tenga que explicar su malestar varias veces ni enfrentarse solo a lo que está viviendo.

Fuente: https://exitoeducativo.net/estefania-hita-viusi-familia-escuela-y-sociedad/